Órganos, por JAVIER PECES #escritos

Nos gustan los cuentos orientales. Por esa razón triunfan las sánscritas historias de la Biblia, que glosan en clave de hipérbole las cuitas de aquellas familias que pugnaron, hasta la extenuación, por no ser expulsadas a los secarrales que rodeaban el cuadrante fértil.

Nos gusta que nos digan que existe un don limpio al que no se resiste la suciedad más agarrada, un mayordomo al que ni siquiera el algodón puede engañar, un butanero que nos sube las bombonas y la libido si se tercia.

Nos gusta una madre de pechos suaves y generosos, capaz de expulsar con su sola presencia los demonios y demiurgos que nos acechan en la infancia. De hecho, reconozcamos que se nos queda la fijación hasta bien alcanzada la tercera edad.

Nos gusta que nos digan que España va bien, aunque la opulencia se muestre únicamente en el paseo marítimo del papier couché, sin salpicar al común de los mortales. Con mirar esos lujos y aquellas distinciones nos basta. Olvidamos todo el final del mes que queda por transcurrir antes de la próxima visita de santa nómina bendita.

Nos gusta creer que esa modelo de curvas imposibles nos mira con deseo. Ni se nos ocurre que los guiños y las caídas de cadera son para el chulazo pectorales que tenemos justo detrás. Olvidamos, por evidentes, los efectos del tiempo y la cebada.

Nos gusta ser campeones, y el bálsamo de la victoria en el balompié calma nuestros picores más íntimos. Se nos irrita el salario mínimo interprofesional, supura nuestro poder adquisitivo y nos da calambre el recibo de la electricidad más cara y más dura del mundo civilizado.

Nos encanta aplaudir a los que eluden sus obligaciones impositivas, en el bendito nombre de los cien años de perdón que otorga el refranero. Olvidamos que la cosa pública, esa hidra que todo lo devora, nos cobrará de más para equilibrar lo que reciben de menos.

En venganza, creemos justo que el funcionario y el político tengan sueldos de miseria, en la ingenua esperanza de que no tomen por su cuenta lo que los presupuestos les recortan. Qué distinta sería la vida con corregidores incorruptibles y sin puertas giratorias.

Todo esto que se nos viene encima suele tener un origen común. Somos los latinos muy de decidir tras la pelea entre el corazón y el cerebro. Órganos que escenifican la pugna entre razonamiento y deseo. Nuestros ángeles contra nuestros demonios. Las devociones contra las obligaciones.

No tengo, sin embargo, envidia alguna de los vecinos del norte y sus decisiones fundamentadas. Cada vez que entra el raciocinio a marcarme el camino, me quedo en un estado de amargura, engaño y frustración que para nadie quiero, y menos para mí.

Casi prefiero que venga el corazón, me haga firmar en la casilla del prestatario y me ponga en la puerta del concesionario con la deuda en las finanzas, la japonesa en las entrepiernas y la sonrisa en el semblante.

La crisis de los cincuenta sea bienvenida.

españa nocturna

 

 

 

Javier Peces

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