No te lo digo nunca

No te lo digo nunca, pero admiro tu ánimo. Una admiración sincera. Me podría postrar ante ti cada vez. Cada vez que observo cómo no desfalleces, por más obstáculos que encuentres. Siempre ahí, siempre en pie de guerra. Día tras día, no sé muy bien de qué manera ocurre, pero tu ánimo se levanta de la cama, te pone en pie y se propone dar lo mejor de sí. No es un ego, es un alma perseverante. Un ser que no está dispuesto a dejarse vencer. Supongo que si se queda a tu lado y lleva tantísimo tiempo sin soltarte, será por algo. Por ser una persona valiosa, quizá. Qué tonterías estoy diciendo. Claro que eres valioso. Mucho más de lo que muestras.

No te lo digo nunca, pero me desarma tu nobleza. Me sorprende cada vez que se deja ver. Es pura, genuina, irrompible. Inmensa. Magnánima y visible. En todas las ocasiones, va de frente. Se pone la primera. No se esconde. No tiene porqué. Es una virtud que tantas y tantas personas envidian… Es ella, la señora Nobleza, una auténtica dama que te precede allá por los senderos en los que caminas. Va por delante de ti, y es tan lucida que ni siquiera le hace falta erguir la cabeza y hacerse notar… Es tu mejor tarjeta de visita, con la que otros han de lidiar. No. No es tarea fácil negociar con la nobleza. No lo es. Soy testigo, muchas veces, de las dificultades de quien está frente a ti, luchando por sacar un lado oscuro que jamás asoma.

No te lo digo nunca, pero te felicito por tu perseverancia. Supera a la mía. Con creces. Es tremendamente disciplinada, madura y fuerte. Está acostumbrada a los embates de la vida. Ya hubieran querido los muros de Alcatraz tener algún material parecido a tu perseverancia.

No te lo digo nunca, pero te quiero mucho.

No te lo digo nunca, mas a partir de ahora es mi firme propósito hacértelo saber. Cada día.

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Elena Silvela

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