Nos vamos poniendo viejos – por PILAR RUBIO

Aquella mañana, Mateo se despertó revuelto. Segundos antes de sentir la invasión cotidiana de aquel aburrimiento que empapaba su vida, y que no le dejaba ser él un sólo instante, se despertó revuelto. “La cena de ayer”, pensó, “el tiempo pasa”. Siguió el ritual de todas las mañanas desde hacía un sinnúmero de años y tras el desayuno, pareció sentirse algo mejor, capaz de ir al trabajo, llevar a cabo sus tareas con la eficiencia de siempre, con la distancia de siempre, que acorchaba sus emociones y le acorchaba a él.

La sorpresa le esperaba literalmente a la vuelta de la esquina. Mateo se detuvo asombrado …. ¡¡¡¡le habían cambiado el barrio!!!!, pero todo, todo el barrio. En lugar de las casas que le rodeaban desde que él tenía recuerdos, habían surgido unos edificios de formas extrañas, de cristal y algún otro material que Mateo no conocía, una especie de mezcla plástico y metal. Por la calle pavimentada de algo que recordaba a la goma, pero en un color rosa fucsia circulaban, levitando a baja altura, extraños vehículos, con un conductor por vehículo y todos atascados, los pilares de la civilización se mantenían aún en aquella delirante mañana. Retrocedió unos pasos, angustiado pero, aunque le costara reconocérselo algo divertido por aquella situación que le espantaba un poco el tedio. Su casa estaba igual, eso no había cambiado, aunque mucho más vieja de lo que él creyera hasta ayer.

Trató de hacer memoria de la noche anterior, pero no pudo recordarla con detalle. Ante su mente pasaron monótonas imágenes de días, que a él le parecieron una eternidad, todos iguales, los mismos horarios, el mismo trabajo, los mismos amigos, las mismas conversaciones, la misma vida, ¡si llegaba uno a perder la noción del tiempo! No, en aquel momento no podía recordar que hubiera hecho nada diferente a lo de siempre. “Tendré que ir al médico”, pensó. Había leído, no recordaba donde, que a veces podía haber repentinos brotes de locura en personas por otra parte perfectamente sanas, y se aterró sospechando que podía ser uno de ellos.

Caminó por aquella ciudad que parecía un mal viaje de algún alucinógeno y consiguió llegar a la estación de Metro. Por una especie de puente de cristal surgían de una cabina pequeños vehículos ahusados, de vivos colores, a velocidad de vértigo. En una enorme pantalla luminosa, podía leerse una fecha “14 de enero de 2109″, junto con información horaria, y meteorológica.

Debajo, titulares de noticias:

Terremoto en ciudad obrera en China, los muertos se calculan por millares.

Guerra en Soweto. El dictador Ngue ha sido depuesto por una junta militar y en su lugar se ha erigido Ngo en gobernante supremo.

Nueva York, Paris, Londres y Berlin, acuerdan reinician conversaciones en vista del fracaso de las anteriores.

“Bueno”,  se tranquilizó Mateo, a pesar de todo, el mundo aún conservaba una pizca de coherencia.

Se fue al trabajo andando, ni muerto montaría en aquel presunto Metro. En lugar de la respetable oficina donde había estado trabajando todos aquellos años, encontró un edificio transparente, brillante como si lo acabaran de desprecintar.

 Un fogonazo iluminó su memoria de repente. Entre brumas la imagen de su jefe, retazos de frases “con los chips de los cojones, Mateo, ya sobramos todos”, “si es que casi somos del tiempo de Internet “, “cree que lo siento, con tantos años que llevas en la Empresa”. Aquello pasó ayer, claro ¿pero cuándo fue ayer?. Ya no lo pensó más, acudió a donde en tiempos hubo un Hospital.

“No es un caso tan raro, hemos visto más, no se preocupe”, le decía un competente jovencito con aire profesional unas horas más tarde.

“¿Pero, es grave?” Preguntó angustiado “Verá, no sé como decírselo, pero el hecho….. es que usted no está enfermo, por lo menos, no enfermo tal y como lo entendemos hasta ahora” comenzó dubitativo el médico. “¿Entonces?…..” “Como le digo, no es el único caso, le ha pasado ya a más gente, usted lo que ha perdido es ……… la noción del tiempo”, “¿Cómo dice?” se asombró Mateo. “Que ha perdido usted la noción del tiempo, y el tiempo ha perdido la noción de usted. Ha conseguido aburrir a la vida y ésta le ha olvidado. Llevará usted así unos cien años“, “A ver si le entiendo, ¿me está tratando de decir que llevo vivo 150 años por lo menos?” La sonrisa petulante y compasiva del joven le dolió, “hombre, vivo vivo, yo no sé si diría tanto”. “Pero” afirmó de forma concluyente “enfermo no está, así que aquí no podemos hacer nada por usted”. “En cualquier caso, yo de usted me alegraría. Hoy está despierto, aproveche su tiempo”. “Pero…..” Mateo continuaba sin entender.  “Con los casos que hemos visto de este tipo, hemos elaborado una teoría, qué quizá a usted le parezca absurda, pero cuando estas personas han seguido nuestras pautas, a veces han conseguido…..” El médico interrumpió la frase bruscamente, y ya no sonreía. Mateo intuyó una amenaza, una condena detrás de aquel silencio. “¿Conseguido…….?” repitió animando al joven a continuar. “Conseguido convertirse en hombres vivos, como todos los demás”, ¿y cuándo no lo consiguen…..?” No se atrevió a terminar la pregunta, miró al médico con aire de infeliz, como si aquel pudiera modificar una sentencia. El joven devolvió una despedida con sus ojos, se encogió de hombros. “En cualquier caso, le repito no está enfermo, aquí no podemos hacer nada, pero” le miró fijamente “usted sí puede, es el único que puede”. ¿Qué puedo hacer?, a Mateo ahora le temblaba la voz.

“Recuperar, lo que siempre hemos llamado las ganas de vivir, eso es lo único capaz de revertir esta extraña situación suya, que nosotros sepamos. Ya entiendo que no son unas pautas muy concretas, pero lo que le hace vivir, solo lo puede descubrir usted”

Durante horas paseó por la ciudad, completamente perdido. En aquella pesadilla, todo lo que veía confirmaba los comentarios del médico. Sin saber como ni porqué, su vida se había suspendido hacía cien años y ahora, también sin saber porqué, había tenido la ¿suerte? De recuperarla, aparentemente durante un tiempo limitado. Su sensación de estar fuera de todo y de todos, sensación que había tenido siempre en mayor o menor medida, se hizo real, se sentía literalmente en otro mundo. Se hundió, deseando casi que ocurriera lo que el médico no se atrevió a anunciar.

Y sin saber por qué, siguió en su vagabundeo sin rumbo, vacío de emociones, sin ninguna voluntad, con aquel traje gris pasado de moda hacía cien años.  Gradualmente, como si fuera un árbol al final del invierno, se empezó a deshelar. Atravesó un parque, conservado como una reliquia, donde él jugaba de pequeño. La misma fuente y juraría que hasta con el mismo grifo aquél que hacía daño en la mano al apretar para poder beber. La rejilla con el mismo musgo. Vestidas diferentes, había las mismas madres, con los mismos niños, que seguían jugando al pilla-pilla, bautizado ahora de otra forma. Caía el sol y el reflejo que arrancaba en el cabello de aquellas personas invitaba a hacerse uno entre ellos. Sentía una emoción casi olvidada. Sobreponiéndose a la soledad de su naufragio en el tiempo, o quizá gracias a ella se sentía libre, casi feliz, como cuando fue joven. Su paso comenzó a hacerse más firme, su espalda a enderezarse, su mirada a atreverse.

Así llegó a una especie de teatro de paredes transparentes. Tras el cristal,  no había espectadores, todos participaban en aquella especie de función. Los asistentes se alternaban subiendo al escenario e improvisaban canciones, recitados, monólogos y chistes. A veces cantaban a coro, se abrazaban. Otras, representaban escenas de dramas o tragedias, que Mateo recordaba. A algunos les aplaudían, a otros les recibían de nuevo en el asiento con un silencio tolerante, incluso con abucheos. Algunos salían de aquel teatro felices, otros enfadados, tristes, sonrientes. Pero sabían que siempre lo podían intentar al día siguiente.

Mateo se echó a llorar; él quiso ser actor, desde pequeño, pero la vida se había interpuesto en su camino. Tras un buen rato de observación y duda, se adelantó hacia la entrada. Levantó la mano y la bajó después, titubeando. Su espalda se enderezó del todo y observó en el cristal de la puerta su imagen de hombre sólo y muy, muy anticuado. Ya no lloraba, una sonrisa algo triste iluminaba su rostro mientras caminaba por la sala hacia el estrado.

cristales

Pilar Rubio

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