Nazario – por JUAN CARLOS VIVÓ

Era Nazario un homúnculo menudo, que no levantaba en lontananza más de un palmo. Al acercarse, con ese paso arrastrado de los hombres provectos, cargados tanto de hombros como de contiendas, su figura se acomodaba más a su verdadera medida, como solución a lo que parecía ser un engaño de la vista o un encantamiento cervantino que revelaba su naturaleza con la cercanía. Peinaba Nazario un matujo de cuatro ralos cabellos desordenados, veteados de grises y blancos que, de frente para arriba, le daban la apariencia de un San Jerónimo, al que nunca se le vio en un cuadro ni bien barbado ni bien peinado, como un Adán; de frente para abajo, sin embargo, lucía una morena piel, entre castaña y negra, con los manchones de tanto sol como la calcinó y con los agujeros lunares de unos granos juveniles que ya eran recuerdo y que tanta mofa causaron en sus años de lozanía. Mostraba su rostro también surcos que parecerían un trasunto de sus sesos pero que, en su oscuridad acanalada, remedaban los de sus pantalones de pana, si no fuera por lo sinuoso de los mismos, en contraste con la rectitud vertical de la lana. Pendía de su labio en grácil equilibrio un caliqueño irregular como rama de olivo viejo, que, de vez en cuando, se encendía estrellado e, inmediatamente, se ocultaba en una humareda que los modernos, en su afanoso y vacuo cientificismo que tan bien queda, llamarían tóxica, (el tabaco lo es, como demuestra la experiencia y recogen los estudios aunque en menor escala que la chimenea de una fábrica, o la de una locomotora), pero que un antiguo llamaría humo de tabaco. Era una maravilla fijarse en la horizontalidad imposible del cigarro que aguantaba la caída a cada cansino paso de Nazario, trasunto necesario a lo físico de la interrogación que asaltaba las miente de cualquier alma contemplativa del fenómeno. Que de la boca de Nazario emergiera aquel Etna que alojó la fragua donde fueron forjadas a fuego y martillo el casco y las sandalias de Hermes y la égida de Zeus y la armadura de Heracles, semejaba al observador estar ante un nuevo y rural Hefesto, aunque sin tanta pompa y circunstancia mas sí con su misma desnaturalizada hechura.

Era Nazario un hombre de costumbres invariables. No llegaba a tanto como el filósofo prusiano con el que, según fuera a dar clase o a visitar a un amigo, ponían sus vecinos los relojes en hora de tan exacto como era. Sólo la muerte, velatorio y funeral de un vecino, que con los muertos hay que cumplir, se decía, apartaba a Nazario de la rutina pudiendo fundamentarse por tanto una cierta metafísica de aldea en esta accidental varianza del diario acontecer de Nazario. Por ello sorprendió muy mucho no verle un sofocante día de agosto salir de casa cuando aún no asomaba por Peña Prieta ni una mala luz del día; ni verle con Miguel y con Constancio echarse al coleto un café pastoso, mineral y renegrido de puchero y un copazo de menta con el que se enjuagaba los dientes en el bar del Amancio, que madrugaba mucho para hacer negocio con los que bajaban a la huerta; ni cavar arrancando terrones de la áspera tierra; ni encender lumbre con unos sarmientos y unas piñas donde crujían en las ascuas unos tocinos y unos chorizos que le darían fuerzas, asados como un san Lorenzo; tampoco se le pudo ver subir la cuesta, para la siesta, que no era menester caer malo con el calor del verano, pues había que resguardarse de la solana; ni bajar de nuevo con su panda de amiguchos a por el café de las cuatro que espabilaba que es un gusto, y que lo devolvía al más pintado al faenar de la tarde, pues para trazar surcos rectos, no hacía falta otra cosa que estar despierto, que eso de hacer las cosas derechas con renglones torcidos era propio de Dios…

Ese día, Nazario se encerró en casa, pasaron las horas sin noticia suya; cayó la tarde; la sombra extendió su manto en la estrecha calle, no dando alivio al día sino como un presagio; y no fue hasta el anochecer en que se abrieron las hojas de la puerta retirando el aire propio que mueven las Furias en su carrera con la que persiguen los más nefandos crímenes, como el de Orestes, que mató a su madre, en desagravio, pero esta vez la justicia que no dan los hombres. Ese día, a Nazario, a la hora en que se recogía normalmente, se le vio asomar con una azada grande, picadora y moledora, pendiente del hombro, con la hoja reluciente de lo recién limpiado y el palo que la agarraba tan sinuoso y nudoso, nervudo, fibroso y fuerte, bien preparado para el golpe certero que abre la tierra y la conquista, que descuajeringa la piedra, que saca chispas cuando muerde el pedernal y que podría abrir la raíz del olivo para que vertiese sus jugos y muriese, una vez secada, separada de la madre a la que da vida del mineral del suelo y del riego de la lluvia y a la que nutre como una hija que alimenta a quien ya no puede valerse, vaciada su vida en su cuidado.

Ese día, Nazario enfiló la calle del Aguador escalando las empinadas escaleras que daban paso a la parte alta, como quien anda rodeado de pesadumbre, pesado y lento, fatigado casi por el peso determinante de lo grave. Ese día, Nazario, armado, se acercó a mí, con la mirada baja, ausente, que se fijada solo en la punta de sus botas. Ese día pasó junto a mí con un destino de muerte ajena.

San Jerónimo

Juan Carlos Vivó

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