No es de justo reparto – por ELENA SILVELA

El mundo no es de justo reparto. Es ésta una perogrullada en la que pienso a menudo. Me he hartado de preguntarme los porqués del asunto, año tras año, y no tengo respuestas mínimamente razonables. Veamos.

La grandeza de algunos contrasta mucho con la mezquindad de otros. Tanto que es imposible ocultarlo ante nadie. Hasta el más despistado puede captarlo. El bien escasea y el mal abunda. El bien escasea, cierto, pero brilla tanto sobre el mal que enciende las iras de los mediocres, especialmente de quienes se nutren del lucro que destilan sus malos dones. Se diría, en apariencia, que vive mucho más feliz quien tiene suerte, pero ello es una falacia. El dueño de la suerte no toma conciencia verdadera de ella, desconoce cómo integrarla, mimarla y disfrutar de sus mieles. Suele perderse a menudo sobre una ristra de quejas variopintas que nada tienen que ver con la fortuna recién adquirida. La suerte es la prima cercanísima de la belleza: pueden verse ambas virtudes perfectamente en el ojo ajeno y no tanto en el propio. Ocurre entonces que la suerte, cuando no es disfrutada, celebrada y/o loada por el destinatario, se escurre y repta hacia otros lares. Porque todos gustan de agradecimiento. Es ésta una variable que aparece sintomáticamente, una y otra vez. La falta de fortuna -o de éxito- es un evento también muy curioso. Es el tamizador perfecto entre las verdaderas amistades y los patanes sociales con quienes nos empeñamos en interactuar. Los cadáveres van quedando a ambos lados de la carretera miserable que transita el desafortunado, mientras tiembla pensando que quedará solo en este mundo. Son muchos los cuerpos que deja mientras camina, y aumentan exponencialmente a medida que la duración del período de racionamiento se dilata. Es una purga, pero no de Benito. Del mismísimo demonio, ese enclenque que llevamos todos dentro y nos empuja a evitar las situaciones incómodas. Interesarse por el desposeído durante un tiempo prolongado es harto incómodo. No digamos ya las acciones de preocuparse, apoyar y ayudar; palabras mayores de dificilísima ejecución. Una pesadez. Quien no haya experimentado algo de lo anterior a lo largo de su vida es que, o no ha vivido, o no es de este mundo.

Ya podrán los lectores perdonarme estas reflexiones, pero una ha de desperezar las neuronas de cuando en cuando, pues luego no aciertan a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Entre lo que humanamente se puede hacer y lo que resulta una heroicidad exigir.

La foto es de César Babío.

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Elena Silvela

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