OTROS MICRORRELATOS FINALISTAS

Fenómena, por MARÍA MONTOYA

Y entonces se convirtió en ella. Pasó de gusano a mariposa atravesando un doloroso intervalo. El miedo había hecho el ovillo más denso cada día. El susto cristalizó su alma, llena de frío y convirtió en hielo su coraza. Convirtió pánico en coraje por el camino denso que conduce al ojo del huracán propio. Poco o a poco, con la paciencia que solo puede dar el amor incondicional, fue almacenando calor y energía. Tomó impulso sin mirar atrás, sin retroceder. Cual crisálida alcanzó la belleza naciendo de un aparente barullo

Y entonces se convirtió en ella. Floreció, se quiso como nunca lo había hecho antes, o como siempre había querido a otros. Nació de su propio nido. Desperezó su alma oxidada, entreabrió los ojos, limpió los últimos restos del sueño y la hibernación. Revisó sus extremidades entumecidas y comprobó que respondían a sus instrucciones. Supo que era fuerte y princesa. Notó su coraje en el centro de gravedad de su estructura. Y…

Y entonces se convirtió en ella. Abrió la puerta, se deslumbró con el sol que rompía el cielo del amanecer y empezó a trazar su camino. La cabeza, alta, la sonrisa inmensa y la espalda derecha.

 

De instantes y eternidades, por ADRIÁN ALFONSO JARAMILLO

Bailaba cual ángel bohemio fundiendo su cuerpo con aquella silenciosa noche. Danzaba entre la duda y la fe. Allí, en aquel espigón, bajo la luna, ella, ninfa olímpica y yo, perdedor de mil batallas.

Coincidimos como turistas en mitad de un turbulento país. Los dos necesitábamos  algo que ni sabíamos definir ni como buscarlo. Quizá solo el contacto humano, una profunda conexión de sus miedos con mis alegrías, de mis tropiezos con sus dulces anhelos, los que en otro tiempo también tuve. La vida brotaba salvaje de su sonrisa y su mirada insegura era lo que más me confortaba ante el ancho mar.

Tumbados sobre el capó de mi viejo Escort me decía que se sentía perdida y que solo deseaba que alguien en el maldito universo estuviera dispuesto a perderse con ella. Por un momento sentí el dulce ave de juventud brillar incandescente, pleno de fuerza como hacía millones de años que no lo veía.  Así, abrazados, pasó un cometa, apuesto que deseó que el amanecer de aquella noche no llegara, porque estaban sanando algunas heridas que quizá volvieran a abrirse, pero en aquel momento galopábamos hacia la eternidad, alejándonos para siempre de este mundo de Nunca Jamás.

Soeb, por RÓMULO BERVINS

Al percatarse de que había sido concebido en el corazón, lo embargó una gran felicidad. Acto seguido, instintivamente, pensó en un nombre; no estaba seguro de qué o quién era, pero decidió llamarse Soeb.
También por instinto sintió mucha pena por aquellos cuya concepción ocurre en la mente.
Camino a su nacimiento y mientras comenzaba a entender su existencia, lo abordaron algunas dudas: «¿cuánto tiempo viviré? ¿seré efímero, duradero?».

«¡Dios! ¿Seré eterno?».
Sólo estaba seguro de una cosa: para perdurar debía ser esencialmente sincero; lo que no dependía de él, sino de Antonio, su «padre». 
En el breve lapso entre su concepción y su nacimiento, se le unieron el alma de Antonio y una gigantesca porción de amor, amor puro. 
Y nació, tembloroso. 
Llegó a los labios de Antonio y se posó, junto a una lágrima, en la arrugada frente de su agonizante madre. 
«¡Soy un beso!», pensó Soeb, mientras su mirada mostraba una ternura y una paz indescriptibles. 
Sí. Era un beso. 
Y definitivamente… será eterno. 

 

Tiempo para tener tiempo, por MA ACITORES

-Buenas tardes Dña.Matilde.

-Buenas tardes Adrián, que alegría, otra vez por aquí.

Cómo entender aquel rincón en penumbra donde parecía que aquella pareja viviera sin salir de allí, eran un elemento más de aquel viejo decorado, estarían desde el principio, tampoco sabemos qué edad contaban, si el mostrador de madera oscura mellada por el paso del tiempo, era mayor que ellos, si el suelo de tarima que se queja en cada paso de zapatos, ya desencajada y las estanterías de madera repletas de libros y fascículos, estaban allí antes. En sus baldas no hay un hueco, todo está ocupado y cada volumen te invita a entrar y ojear.

No buscaba nada, atraído por el ambiente disfrutaba del olor a papel y madera, mientras me seguía preguntado por el origen de la tienda, instintivamente escogí uno.

-Me llevo éste, D.Fabián.

-“Tiempo para tener tiempo” ¡Muy buena elección, Adrián!

-Gracias. Adiós.

Entre sus hojas, como de costumbre la postal que regalaban siempre, en esta ocasión una foto en sepia de… ¡Oh! Dña.Matilde y D.Fabián tras el mostrador, con la misma dulce cara de hoy, con las mismas arrugas en la frente, la  misma edad (postal de 1921).

 

La estatua, por EMILIANO PEÑA

Cuando el hombre reunió todas las condiciones y su único deseo fue concedido, lloró de alegría. Su petición; vivir el tiempo necesario para esculpir la obra perfecta.

El hombre, totalmente absorbido por su obra había terminado, volteó a su alrededor: el resto de la humanidad había desaparecido.

 

Una tarde lluviosa de mayo, por PROTÓN DESORIENTADO

Como cada tarde después del trabajo, volvía a su casa, no por el camino más corto, sino por el que más le gustaba. Era una tarde de Mayo, muy lluviosa con aquellos aromas de plantas que él no conocía pero que alguna vez alguien le había enseñado, aunque hacía mucho tiempo que no le veía,  no podía olvidarla y sin quererlo su interior elegía ese bello y tortuoso camino.

  Eran varias millas más, pero Frank no desesperaba, sabía que muy pronto tras una larga curva, atisbaría las 4 torres que le indicaban que estaba muy cerca de su amada, sin poderse acercar mucho pues siempre su musa estaba rodeada, sentía su energía intensamente y tras unos minutos en la cuneta, pensando en los mágicos momentos vividos, proseguía su camino hasta su casa. Para Frank ese había sido su mejor momento del día. Era una tarde de Mayo, muy lluviosa…

 

 

certamen microrrelato y poesía

 

Las dos Castillas

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