Muerto de risa

—He matado a mi marido —y se sentó frente a la psiquiatra.

Ésta la miró impávida. Ningún paciente que hubiera dado ella de alta tuvo jamás que volver; nunca jamás. No se dejaría arredrar por noticia tan melodramática.

—Ajá… ¿Y cómo llegó a la conclusión de que quitarlo de en medio era la mejor salida? —tanteó—. Por ejemplo, podría haber esperado a la sentencia de divorcio. O podría haberse matado usted… ¿Por qué liquidarlo a él?

Sacó la ficha de la Valdés. Bajo el letrero en rojo que decía “Dada de alta ¡¡por fin1!” escribió en negro: “16 mayo 2014 – Ha matado a su ex”.

—Era un mal hombre y para eso no hay remedio. Todo su pasado fue un error y su presente iba a ser peor todavía —su voz era firme y cogió carrerilla—. Yo creí que después de darme usted el alta nada más pasaría. Pero resulta que sigo pensando. Y actuando. No lo puedo remediar.

¿Había cierto tonillo de reproche en su voz?. La psiquiatra decidió contraatacar.

—¡Pero si se estaba divorciando!. ¿Cómo ha podido cometer una torpeza así? ¿No podía esperar un  poco más, firmar los papeles del reparto y aquí paz y después gloria? ¿Se da usted cuenta de que, justo cuando su libertad estaba a dos pasos, se ha condenado a una vida de reclusión, exclusión y corderismo en alguna cárcel perdida de La Mancha?

La doctora estaba escandalizada. La poca inteligencia de algunos humanos aún la sorprendía, pero había veces que ésta rayaba en la locura.

—No, sinceramente. Pero, tranquila, ha sido el crimen perfecto.

—Bueno, bueno, pues cuénteme cómo ha sido el crimen, además de perfecto.

—Lo he matado de risa siguiendo la técnica de mi madre —la Valdés se sonrojó mientras hablaba.

Mi madre siempre me despedía por la noche con cosquillas y arrumacos. Se tumbaba a mi lado, encima de la colcha, y yo hacía como que me molestaba; era la forma de asegurarme sus juegos de arrumacos y cosquillas.

La doctora no veía la relación pero la animó con un gesto, decidida a saber los escabrosos detalles.

—Siga, siga…

 

En más de una ocasión las cosquillas se le iban a mi madre de las manos y me llevaban a un punto límite entre la risa descontrolada y la falta de respiración. Había veces en que pensaba que si mi madre seguía haciéndome reír con sus dedos moviéndose rápidos por las plantas de mis pies o de mi tripa, no podría resistirlo y me moriría. Me moriría literalmente de risa. Intentaba darme la vuelta en la cama, pero sus manos volvían a la carga una y otra vez.

Suspiró cansina, miró al techo y luego continuó:

—Antes de acabar un ataque de risa histérica y desesperada empezaba otro, multiplicando por mil la certeza de que no podría resistirlo. Es ridículo morirse de risa, no puede ser, me tranquilizaba a mí misma. Y de inmediato mi madre atacaba otra parte de mi cuerpo mientras las dos reíamos y reíamos cada vez más alto. Al final, yo me rendía y gritaba la contraseña de alto el fuego. Pero ella no cejaba…

La psiquiatra miraba a la paciente con algo de pasmo y mucho interés; y luego tomaba notas rápidas.

 

Luego, de pronto, mi madre sentía piedad de mí y paraba de golpe —prosiguió la Valdés—. Me quedaba con una sensación de alivio repentino y de vacío tan fuerte que dejaba de respirar por la sorpresa. La sensación seguía ahí, sostenida en el tiempo, pero la causa ya no estaba. Mi risa se apagaba de golpe dejando paso a lágrimas de alivio agradecido y durante unos segundos jadeaba sin control. Resoplaba agitada y le decía: ¡Nunca dejaré que vuelvas a hacerme cosquillas, nunca más!. Y ella:  Sí, sí, me dejarás otra vez mañana, y mañana, y mañana, y un día me acusarán de haber matado a mi propia hija de risa. Y me perseguirán para meterme en la cárcel por asesina sofisticada. Y se iba sonriendo mientras se ponía de nuevo los zapatos. Un día, al salir de mi cuarto, se volvió sonriente y me guiñó un ojo: Pero no me cogerán porque es el crimen perfecto, nena.

—Pero ¡qué recuerdo tan extraordinario, señora Valdés! —la psiquiatra escribía con frenesí.

—Y así lo he matado, doctora… Y no me arrepiento, no. Porque yo me he salido con la mía y él no ha sufrido, todo lo contrario. Después de matarlo me levanté de la cama y me fui. No quería mirar aunque me tentaba la idea. Me contuve con esfuerzo y recogí la camiseta y las bragas del suelo. Al llegar a la puerta, todavía desnuda, me calcé los zapatos de tacón; con ellos me siento más segura, ¿sabe? —ahora parecía no poder parar—… Y entonces sí; me volví y sí, sí miré. El gran Pepe Valdés yacía en su cama sonriente, con el cuerpo algo desmadejado como se te queda después de haber pasado un muy buen rato… ¿Quién podrá jamás imaginar que lo había matado de risa su ex mujer?

Frases como “¡qué idea tan genial!”, “inteligencia superior admirable”, “mujer sorprendente”, “¿personalidad  múltiple o falta absoluta de control?”, “me encanta; nunca deja a su cerebro que filtre su genialidad subconsciente”, “libertad absoluta sin límites” y “¡qué mujer!” escritas en negro llenaban líneas y líneas de la ficha médica.

—¿Él no gritó en ningún momento la contraseña de alto el fuego? —preguntó a su paciente.

—Pues… es que nunca se la di; en realidad nunca hizo falta  Siempre acabábamos haciendo el amor mucho antes de que hiciera falta ningún alto el fuego… —un encantador sonrojo adornaba sus mejillas—. Haberle proporcionado un buen rato me ha complacido enormemente, ¿sabe?

—Señora Valdés, con su delicada técnica de asesinato ha demostrado usted una gran generosidad compasiva, cualidad que, por lo general, no acompaña al tipo de inteligencia preclara que a usted la adorna. La felicito sinceramente.

—Gracias —sonrió tímida la paciente.

.

—¿Algo más? —preguntó la doctora.

—Sí: mientras salía taconeando de ese dormitorio tuve la revelación de que me había curado. No creí, pensé o esperé haberme curado. Lo supe. Es una certeza —y salió de la consulta.

Claro, pensó en éxtasis la psiquiatra, ¡esa es la clave de la curación de los pacientes! Dejarse ir, dejarse guiar por los pensamientos y los impulsos más puros, sin filtros ni cortapisas, sin pensar en el futuro ni en las consecuencias; vivir el presente de forma absoluta, ¡el verdadero ahora!… ¡Qué tonta!. ¿Cómo no lo había descubierto antes?

Cosquillas

Rosa H. Mula

Rosa H. Mula Ha publicado 33 entradas.

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