La salida

Al salir al exterior paseó la vista de izquierda a derecha con deleite. Despacio. Acompasando la respiración a las bocanadas de aire puro que entraban por fin a raudales. No sólo en sus pulmones. Recorrían el camino hasta cualquier recóndita fibra de su abdomen. Hacía frío y ello era agradable. Los martirios se alivian de muchas maneras. Las penas se solapan con empeño y una pizca de imaginación. Respirando aire puro y abriendo los brazos a la inmensidad de un paisaje verde infinito era una nueva forma de comenzar su vida en libertad. Reconoció el silencio del aire libre. Era un sabor largo tiempo olvidado. El mayor ruido provenía del viento. Ululaba a través del hayedo que llevaba viendo tantos años desde su torre de cristal. Notaba la presencia en su cogote de esa fastuosa torre en el tercer piso, tan alabada por los visitantes, tan odiada por sus habitantes. No quería contemplarlo por última vez. No era necesario regodearse más. El paisaje al frente era maravilloso. La llanura de de la comarca, frondosamente verde. Las formas tan estructuradas de los cultivos, colocados a saltos de color marrón, verde y amarillo. El horizonte anaranjado del atardecer. Era completamente distinto visto tras unos barrotes. La sensación de independencia era fascinante. Le sublimaba el silencio de su mente. La despreocupación se apoderaba de él. Comenzaba a sentirla en los hombros. Laxos. El cuello desprendido de los hombros, la sangre fluyendo pausadamente por todo su cuerpo.

Por fin la vio venir por el camino. El ruido de la candela en aquella verja frondosa le hizo alzar la vista hasta el final del camino. Hoy adquiría ese inconfundible ruido un significado desconocido. De victoria. De paz. De llegada al paraíso. Se acercaba. Ella. Tan guapa como la recordaba veinte años atrás. La misma sonrisa llana. El mismo andar.

Se acercó a ella. Ella se acercó a el. Dos miradas se cruzaron, hincando profundamente una contra otra, alma con alma. Las pupilas de él reflejaban las de ella. Su alegría contenida. Las pupilas de ella reflejaban el sufrimiento de él. La nada como respuesta a un abismo. Los años como respuesta a un destino lacerante. El tiempo recluido durante la enfermedad como respuesta a un montón de años perdidos. Entre uno y otro, algo solemne. Ocurre que en cada persona hay un registro de voz en que no usa palabras. Para escucharle entonces hay que estar muy en silencio. Los dos lo estaban, conscientes de lo imponente del momento. De los primeros segundos juntos. Es probable que pasaran unos cuantos minutos así. Sus manos estaban ya entrelazadas, mas ninguno fue consciente de haber hecho ademán. Por fin, él habló:

-“Ya estoy curado. Puedo volver al mundo. Contigo. Además. Nunca pude figurarme que me esperarías tanto tiempo. Eres mucho mejor persona de lo que yo seré jamás.”

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Elena Silvela

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