No llegó nadie – por PEDRO PABLO MIRALLES

Por su costado izquierdo le adelantaba a paso ligero un joven apuesto que vestía traje azul oscuro que le quedaba algo estrecho, zapatos negros de talla superior a la suya y, en su mano izquierda, llevaba una bolsa oscura de plástico. A su derecha, con aspecto de recién llegado de provincias, Joaquín iba dejando atrás personas de todas las edades, con andar cansino de turistas. Había gente sentada en el suelo o recostada sobre la pared de los edificios y escaparates de los comercios más variopintos, varios tullidos exhibían sin reparo sus lesiones y miembros amputados, con una caja de cartón o plástico para echar en su interior monedas y, en el suelo, carteles de cartón con textos tan explícitos como “Tengo dos hijos, estoy sin trabajo, no tenemos techo para dormir y necesitamos comer” o “No me gusta estar aquí sentado, una limosna, por favor”.

En las dos aceras de la avenida en cuesta, casi no se podía andar del gentío que subía y bajaba, eso sí, con bolsas de plástico multicolores en las que custodiaban sus compras del black friday de origen yanqui y de tanto éxito comercial los últimos años en estos lares europeos desde que comenzó la denominada crisis económica. El gran número de vehículos apenas podían transitar, el embotellamiento del tráfico era descomunal y la desarmonía de los semáforos con los guardias de circulación que hacían sonar sus silbatos de forma estridente, complicaban más las cosas. El ruido ensordecedor formaba parte de ese paisaje urbano como la contaminación atmosférica otoñal que no dejaba ver el sol.

En medio de esa marabunta se escuchó un grito repetido y desesperado de mujer, “¡socorro, la cartera, la cartera, al ladrón!”. Todo el mundo se llevó la mano al bolsillo y los bolsos, con mirada de desconfianza de quien tenían al lado. Nadie sabía de dónde provenía ese grito de alarma, y ningún viandante se inmutó ante la víctima, ni por el caco. Un poco más adelante, dos policías urbanos miraban con aire de extrañeza sin moverse un centímetro del lugar.

Joaquín llegó a la pensión tenso y cansado. A la media hora la llamada esperada al móvil, “todo en orden colega, has hecho bien en no inmutarte como todos los demás, no te perdí la vista ni un momento. Nos vemos en el bar de siempre y repartimos el parné. La cartera y todo lo que llevaba dentro la he tirado en una papelera cuatro manzanas más adelante. La recaudación no ha sido excesiva, doscientos cincuenta y cinco euros del ala, pero de esta nos vamos a dar un homenaje, toda la paella del mundo que es lo que te gusta y lo que nos venga en gana. Nos vemos en la esquina de siempre, a las ocho en punto, bien anochecido”.

A la hora fijada Joaquín estaba como un clavo en el bar. Esperó cerca de una hora, pero no llegó nadie y, con rabia y calma, se dijo a sí mismo, “que cabrón, es la tercera vez que me lo hace, la próxima me hago yo con el botín y luego me viene a ver, pero puntual y donde yo le diga”.

 

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Pedro Pablo Miralles

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