Pan de maíz con manteca – por ROSA H. MULA

Untó el pan de maíz con manteca y se lo pasó a su padre. Contó hasta quince mientras contemplaba la lluvia caer por la ventana que daba al patio. Al llegar a quince, se dijo Ahoray esperó tensa. Casi a la par, oyó cómo su padre sorbía la leche de su tazón. Un ruido corto, un alboroto líquido y cavernoso formaban cada sorbo del desayuno de su padre.

Emilia odiaba todos y cada uno de los ruidos que hacía su padre comiendo, pero odiaba de forma especial el sonido que hacía al sorber la leche. Desencadenaba en ella, sin relación aparente, el recuerdo de mil días iguales, uno encima de otro, aplastándola. El terrible cotidiano, como lo llamaba madre. Se preguntaba a menudo si sería terrible por ser cotidiano o al revés. Se lo preguntaba especialmente por las noches, cuando oía a su padre pasear por su alcoba hasta las tantas, sin dejar de sollozar.

Su padre retiró con brusquedad la silla y se levantó, se rascó la barriga cubierta por una camisa de lana áspera y verdosa, y salió por la puerta que daba a la cuadra sin decir adiós.

¿Quiero seguir así otros treinta años?

La pregunta parecía venir de la nada y llegó sola a la cabeza de Emilia, sobresaltándola.

Sorbió con ruido rabioso lo que quedaba de su café y aclaró las tazas con rapidez miedosa, con prisa por dejar la cocina. Era un sitio que, aún después de tantos años, le recordaba a madre; todavía le parecía verla inclinada sobre el fregadero, con los ojos apagados y la cara vacía.

La pregunta la siguió toda la mañana allá donde iba y se quedaba con ella, si.  La siguió a los dormitorios, mientras tendía las camas cojas y chirriantes y doblaba la ropa del día anterior; al retrete del patio, mientras echaba cubos de agua en la letrina para que corrieran los orines, la mierda y sus pensamientos. Cansada de oírla y sin ganas de limpiar el patio, Emilia lo atravesó a la carrera y subió a asearse.

Inclinada sobre el lavabo de su alcoba, echó agua en la palangana de esmalte saltado en los bordes y se pasó la vieja toalla mojada por el cuello, los hombros, los pechos y los sobacos. Se secó y se puso deprisa el sostén amarillo y unas bragas de un rosa ya muy apagado. Luego, sentada en la cama, se enfundó con desgana unas viejas medias negras y dejo las zapatillas, juntas, a los pies de la cama. Se calzó mientras se ponía deprisa una chaqueta gruesa. Hacía ya frío.

Al incorporarse, su mirada tropezó consigo misma en el espejo rayado que se apoyaba, sin marco, en la pared. Se acercó un poco más a su imagen y se vio en detalles que no conocía. Unos ojos grandes, marrones y apagados la recorrieron despacio, extrañados. Su frente, marcada por un viejo acné olvidado hacía mil años, era ancha y brillaba un poco. Su boca, grande y de labios gruesos y pálidos, dejaba entrever unos dientes blancos y desparejos. Su cuello corto separaba una cabeza pequeña de un cuerpo grande de hombros anchos y generoso pecho. La cintura casi tan amplia como las caderas que sujetaban dos piernas musculosas escondidas en las medias ya parduzcas.

Los ojos buscaron de nuevo en el espejo y allí adivinaron años y años iguales, todos ellos por venir. Una lágrima gruesa y muy salada le mojó la cara, y un pellizco de algo que no supo nombrar se le enganchó en la garganta amenazando con ahogarla. La asustó tanto lo que sentía que gritó y echó a correr.

Abrió el zaguán del pasillo y sacó la maleta de cartón con dibujo escocés y cantos de cuero y la tiró abierta encima de la cama. Con prisas desconocidas, echó dentro de cualquier manera dos sostenes, tres bragas de algodón, una rebeca de lana que ya hacía bolas y el vestido gris de los domingos, el  del cuello blanco de piqué.  Cerró la maleta y, con ella golpeándole la pierna, bajó la empinada escalera y entró en la cocina. Sacó del bote azul de loza un gurruño de billetes, todos los que cabían en la mano, y se los metió en el bolsillo. Luego salió al callejón.

Allí paró un momento y respiró, sorprendida de poder hacerlo; y luego tiró de frente, por la arcada de la iglesia, hacia un cotidiano que no fuera terrible por lo conocido, con la cabeza alta y el vértigo y la decisión peleando en sus tripas.

 

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Rosa H. Mula

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