Odisea – por EMILIA MARTÍNEZ RUIZ

La niebla se deshacía en jirones, sería posible emprender el viaje desde aquella casa que no se sabe donde está y en la que ya no quedaba nadie a quien decir adiós, hasta la suya que aún podía recordar donde estaba. El trayecto iba a ser largo, se acomodó en su asiento, miró por la ventanilla, impaciente por llegar deseaba que las alas de metal que veía fuesen suyas.

La bruma volvió de pronto, espesa, oscura; cerró los ojos tratando de dejar la mente en blanco mientras rugían sus pensamientos y los pensamientos de los otros, del magma de sus vidas se desprendieron como esquirlas de fuego visiones confusas: gentes hablando idiomas extraños; brújulas sin norte; navegantes mirando indicadores dislocados; horizontes que se alejan cuando parecen estar al alcance de la mano; desiertos sin oasis donde los espejismos abundan; bosques tenebrosos con senderos estrechos que se bifurcan sin conducir a ninguna parte, habitados por criaturas despiadadas que atrapan a quienes transitan por ellos; estaciones solitarias; trenes perdidos; carreteras desconocidas; autobuses sin destino que nunca se detienen; ciudades despobladas; metrópolis donde esqueletos sonrientes vestidos de majorettes marcan con sus bastones el paso de macabros desfiles; edificios imposibles; puertas giratorias rotando sin cesar; ascensores inmóviles que no se abren ni desde dentro ni desde fuera; escaleras interminables; casas de planos sin medidas con habitaciones cerradas en las que algo escondido runrunea en la oscuridad; relojes cuyas agujas andan al revés; espejos que no reflejan; perseguidores sombríos; callejones sin salida; ambulancias de acero; aduanas metafísicas; fénix renaciendo entre llamaradas; rostros amados distorsionados de dolor; familiares y amigos llorando a gritos y rezando sin voz.

El avión se había estrellado al filo de la madrugada, cayó en un picado que a los pasajeros les pareció eterno. No hubo supervivientes.

 

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