No sé escribir – por ELENA SILVELA

No sé escribir– me dijo.

¿Y sabes leer?– levanté las cejas, había atraído definitivamente mi atención.

Me empezaron a enseñar algo, pero la verdad es que no sé leer una frase difícil.

Movía las manos amasando el sombrero de tela y no me había mirado desde que entró en el despacho. Alto, bronceado y musculoso, como buen campesino, se balanceaba rítmicamente sobre los pies. Me pareció un cuadro entercenedor.

Comenzaremos hoy mismo, si quieres– contesté con decisión.

Gracias. Muchas gracias. Seré un alumno entregado. No se arrepentirá- Levantó la cara y aparecieron ante mí los ojos más sinceramente agradecidos del universo.

Las clases fueron pocas y muy aprovechadas. Hacía los deberes con fruición y completaba la tarea semanal con otros de refuerzo que le había dado su jefe en la fábrica, sacados de no se qué lugar desconocido de internet. De las clases que dimos, quedó conmigo para siempre la imagen de su semblante de júbilo al terminar de leer la primera frase completa. Practicaba la escritura todas las noches, dejé de contar los cuadernos rellenados y acabados con pulcritud. Cuando consideré que su nivel era más que suficiente, sustituimos las clases por encuentros semanales en los que me comentaba el libro que le había encargado leer la semana anterior. Todos ellos provenían de mi librería de juventud. Se liquidó la colección de Emilio Salgari y todo lo de ciencia ficción en menos que canta un gallo.

Como todo en esta vida, nuestras clases y encuentros llegaron a su fin, en un mes de abril de primavera rebosante. Me habían trasladado a otra ciudad y organizamos una comida de despedida. Él y yo. Le regalé los libros de Julio Verne de mi padre, con una dedicatoria diferente en cada uno de los ejemplares. Las leyó con no poca emoción y me entregó un sobre, rogándome lo abriera por la noche, en el tren que me llevaba al otro lado del país. Nos despedimos con uno de los abrazos más sinceros que mi memoria mantiene.

Cumplí sus instrucciones y abrí el sobre media hora después de salir de viaje, adormecida por el traqueteo balancín, medio folio de color sepia con letra ordenada, redonda y estudiada, de tinta color verde.

Querida profesora:

Con pena me despido en esta carta y con orgullo escribo las letras que me enseñó. Siempre he agradecido mucho sus clases, pero hoy más. Porque puedo dejar en un papel mi adiós sin tener que darle un abrazo que no hubiera dicho todo lo que puedo escribir. Muchas gracias por enseñarme a leer. He podido leer un libro entero y muchos, he podido disfrutar de aventuras fuera de la tele, imaginarlas y sentirlas. He podido este año felicitar la Navidad a mis parientes de fuera. He podido soñar y escribir lo soñado. Espero que me mande cartas para poder yo responderlas y practicar y no olvidar. Me despido mi querida profesora con un agradecimiento tan grande que no cabe en esta carta. Que sea muy feliz y que la vida le trate bien, como se merece. Su alumno,

Manolo

Guardé la carta en su sobre y lo apoyé sobre mi pecho. Así hasta que el tren llegó a destino.

Elena Silvela

Elena Silvela Ha publicado 342 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *