Nada más empezar – por ELENA SILVELA

Nada más empezar a construir la casa en su imaginación, la mente -esa suya tan, tan impertinente- se volvió algo más amigable. Era una terapia perfecta. Barata, limpia, asequible. Fácil.

Comenzó a dibujar el plano. Sin lápiz ni papel. La casa de una sola altura. El hall de entrada amplio y luminoso. La puerta de acceso era grande, de cuarterones de cristal. El salón estaba de frente, con forma cuadrada, y daba a un frondoso jardín a través del ventanal, de pared a pared. Una gran librería con chimenea a un lado, al otro una inmensa pared de color distinto al resto. Más oscuro, probablemente.

Al comedor se podía acceder por la derecha de la entrada. Amplio y en rectángulo. Presidido al frente por dos aparadores idénticos, suficientes para albergar bien visible y ordenada la vajilla de la abuela, la de escenas campestres de colores vivos. Esa que siempre estuvo escondida en el fondo de un cuarto de armarios. La vajilla más bonita que jamás había visto.

A la cocina se llegaba desde el mismo comedor a través de un pequeño distribuidor. Era de dimensiones muy importantes. Dotada de techo a suelo con grandes armarios de cuarterones de cristal, exactamente como los de la puerta de entrada. Cualquier objeto podía verse a través de ellos. Desde las copas de vino hasta las cacerolas y sartenes. Todo perfecto y a la vista. Ordenado.

De la cocina salía un pasillo, muy ancho, con grandes armarios a cada lado, pulcramente lacados en blanco. Sábanas, toallas y manteles se disponían alineadas en las distintas baldas. Los letreros pegados al borde de cada una de éstas no daban lugar a equívocos. «Cuarto principal», «Dormitorio hija», «Dormitorio Pedrito, «Manteles comedor», «Manteles diario cocina», etc.

El pasillo terminaba en otro pequeño distribuidor sorprendentemente luminoso. El techo, de cristal también, dejaba ver las copas de los árboles del jardín. Álamos, nogales y acacias…

Respiró un momento. Sus pensamientos, revolucionados minutos antes, ya deambulaban más quedos. La angustia había disminuido considerablemente. Volvió la mirada hacia la pantalla del ordenador. El informe seguía ahí, impertérrito. Leyó los cuatro párrafos que había comenzado a redactar antes del incidente. Deslabazados, inconexos, llenos de palabras desencadenadas. Puso las manos en el teclado, sonrió y comenzó a escribir con apremio. Con la calma siempre llegaba la inspiración.

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Elena Silvela

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