Naciente – por JAVIER PECES

Alertan quienes me quieren bien. Recuerdo aquel comentario certero, propio de alguien que ama sin medida: “¿Es que se puede querer de otro modo?”. Repaso mis últimas horas contigo, buscando un defecto -de forma o de fondo- en mi comportamiento. Quiero saber si es cierto lo que dicen: Te has ido en busca del sol naciente. Necesito estar seguro de que no es mi culpa.

Queda atrás casi todo. El puñado de billetes que he podido reunir a toda prisa, el pasaporte por si tengo que escapar de las garras del tal Schengen, una botella de agua que había en la nevera. Salgo en tu busca. Devoro los kilómetros con la esperanza de encontrarte. Paro en cada cruce de caminos y muestro tu foto. Nadie da razón de tu existencia. Ningún camarero -de esos que me han visto en la tele o en el cine- tiene noticia alguna de tu paso.

Cruzo los grandes ríos de Europa y me encuentro fugazmente con el grueso camionero de los Montes Urales. Me abraza emocionado. Nunca supuso tanta felicidad y tan poco negocio. En las heladas estepas siberianas todavía hay gente que recuerda mis andanzas. Los viejos amigos nunca mueren. Quieren que lo celebremos a su manera, bebiendo vodka hasta la puesta del sol. Decepciono a la concurrencia porque ya no me atraen las aguas ardientes que nublan el intelecto, exaltan la amistad y ofenden a la autoridad.

Oriente me saluda a pesar de mi aspecto andrajoso. Mi vestimenta se  destrozó hace mucho tiempo, mis zapatos ya no protegen mis pies y mi cartera está tan vacía que sólo la caridad y las antiguas amistades me mantienen con vida. No me importa. Necesito volver a sentir tus caricias. El mundo no es tan grande como para impedirlo. He llegado al confín de los continentes. Ni rastro de tu sonrisa. Y todo el mundo sabe que es de las que no se olvidan.

Vuelvo a casa. Recorro el camino desesperanzado. Mis zapatos nuevos, regalo de viejos amigos, vuelven a hacerse trizas por efecto de la distancia. Mis ropas ya no recuerdan a un mendigo sino a alguien peor. El circunspecto policía -que separa el mundo salvaje del civilizado- no tiene más remedio que dejarme entrar. Otros no tuvieron la suerte de nacer de este lado de la valla. Últimos kilómetros. Estoy en casa.

El mar. La arena. El rítmico murmullo de las olas. La charla amigable del chiringuito. Y, sorpresa. Tú. Era este sol naciente y no aquel. Necio viajante de los miles de millas, de las azafatas que te llaman por tu nombre en los aeropuertos, de las noches solitarias, los encuentros casuales y los amores que vienen y van. Vueltas al mundo para, al final, encontrar la verdad, la vida y el amor en el profundo sur, al lado de casa.

Un brindis por La Caleta.

 

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Javier Peces

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