Orgasmos Sónicos – por CHEMA BASTOS #escritos

Parece evidente que los placeres más básicos y elementales de la vida tienen su origen muchas veces en la satisfacción de una necesidad, la liberación de una tensión o incluso el alivio de una molestia. Esto, que resulta muy fácilmente comprobable en el terreno del sexo, la comida o la escatología, es mucho más aplicable de lo que pensamos a otras formas más elevadas y sublimes de placer intelectual y artístico, aunque a alguno le cueste aceptar que las sensaciones que le llevan al éxtasis al escuchar un aria de Puccini tengan algo que ver con las que siente al apretarse un chuletón después de subir con la bici una montaña. El proceso es muy parecido, también en la creación artística se genera una tensión, una intriga o una inquietud que se libera en los momentos de mayor intensidad estimulando los puntos del cerebro correspondientes, por medio del mismo mecanismo que nos hace sentir tan bien cuando nos quitamos una chinita del zapato o apagamos la campana extractora en la cocina.

En la música ocurre lo mismo, por supuesto. Tanto en la composición como en la ejecución, es fundamental alternar de forma dinámica los momentos de mayor intensidad con otros de perfil más bajo, y esto se hace con todos los elementos que intervienen en el asunto: las combinaciones de acordes mayores y menores, los cambios de ritmo…La propia estructura de un canción pop responde a este principio, con unas estrofas que de algún modo tienen un carácter expositivo y un estribillo que expresa una emoción, de forma repetida, y que constituye generalmente el gancho de la canción, esa melodía infecciosa que se te mete en la cabeza y que no puedes desalojar ni con la Guardia Civil. Pero la forma en que preparas la llegada del estribillo es fundamental para que se produzca el necesario contraste, por eso se incluye también lo que se conoce como puente, un interludio que se utiliza para llevar a la canción al momento final de máxima tensión, y que en el rock suele incluir un pedazo de solo de guitarra de esos que uno tantas veces ha reproducido con la raqueta o la escoba.

Si en otro artículo aludíamos a la Quinta Sinfonía de Beethoven como ejemplo de lo que podría ser un riff, en la Novena encontramos lo que seguramente sea el subidón más grande y conocido de la historia de la música clásica. No recuerdo haber oído nunca esa obra sin que se me pongan todos lo pelos de punta, pero para que me pase eso, el momento de emoción tiene que venir precedido de un largo desarrollo melódico en el que el tema principal se va acercando en pequeñas oleadas cada vez más intensas -¿os suena de algo, amigas? – hasta que se alcanza el climax con la entrada del coro y la melodía que se ha convertido en el himno de la humanidad

Pero está claro que si el hook de la Novena se mostrara nada más empezar la sinfonía, no tendría ni la mitad de gracia la cosa, sería algo así como empezar una relación sexual con un orgasmo para después tratar de mantener el tipo durante un rato…¿os suena de algo, amigos?

Pero no siempre esta opción contraria es despreciable. En el rock a veces sí se puede empezar con un puñetazo inicial en el rostro que te deje conmocionado durante el resto de la canción, siempre que no sea muy larga, o que seas capaz de sostener la tensión. Después de unas notas en falso, incluso un pequeño tramo de producción distinta, la canción entra a saco con todo lo gordo; como ocurre con song 2 de Blur o la versión de Let’s Spend the Night Together que hizo el llorado Bowie. Esta opción está relacionada con la recomendación de Cecil B. De Mille según la cual una peli debe empezar con una escena que deje sobrecogido al espectador y a partir de ahí ir subiendo en intensidad; e incluso con los recelos de algunas amigas, que me ha confesado que los prolegómenos en el sexo están algo sobrevalorados, y que a veces hay que ir al turrón de forma más directa.

La parte heavy de Bohemian Rapsody de Queen, después de la opereta, el último grito de So Lonely de Police tras el break balbuceante, el cambio de ritmo de I’m The Resurrection de Stones Roses, la voces de los Beach Boys en Good Vibrations, o de R.E.M, en It’s The End The World As We Know It, la entrada de toda la orquesta de Benny Goodman en su versión de Oh Lady Be Good en el Carnegie Hall, el acelerón final de Free Bird, que es costumbre y coña reclamar a gritos en lo conciertos, incluso en los que no tocan Lynrd Skynrd, esa canción perfecta que es Sweet Caroline de Neil Diamond, el segundo solo de guitarra de la versión de All Along The Watchtower de Hendrix…cada uno tiene sus momentos musicales extáticos, algunos compartidos con toda la humanidad y otros personales, que atesora con la misma pasión con la que desprecia los de los demás. Pero siempre nos conducen a esos orgasmos sónicos que podemos disfrutar varias veces seguidas, lo que no todos pueden decir de otros orgasmos, aunque lo digan.

Se habla de música sexy, como la que hacía el no menos llorado Prince, o de música buena para practicar el sexo, como la de Marvin Gaye o Barry White, de quien dicen que ha hecho mas que nadie por la natalidad en los Estados Unidos. Pero en realidad la relación de la música con el placer es mucho más directa, de hecho la música no es que sea sensual; la música es sexo.

Chema Bastos

Chema Bastos Ha publicado 24 entradas.

One comment

  1. Le felicito por su buena redacción. Sabe escribir tan bien , que he necesitado leerme el texto varias veces para poder entender que quería transmitir . Enhorabuena!!, ha conseguido que una ignorante como yo. Entienda el mensaje “la música es sexo”. Por cierto, estoy de acuerdo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *