No sufras por mí – por PABLO RODRÍGUEZ CANFRANC

El Hombre Parapetado se peina los tendones

sobre el café con leche, que humea proceloso

hasta los globos de las lámparas del techo

de la cantina de la estación, para ovular allí.

Desde la barra, el Barman del Bigote Pintado

contempla de espaldas el hogareño espectáculo

a través del espejo alargado y sucio de la pared,

mientras desde el andén llega el estertor

regular y pausado de la locomotora del Tren Anclado.

Al abrir su gabardina, el Hombre Parapetado

pierde su corazón de mimbre, que recorre el suelo

rodando hasta la puerta de cristal que se abre al andén,

para chocar contra los tacones de estilete afilado

-que van trazando surcos de arena sobre las baldosas-

de la Mujer con Rostro de Espejo, que cierra al entrar.

Por un instante han llegado las voces entrecortadas

procedentes del andén de los pasajeros sin destino,

que desde los vagones del Tren Anclado contemplan

el reloj hueco de la estación, esperando inútilmente

partir para lugares que ahora yacen bajo el mar,

tan profundos y ausentes como el Faro de Alejandría.

La Mujer con Rostro de Espejo alcanza la esquina

donde se esconde la máquina de vinilos –el juke-box—

y consigue desencajar de entre los huesos de locomotora

una melodía melancólica, aunque desenfadada y casual:

…don´t worry ´bout me, I´ll get along

forget about me, be happy my love…

Parece que el Hombre Parapetado, desde su mesa,

va a dirigirle grandes palabras a la (para él) desconocida,

pero solamente acierta a escupir un haiku de medio lado:

copos de nieve

que se pierden buscando

rojos senderos.

Ella responde rápidamente y con evidente nerviosismo:

me comería de un bocado esta canción

sin tregua, ni esperanza de resurrección,

y se arrodilla para recoger los añicos de los versos

que, tras caer de su boca y quebrarse contra el suelo,

siguen latiendo sobre la baldosa como pollos sin cabeza.

Al doblar la pierna en el suelo, el charol del zapato

de la Mujer con Rostro de Espejo comienza a reflejar

la imagen procedente de fuera, donde la marquesina

de la vieja estación de provincias es atravesada

por una estrella fugaz que hace blanco en el reloj hueco.

De la neblina que cubre la noche sigue llegando la canción:

…look out for yourself, should be the rule…,

aunque para entonces, el Hombre Parapetado, ya en pie

se dirige hacia el Rincón Inconcebible, habitual en todo bar,

mientras que ella se acerca a la barra para solicitar,

con modales de gran señora, una bebida combinada

cuyo nombre impronunciable sólo contiene consonantes.

Buen intento, pero a esta hora el Barman del Bigote Pintado

ya ha pasado al otro lado del espejo, y aunque ha mejorado

su perspectiva del local, su capacidad operativa se ha visto

seriamente limitada, por lo menos hasta el cambio de turno.

La Mujer, como quitándole importancia al incidente, alisa

su corta falda manchada de ojos y dice con indiferencia:

cuando el viento me encerró tras la celosía

sentí brotar de mi pecho nieve que ardía,

y acto seguido emerge de nuevo al andén del Tren Anclado

buscando sitio, altiva y hermosa, en un vagón de segunda,

intentando no tropezar con las raíces que brotan de la vía

y que se enroscan como tentáculos entre las ruedas.

Bastante antes del amanecer, el antaño Hombre Parapetado

ha desaparecido en algún punto del Rincón Inconcebible,

más allá de donde el suelo de mármol tiene sentido,

y probablemente sea ahora un campo de trigo brillante

en algún lugar perdido y sin interés del medio oeste.

Simultáneamente, aunque en realidad por hábil trucaje

de la perspectiva, el silbato de la locomotora, que jadeante

sigue enganchada al Tren Anclado, tararea el último verso:

…so if you can´t forget, don´t worry ´bout me…

Un último acorde de guitarra queda suspendido un segundo

para estrellarse contra el suelo con ruido de vidrio quebrado.

Locomotora

Pablo Rodríguez Canfranc

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