Nostardías- por PILAR RUBIO

Otra vez Nochebuena. El mantel bordado, los platos de mamá. Las copas, los cubiertos, los adornos.

El parchís.

Uno de sus primeros recuerdos es una cinta. De plástico parduzco, daba vueltas sin fin alrededor de brazos transparentes, en un magnetofón, de esos que ya sus hijos nunca vieron. De las tripas de un armatoste años sesenta, surgía chirriando su voz. A grito pelado, entre llantinas, exigía jugar con esas fichas. Todos reían. Ella tendría tres años. Mucho tiempo después, seguían riendo, poniendo aquella cinta.

Ella ya no lloraba. Sólo sentía vergüenza. Una sensación púdica, de foto de bebé desnudo enseñado por una madre a una visita cuando ya se es mayor.

Se asoma al horno. El pavo sigue allí, lo riega con la salsa. Aviva el fuego. El árbol, montado como siempre, en el último minuto de la tarde, ha quedado bien. Pasable por lo menos.

Por fin pudieron desterrar la ensaladilla del menú. Antes, tuvieron que morir los dos. Papá y mamá. Pasado el luto, pasó la ensaladilla, los soplos en las yemas de los dedos, pelando las patatas recién cocidas, los rollitos de huevo hilado con jamón. Le tocaría después el turno al cordero. Quizá fue que llegó el colesterol. O el nuevo siglo.

El parchís se quedó.

A pesar de que nació de telonero. De los cuentos de lobos. Entreteniendo la espera a un filandón que se negaba a morir. Al llegar el momento, en la madrugada helada y silenciosa, con el misterio roto a veces por algún villancico de borracho, sombras de inteligencia humana, malvadas, acechantes, se cernían sobre los caminos de bosque, nunca andados, de los niños nacidos en ciudad. No perdonaban un error. Matadores de vacas o borrachos, de pastores o médicos de pueblo, sólo podían ser derrotados por mastines, gladiadores con collares de pinchos, tejedores de epopeyas en la nieve leonesa, de la que ya mucho tiempo que no cae, ¿por qué no?, niña, anda cállate un rato, porque no.

También ellos se irían, lobos y presas, cambiados sus caminos en infraestructuras viales de peaje, sus narradores en voces de metal. “Esto es lo que he encontrado en Internet sobre cuentos de lobos”. Gracias, Siri.

Los colores estaban asignados, el parchís elegía a sus comandantes. Desde antes de la cinta con sus llantos. Cañones de madera disparaban dados sobre un cristal. El marfil chocaba en las paredes, llevando el destino de la tropa de fichas, obedientes a un dedo. Silencio, contenían el aliento, mientras el dado daba vueltas esquinado en el cristal. Cuando era necesario, no salía un cinco. Nunca a papá, con su tropa amarilla desmandada. Ahuyentaba los cincos. Por sus blasfemias, seguro. Si las oía mamá, mucho más Dios, a pesar del murmullo, suponía ella durante su devota adolescencia. Mamá, desde su adiestrado campamento de azules, harta de sacar cincos, le enviaba reproches telepáticos bajándose las gafas con un dedo. Su tío Manuel, gafe y tristón, envuelto en color rojo, urdía maquiavelismos en los puentes, atracones caníbales de piezas enemigas e indefensas. Su tío Pepe desplegaba sus verdes instintos asesinos, pausados, silenciosos. Cuando comía una ficha sonreía, primitivo, feroz. Papá luchaba en descubierta, sus amarillas eran hordas, victoria o muerte. Muerte solía ser. Sin un maldito cinco que las resucitara. Mamá, germánica, mandaba sus divisiones a la lucha, adoctrinadas, fanáticas, convencida de que su azul gobernaría mil años. El destino solía sonreirle. No existían Normandías para su infantería. Los cincos y quizá Dios la salvaban.

Todos ellos se fueron. Desfiló su tío Pepe, felino, silencioso, con los labios apretados esta vez. Mamá fue dejando memoria y fanatismos en diversas estaciones del camino, hasta aquel día en que alguien cerró sus ojos. Papá murió de descubierta, avanzando sin cincos, sin planes, sin miedo. Su tío Manuel ya no juega al parchís. En su tristeza sin recuerdos, sin palabras, absurda y sin sorpresas, ignora que no está.

Pronto empezarán a llegar los herederos. Riendo, trayendo turrones y ensaladas. La pillarán como siempre, en albornoz, con el pelo mojado. Da igual lo haga, nunca le dará tiempo. Controla el vino. Aún no está frío.

Su hermano heredó el rojo, un cierto maquiavelismo de parchís, y el aura de tristeza vital de tío Manuel. Su primo conducirá las verdes hacia el crimen de guerra flotando en sonrisas heladas. A ella la escogió el amarillo. Salvará del olvido el ataque en desorden, le comerán las fichas. Putos cincos, que siempre se le esconden. Aprendió a blasfemar. Si Dios no la escuchó cuando rogaba, que no le diga ahora que la oye. Las azules, hacinadas en casa, acuarteladas, esperaban un caudillo que las llevara al triunfo. Pero no hubo sucesor. Nadie se subrogó en lo militar Se han convertido en fuerzas de paz, en comodín, ejército invitado en la reserva.

En esta cena ellos están presentes. Con sus lobos. Aquellos lobos-hombres que atacaban a borrachos, médicos o vacas, pastores o curas, a todos aquellos que caminaban solos en cualquier madrugada helada y silenciosa. El parchís convierte a los herederos en sus sombras de lobo por una noche al año. Atacan, poseídos por emociones de otra gente, desde sus cubiletes de madera.

Ella, probablemente, irá la semana que viene al cementerio. Discutirá con ellos en silencio, de pie frente a sus tumbas. Les acabará dando la razón con una docilidad molesta, camuflada de amor y un algo indefinido, una mezcla de tristeza y de culpa, de todo aquello que quedó por decir. Le gustaría poder llamarlo nostardía.

 

Pilar Rubio

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