Waslala

Era una bahía cerrada, amplia. Con forma de concha. El sol  enorme y naranja le calentaba el rostro. Le gustaba bañarse en esas aguas templadas donde los peces se movían entre sus pies, hasta rozarle la piel.

Después del baño, se sentó en la playa mirando hacia el mar. Entornó los ojos. Mojado. A contraluz, observaba a los pelícanos pescar. Dos, tres pasadas rápidas, y caían en picado sobre el agua. Luego remontaban el vuelo con una cola agitándose entre el pico. Nunca había visto pelícanos al natural. Todo era nuevo para él. La flor naranja del malinche, la arena negra volcánica, la silueta majestuosa del Mombacho, los mangos dulzones que caían de los árboles, la yuca, la papaya, los cocos pelados a machete, los alacranes que dormían en sus zapatos, los chanchos paseando sueltos por las calles, las vacas muy flacas… Y los niños. Los niños de ojos grandes asombrados, corriendo descalzos por la selva, riendo, arrastrando de un mecate una caja por el suelo. No necesitaban pilas para el coche de juguete. Era una infancia corta. Pasaban a ser hombres y mujeres sin adolescencia. No podían permitírselo. La vida tenía prisa porque valía poco.

 daniel

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Habían salido de Granada en la camioneta de Santiago, el cura canadiense de la congregación del Sagrado Corazón. Delgado, alto, con gesto sereno, sonrisa perpetua y mirada pícara. Tomaron la panamericana hacia el norte, cruzando Managua, y la abandonaron en Sébaco, en el desvío a Matagalpa. Ahí se acabó el asfalto y avanzaban muy despacio. Cayó la noche. No era prudente seguir. Podían asaltarles y no llevaban armas. Dos horas después de dejar la panamericana, Santiago paró el carro a la puerta del Centro de Salud de La Dalia. Una farola en la fachada, sobre la puerta, rompía la oscuridad pintándola de amarillo. Bajo la luz, fumaba un hombre con los ojos humedecidos por el alcohol.

El médico era un joven haciendo las prácticas. Era obligado dos años de medicina rural para obtener el título. Aquella noche tenía trabajo. Un muchacho de diecinueve años yacía en una camilla plegable de lona (les llamaban “tijeras”) con una herida de bala en el pecho y un cable de suero en su brazo. Así saldaban las discusiones. No parecía grave, pero no podía trasladarlo. El conductor de la ambulancia se negaba a hacerlo de noche. También temía ser asaltado por aquella carretera de tierra que atravesaba la selva. Quizás corriera más riesgo de un accidente: el conductor era el hombre que se tambaleaba a la puerta del edificio de una planta y arrastraba las palabras.

El médico les dejó pasar allí la noche. Dormitaron en unas tijeras escuchando los quejidos del muchacho. Al amanecer, retomaron el camino. Tardaron dos horas en cubrir los sesenta kilómetros que quedaban hasta Waslala.

Calles de tierra, casas de madera o de concreto con palenques a la puerta para atar a los caballos, hombres cabalgando con sombrero de alas y cartuchera y pistola al cinto. Se sintió transportado en el tiempo.

Chepe y Santiago hablaban en susurros. Chepe era alto y fuerte. Brazos nervudos, ojos claros, pero largo chele y ensortijado. Curtido por el sol. De Mansilla de las Mulas, había viajado como cooperante hacía años a Nicaragua y ya no pudo volver. Se enamoró. De la tierra, de sus gentes, de los olores, de los colores… Y de una mujer. Iris.

Parecían preocupados. Habían mantenido esa actitud reservada todo el viaje. Le sugirieron que se quedara en Waslala a pasar la noche, en la casa del cura, que les acogió y les sirvió el almuerzo. Rechazó la propuesta. Había venido para conocer el lugar de origen de aquel grupo de refugiados a los que estaba ayudando en su asentamiento en las faldas del volcán Mombacho, cerca de Granada, y no iba a quedarse en el camino. Continuaron después de comer. Hasta la comarca de  Los Naranjos. Un jinete les siguió un trecho, a lo lejos, desde lo alto de las colinas. Los hombres se percataron de ello. Más cuchicheos.

Llegaron a media tarde. La selva era muy frondosa allí. Más que la que había recorrido a caballo en la frontera de Costa Rica, cerca de San Juan del Sur, acompañando a Leonel a vacunar a los niños que vivían en cabañas desperdigadas por el monte. Era un paisaje hermoso. Verde intenso, roto por el vuelo colorido de los papagayos.

En el porche de aquella casa, sentados en mecedoras, por fin pudo estar a solas con él.

-¿Que es lo que está pasando, Chepe? ¿Por qué tanto misterio?

-Eh… Bueno… Esta gente no son hermanas de la caridad, vos sabés. Son gente arrecha. Formaron parte de la guerrilla, de los “compas”. Entregaron las armas cuando la propuesta de pacificación de la Chamorro. Pero hay cuentas pendientes. Los “re-contras” les buscan para saldarlas. Por eso se fueron hacia el sur y se asentaron en Granada.

-¿Quieres decir que esta noche nos pueden pegar un tiro?

-Sí.- Se hizo un silencio. -No sé si ha sido buena idea que hayás venido.

Chepe hablaba frunciendo los labios. Como los franceses.

-Ya estoy aquí, Chepe, así que dejémonos de babosadas. Habría venido igual si me hubierais hablado claro. De hecho, me imaginaba algo así.

-Bueno, no creo que pase nada. Además, estaremos protegidos. Han montado puestos de guardia. Y tampoco entregaron todas las armas, solo las que estaban rotas.- Se iluminó su cara con una sonrisa mientras le guiñaba un ojo. -¿Vos creés que son dundos?

Amaneció el día siguiente con los chillidos de los monos a lo lejos y un concierto de pájaros. Nada más rompió el silencio de aquella noche. Admiraba el espectáculo desde la misma mecedora en la que habían mantenido la conversación la tarde anterior.

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 daniel mombacho

Desde que se trasladara a Nandaime para atender a los refugiados, volvía todos los viernes a San Juan del Sur a darse un descanso. Dejaba la mochila en la casa y bajaba hasta la playa. Se alojaba en el que había sido el domicilio de Gaspar García de Laviana, un sacerdote asturiano que llegó de misionero en 1969. Impotente en su denuncia de las grandes injusticias sociales que vivió y, después de una profunda reflexión personal, cambió la sotana por el fusil y se unió a la guerrilla sandinista durante la Revolución, implicándose hasta llegar  a convertirse en comandante. Murió en combate el 11 de diciembre de 1978 cuando su unidad cayó en una emboscada cerca de Cárdenas.

Aquella tarde de viernes, meditaba sobre el viaje reciente a Waslala. No había tenido la sensación de peligro que sus compañeros percibían y le manifestaron. Quizás porque aquel no era su mundo, aquella no era su guerra. Aunque no podía evitar meterse en todos los charcos. Era inherente a él.

-¡Español! ¡Qué hacés! ¡Te venís!

El grito de Leonel le sacó de su ensimismamiento. Se giró y le vio con ambos brazos sacados por la ventanilla del carro. Con una sonrisa que le tapaba la cara, sostenía una botella en cada mano: Coca-Cola y Flor de Caña.

Le devolví la sonrisa, me puse en pie y me dirigí hacia él. Después de todo, igual sí. Igual sí era un poco mi guerra también.

Daniel Huerga

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