Oscuro – por EVA MARÍA CASTILLO

Oscuro, así es como él se sentía, deseando poner tierra de por medio, cuanto más se acordaba de ello, más lejos quería ir, ojalá pudiera acelerar el tiempo que le ayudara a olvidar.
Tras los últimos meses vividos reforzando la coraza que se había ido forjando para que no pudiera dolerle más, si es que se podía más. Intentando no ceder a la emoción que siempre había puesto en su quehacer, su responsabilidad aprendida desde joven, el valor del trabajo bien hecho allí donde estuviera y lo que hiciera.
Tomaba con igual interés y dedicación hacer la tarta de cumpleaños y envolver con mimo el regalo para su hijo que preparar el informe solicitado con apremio unas horas antes, todo lo hacía con corazón como sólo sabía hacer las cosas. Se encontraba a gusto en la responsabilidad otorgada, en mejorar con cada proyecto nuevo, ideas, planes, logros todo un reto por delante. Decía a los que le desdeñaban tal esfuerzo que amaba su trabajo y no podría hacerlo sin dedicación pues la satisfacción de dar lo mejor de sí era el mejor premio.
Pero llegaron días, poco a poco, en que esto no bastaba, el momento en que los silencios le rodeaban, su opinión era callada y su presencia ocultada. Sin apenas darse cuenta, como la gota de agua que pequeña va cayendo y dejando cerco, quedó relegado a su mesa y su silla, eran otros los llamados, los convocados y los escuchados. Él y los papeles, las cuentas y las carpetas. El café en la mesa enfriándose sin conversación, volviendo a los papeles que tenía que entregar para que sus propuestas fueran de otros, sus indicaciones problemas y el esfuerzo ignorado.
Sobrevivir, aguantar, solo. No tardó mucho en darse cuenta que era prescindible, nunca pensó necesitar una palabra de ánimo, un saludo de  de aprecio, un reconocimiento de otro porque falló el suyo propio, para qué hacerlo perfecto, mejor cada día, mejor, porque es la única manera que entendía lo suyo.
Antes de que llegara ese momento se encontró la respuesta en la puerta cerrada aliviado por lo que dejaba tras ella, respirando profundo por haber llegado antes de claudicar y renunciarse, y corriendo por poder alejarse de aquella sensación que le oprimía al tragar, sereno pues no le vieron llorar.
Ninguno de ellos se acercó, por qué esperaba que lo hicieran ahora, mejor así, suyo no era el reproche, de hacer preguntas tiempo hubo, de escuchar la explicación no se encontró, y ahora era el momento de recuperar el tiempo dedicándolo a las pequeñas cosas, de saludar al nuevo día, aunque hoy esté oscuro.
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Eva María Castillo

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