Newton y Halley: la ciencia y la decencia – por CHEMA BASTOS – #escritos

De acuerdo con la forma actual de valorar las capacidades intelectuales, y atendiendo sobre todo a eso que se ha dado en llamar inteligencia emocional, habría que concluir que Isaac Newton era un imbécil. La incompetencia del científico inglés para las relaciones personales era tan evidente, que no es excesivo afirmar que en ese terreno era un discapacitado social, un verdadero tullido.

A pesar de su indudable inteligencia, Isaac mantuvo relaciones problemáticas de forma sucesiva con su familia, con sus compañeros de clase, con su colegas de trabajo y con sus subalternos, solo sus relaciones amorosas no pueden considerarse conflictivas, porque nunca sostuvo ninguna. Hijo póstumo a la muerte de su padre, su madre lo abandonó a cargo de su abuela, hecho que Newton siempre recordó con cierto resquemor: “Entre mis pecados reconozco haber amenazado a mi padrastro y a mi madre  con quemarlos a ellos y a su casa”.

Sus compañeros de estudios los temían, respetaban y despreciaban a partes iguales, por su mal carácter, inteligencia y torpeza respectivamente. Más adelante las tuvo tiesas con casi toda la comunidad científica, a cuenta del reconocimiento de sus descubrimientos, y como presidente de la Royal Society, fue recordado como un dictador cruel, vengativo y querulante. Es fácil imaginárselo como el Sheldon Cooper del siglo XVII, pero sin gracia. En resumen, un tío tan torpe que no era capaz de darse cuenta de que ser un convencido arrianista – es decir, negador del dogma de la Santísima Trinidad – podia suponer un obstáculo para sus aspiraciones de dirigir nada menos que el Trinity College…

Y sin embargo, Newton no era tonto. Es más, cualquiera que sostenga algo así es automáticamente acreedor de ese título. Al margen de sus limitaciones en el ámbito personal, la inmensidad y relevancia de su creación científica resulta imposible de exagerar, incluso para un exagerado profesional como el que os escribe. Dicen que cuando un tonto no entiende algo, lo rompe. Newton, cuando se encontraba un problema, hacía lo contrario, era capaz de crear el instrumento teórico con el que resolverlo. Así por ejemplo descubrió, a pachas con Leibniz, el cálculo diferencial para poder resolver un asunto geométrico que se le había atravesado. Eso que hacía sudar al más listo de tu clase, se lo inventó él.  Si como dice la leyenda Unamuno aprendió danés para poder leer a Kierkegaard como Faemino y Cansado, Newton fue más allá y se inventó el danés.

Además de esto Newton, que era de letras y dedicó mucho más tiempo a la teología que la ciencia, desarrolló en sus ratos libres teorías e inventos como la fuerza centrípeta, la descomposición de la luz en colores, la Gravitación universal, la demostración de la Leyes de Kepler, la hipótesis corpuscular de la luz, la leyes de la Mecánica o el telescopio de reflexión. Newton es un auténtico cisne negro en la teoría de Nassim Taleb, el Presidente de Extremistán, una de las poquísimas personas de las que podemos decir que de no haber existido, nada sería igual.

Así que habría que concluir que quizá el asunto ese de la inteligencia emocional esté un tanto sobrevalorado, casi tanto como la carrera futbolística de Zubizarreta o el sufrimiento de los autónomos.. Si uno no fuera como es extremadamente respetuoso, diría incluso que la  inteligencia emocional es el talento de los estúpidos, la moneda de curso legal de Mediocristán.

Pero no solo sería irrespetuoso si afirmara algo así, sino también algo precipitado, como veremos. Edmond Halley, coetáneo de Newton, además de descubrir cometas y ponerles nombre, llevó a cabo unas de las aportaciones más importantes de la historia de la ciencia: logró convencer a Newton de que publicara su “Philosophiæ naturalis principia mathematica”, y consiguió asimismo que la Real Sociedad – la de Londres, no la zuriurdin…- asumiera su divulgación. Para ello tuvo que sacar a Newton de su bloqueo personal, aguantar sus impertinencias, mediar en su pleito con Thomas Hooke, otro científico tan genial como impresentable, comprarle a la Royal Society un edición enorme de libros de peces en la se habían empeñado, y lo que es peor, convencer a su esposa de que llenar su casa de multitud de ejemplares de ese libro de peces era imprescindible para el avance de la  humanidad. En tal empeño mostró una capacidad y una paciencia más propias de un psicoterapeuta habilidoso que de un científico brillante, y alguien con más mala leche que yo diría que su intervención en tan importantes hechos es la de un bienintencionado tonto útil.

Pero alguien que dijera tal cosa mostraría no solo peor voluntad, sino incluso mayor ignorancia que la mía. Halley es sin duda uno de los científicos más grandes de la historia, y el hecho de ser coetáneo de Newton no le hace más pequeño, igual que Iniesta no es menos grandioso por haber coincidido en su carrera con Messi o Ronaldo. Halley entre otras muchas cosas hizo avanzar nuestro conocimiento  de la navegación marina y en especial de los movimientos propios de las estrellas. Pero sobre todo descubrió el talento de Newton, y tuvo la lucidez y humildad de sacarlo del armario, no sin esfuerzo. Para ello no solo le hizo falta el talento, sino también otras habilidades, que podemos llamar o no inteligencia emocional, pero que desde luego se refieren a la capacidad de ir a más allá de la abstracción y tener en cuenta las circunstancias, las personas y las cosas que nos rodean. Ninguna obra humana que merezca la pena sale adelante sin que alguien se detenga a considerar los intereses, las condiciones y por supuesto las emociones de todos los implicados. No es la paciencia, sino la decencia, la auténtica madre que parió a la ciencia.

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Chema Bastos

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