Palabras ciegas y hermosas – por ROSA H. MULA

—Creo que he matado a Paco.

 

Mi hermana Sara, el ojito derecho de papá, es como una aparición a estas horas de la mañana. Con los brazos caídos y una mejilla hinchada, de pie en el umbral de mi puerta  parece esperar algo de mí.

 

Cada día procuro descubrir alguna palabra nueva. Mi última adquisición estaba en un bello escrito feminista del siglo XIX que leí anteayer.

 

Me gusta mi universo de palabras desconocidas de las que no sé el significado, de palabras que no hablan ni te dejan ver. Son palabras que me sumergen en un oscuro y amable mundo de misterio por el que me deslizo, ligera y ciega, sin nada alrededor. Me gusta la sensación de lo desconocido, el pequeño vértigo de lo que no tiene forma, de lo que no conoces el principio ni el final. En muchas ocasiones lo conocido me da más miedo que lo que no conozco; no me gustan muchos finales; casi ninguno, de hecho. Y aborrezco los principios de casi todo. A priori solo amo lo de en medio, cuando ha empezado la música pero no me ha desvelado nada aún. Cuando, sea lo que sea, ya tiene forma pero no he captado aún su esencia ni su futuro. Siempre les atribuyo una bondad anticipada que no siempre resulta ser.

 

Mi hermana tiene una buena vida, el pelo revuelto y una mejilla atravesada por un corte pequeño, finito, que sangra un poco. Sigue ahí, de pie, recortada como una muñeca antigua de papel.

 

Sus ojos me dejan de lado taladrando la pared del fondo. Sobre el floreado pijama de seda, un largo abrigo de visón blanco, casi indecente, se agarra a sus hombros con empeño. El último regalo navideño de su espléndido marido.

 

Va casi descalza, con unas ridículas chinelas rosas. Más allá de su espalda oigo ronronear un motor. El estilizado coche, también regalo de Paco, sigue en marcha y su brillante carrocería me hace guiños cuando me acerco a la puerta. Por encima del hombro blanco, lujoso y peludo del visón, el rojo del coche me parece un color inadecuado; no sé muy bien por qué. Todo me parece un poco fuera de su lugar a esta hora de la mañana, como si no hubieran colocado aún el mundo en su sitio.

 

Siento a mi hermana a la mesa de la cocina y salgo a apagar el coche. Hago café y me siento frente a ella. Es temprano para las confidencias y para tener la cara rota; y yo no quiero saber.

 

Me admira la habilidad que tenemos para no ver, para hacer ciertas las apariencias. Es gigantesca la capacidad que desarrollo para eliminar de mi pequeña vida cómica los grandes dramas ajenos que siempre intuyo como amenazas. Mantengo los ojos cerrados a cal y canto por mi seguridad. Y elijo el color rosa para el cristal por el que miro el mundo –cuando no tengo más remedio y con un solo ojo. Soy servil con las amenazas, prefiero no ponerlas en mi contra; busco su amistad. Porque me dan miedo. Mucho. Siempre son más grandes que yo.

 

Aunque luego, inevitable, siempre llega el momento de saber. Y cada vez que compruebo mi inexactitud me sorprendo.

 

Le pregunto a Sara qué ha pasado pero lo pregunto sin ganas.

 

—No lo sé; lo de siempre, supongo… Pero esta vez, estallé.

 

Tiene la voz templada y sus ojos observan ahora con atención el lacado de la bandeja, todavía esquivos, como los míos. Se acurruca en la silla, abrazándose las piernas.  Tiene unos pies muy sexys, de dedos regordetes y uñas brillantes pintadas de púrpura. Las manos se le agarrotan sujetándose las espinillas de tal manera que pierden su forma de manos.

 

Y se pone a hipar.

 

Cuando deja de hipar me acerco a ella y le limpio con cuidado el corte de la mejilla, que se va amoratando ya. No sé por qué le doy un beso. Noto que se envara.

 

Poco a poco, con cuidado y mucha desconsideración, me desvela el potencial de mi nuevo juguete y, con ello, lo que significa. La odio por eso. Una hermosa palabra de gran estética auditiva y ningún significado hasta ahora. Anoche la metí en mi boca y la paseé de un oído a otro, estirándola, dándole vueltas, disfrutándola sin más. Mi-cro-ma-chis-mooooo. Miiiiii-cro-ma-chismo. Microoooo-ma-chis-mo. Mi-cro-maaaaaa…. ¡chis-mo!

 

Me gustan las palabras, especialmente las nuevas, cuando aún no tengo idea de lo que dicen. Pero en ocasiones me decepcionan por su falta de magia y mi mundo se estropea.

 

Con la falta de caridad típica de quien lo tiene todo, mi hermana me revela el gran secreto de mi palabra nueva: ha resultado ser una palabra de acción, creativa, eficaz y terrible. Es una palabra de filo brillante que da a luz esas pequeñas traiciones y deslealtades que cometes contra ti mismo por mantener la paz con otro. También hace que nazcan  esos pequeños miedos que se acumulan en un gran temor. Esas pequeñas amenazas que dejas correr y que, con la inexistencia que les concedes, viven escondidas pero viven más. Esos pequeños silencios que hacen grande al otro y a ti te ocultan. Una palabra mágica y asesina que da esos pequeños empujones contra el marco del desamor, al final.

 

Odio las palabras nuevas. No volveré a buscarlas; no quiero aprender ninguna más. Odio también a Paco por haberse llevado mi hermoso mundo de palabras ciegas.

 

—¿Tú lo hubieras matado, Isabel?

 

Mi hermana siempre necesitó la aprobación de otros.

 

—Sin duda —y era verdad.

 

Y ahora más.

 

TaparseOjos

 

Rosa H. Mula

Rosa H. Mula Ha publicado 33 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *