Nasib y Kermedekaan – por PILAR RUBIO

Lo pude ver en cuanto abrí la puerta de la tienda. Los ojos color rojo sangre fijos en mí desde la penumbra del fondo del estante, la enorme nariz ganchuda, la boca afilada en un rictus de desprecio. Me pareció gracioso jugar conmigo mismo a creer que me había atraído hasta allí, que me había elegido. Pregunté el precio, regateé con mucho protocolo, porque el Rastro también tiene sus normas, pagué y salí con él. En aquellos años no era fácil encontrar en Madrid una marioneta indonesia de esa elegancia en el tallado, de ese tamaño y esa calidad. El que fuera un demonio lo hacía más personal, con más carácter. Me pareció que había que darle un nombre pero encontré que ya tenía uno, venía escrito en caracteres latinos en la caja, Nasib. Me pareció bonito y decidí conservarlo.

 Desde aquel día tuve el santo de cara. Las cosas ocurrían exactamente como yo deseaba. Entre mis amigos mi suerte fue motivo de chistes al principio, admiración después, luego inquietud. En los exámenes preguntaban sólo lo que yo había estudiado, las chicas se acercaban por docenas,  a pesar de que yo seguía siendo el mismo tímido al que antes calificaban de pelmazo, mis padres se decidieron y me compraron el coche…. Por otro lado cuando alguien me contrariaba o me hacía daño, tenía siempre motivos para lamentarlo. Ahora sé que desgraciadamente, yo fui un niño bonito de la vida desde que aquel juguete se decidió a tomarme bajo su protección.

Cuando Marina, mi novia del momento, empezó a mirar con miedo a Nasib, todo aquello me pareció idiota. Yo estudiaba Ingeniería y despreciaba las tinieblas de lo irracional, siempre defendí la luz, el pensamiento occidental, la lógica y la ciencia. Aquel muñeco era un pedazo de madera, muy tallado, que adornaba mi cuarto de estudio, nada más. Pero entonces ¿cómo explicar lo que le pasó al profesor que tuvo la temeridad de suspenderme? ¿lo de Marina cuándo me dejó por Antonio?. Cuando finalmente Antonio falleció creí que me volvía loco. Aquella tarde me senté frente a la marioneta y la miré hasta el fondo de sus ojos de sangre. Nada, nada. Madera lacada, no otra cosa.

 Ahora, tras veinte años, sé mucho más que entonces. Sé por ejemplo que Nasib quiere decir “Hado de la Fortuna”en indonesio. Sé también que estoy solo, no tengo pareja ni amigos ni familia,  nunca se sabe, alguna vez pueden fallarme, no estar a la altura de lo que yo quisiera. No tengo más que suerte, pero eso sí, una muy inquietante buena suerte. No es que yo acierte, pero nunca me equivoco, la vida se organiza según mi voluntad. No existen los errores, las derrotas, no hay alternativas, nunca elijo, tan sólo hay un camino y es el éxito. La idea de riesgo carece de sentido para mí. Casi como la idea de voluntad libre.

 Nasib sigue colgado, en el mismo sitio, el mismo clavo, adornando la pared del mismo cuarto, convertido ahora en despacho. En la penumbra, en silencio, en aquel aire viciado como el de una cripta, paso las horas, sabiendo a ciencia cierta quién de los dos es en realidad la marioneta. Algunas veces intenté escapar, venderla, perderla, regalarla incluso, pero me disuadió el destino de las personas que la recibieron, tras devolverla siempre.

 Hace unos días, sin embargo, intuí que todo podía cambiar por fin. Celebrábamos una fiesta en mi trabajo, mis primeros quince años en la empresa. Como regalo, no pude recibir uno más asombroso. Soy bastante reservado y de mi vida no tengo muchas cosas que contar; quizá por eso,  había descrito alguna vez a Nasib en la comida. A alguien se le ocurrió la idea: una marioneta indonesia ya que parecía que me gustaban. Y allí estaba, de la misma factura, igualmente elegante, el príncipe hermoso y noble que siempre derrota al malvado. De aspecto poderoso y fiero, con tocado de oro, vestido con una tela de batik azul y un gran bigote. Lo que más atrajo mi atención fueron sus ojos,  rasgados, grandes, profundamente negros, del color del carbón, llenos de lealtad y de valentía.  Cauto esta vez, pregunté por su nombre, “aquí en la caja pone Kermedekaan”, me contestaron. Busqué su traducción en Internet, era una hermosa palabra: “libertad”.  Lo colgué en un clavo parejo al de Nasib y dejé solos a los dos adversarios. No pudiendo soportar la angustia de la espera, salí a la calle a comer algo.

 A la vuelta, el despacho parecía haber sufrido una catástrofe. Papeles revueltos, jarrones y cuadros tirados por el suelo. Una ventana abierta, el temporal de lluvia o algún gato, habrían justificado todo aquello. Nasib también estaba caído; allí roto y desvencijado, recuperó su carácter de juguete.

 La casa, mi casa a partir de ese momento, pareció cambiar de luz, incluso había más aire. Me sentí feliz, y lleno de energía quise recuperar apresuradamente la vida que había visto pasar aquellos años. Telefoneé a una compañera de trabajo con la que había hablado alguna vez e hice planes para tomar café.

Al cerrar la puerta de la calle algo me inquietó. Sorprendido por una intuición, un pensamiento aún sin formular, volví sobre mis pasos, fui al despacho. Miré a Kermedekaan y allí estaba, intacto, colgado de su clavo. Ni el viento ni el gato ni un posible enemigo le habían hecho un rasguño. El tocado estaba en su sitio, y el bigote. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Sus ojos rojo sangre miraron hasta el fondo de los míos.

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Pilar Rubio

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