Necrológica colectiva – por PEDRO PABLO MIRALLES

El último año fallecieron en España alrededor de 450.000 personas y la mayoría de ellas no fueron objeto de necrológica, obituario, esquela o recuerdo público alguno.

Si atendemos a esas pocas noticias mortuorias que aparecen en los medios, todas las personas fallecidas a las que se refieren, fueron un ejemplo en vida, un dechado de bondad, trabajadores como nadie, modelos de conducta para familia, amigos, vecinos, conocidos y desconocidos. Lo mismo ocurre en los funerales y homenajes mortuorios varios, civiles y religiosos, en los que con tanta frecuencia se puede escuchar una sarta de sandeces, verdades a medias y falsedades, que si resucitase el finado, a los asistentes y organizadores se les caería la cara de vergüenza.

Los familiares de difuntos con posibilidades o por indicación del mismo fallecido, también suelen inscribir con mucha frecuencia en los enterramientos de los cementerios, epitafios de todo tipo, algunos tan ingeniosos como “aquí yace un vividor”, “ya os lo decía, os confirmo que después no hay nada”, “ir preparando el ágape que no tardaré en volver” o, aquellos que con un marcado y singular sentido religioso rezan haciéndose la ola, como por ejemplo, “con Jesucristo, la Virgen María y San Policarpo, no te olvides de tu esposa, hijos y familia, que siempre te hemos querido”. Hay mucha bibliografía variopinta al respecto al alcance de cualquiera.

Valga este texto como pequeño recuerdo necrológico, modesto, sincero y sin prestar atención a cómo fue su existencia, a las más de 400.000 personas fallecidas el último año y a todas las que se fueron con anterioridad en cualquier parte, que no recibieron atención pública alguna ni obituario, de forma especial a las que iniciaron su último viaje en el anonimato, el olvido o la indiferencia.

 

Pedro Pablo Miralles

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