No digas absolutamente nada, por ELENA SILVELA #misescritos

Devolver la sonrisa a tu cara preciosa era una tarea bien difícil. Jugueteé con los dedos mientras te observaba por el rabillo del ojo. El reflejo plateado de esa inmensa luna que iluminaba el cuarto hacía la escena aún más grande. La mirada perdida. Tus manos juntas y oprimidas. El pelo sin peinar. Alguna que otra cana había florecido en el lado derecho de esa cabellera que fue la envidia de todos en nuestra juventud. El aspecto desaliñado, en general, me resultaba bien triste. Muy complicado empezar a hablarte cuando el nudo en mi garganta era ya de por sí considerable. Pensaba en las palabras que podía decirte y tenía incluso varias frases hiladas en mente, pero tu tristeza envolvía la habitación y por un momento pensé que intentar consolarte iba a resonar como un insulto y a destiempo. Cambié el rumbo, no era el momento. Había llegado la hora de compadecer y acompañar. Compadecer no es, como muchos piensan, apiadarse de un pobre perdido, sino padecer con el doliente. Acompañándole. Estando junto a él. No digas absolutamente nada. Y seguí jugueteando con los dedos. Mi brazo tocaba el tuyo. Mi mano muy cerca de las crispadas tuyas. No era el momento de arrancarte una sonrisa.

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Fotografía de Elena Silvela

 

 

 

 

Elena Silvela

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