Muerte y nacimiento – por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #EspañaenRetales #CatalinadeAragón

Y en el horizonte, Francia. La rivalidad anglo-francesa crecía al mismo ritmo que las ansias de Enrique VIII por ir a la guerra. España sería su aliado, su suegro así se lo había hecho saber. Aquitania, el objetivo. El engaño flotaba en el aire, el rey Católico, una vez más, fue en pos de sus intereses, la conquista de Navarra. Enrique VIII, traicionado y humillado. Catalina, decepcionada de nuevo, eligió; reina de Inglaterra por encima de hija de España.

Enrique emprendía una campaña bélica en Francia. Ella se preparaba para enfrentarse a Escocia. Interesada en la logística de las batallas, como su madre, se lanzó en cuerpo y alma en defensa de Inglaterra. El ejército de Jacobo IV fue derrotado, él cayó en la batalla, la matanza fue devastadora. Y la figura de Catalina crecía, aunque lo español no estuviese bien visto por aquellos lares. Ella había defendido a su ahora patria con inteligencia y tesón. Todo era poco.

Y su dicha se colmó con un nuevo embarazo. Embarazo malogrado que dio como fruto un bebé muerto. Se evaporaba de nuevo el heredero, Catalina se replegaba en sí misma, aún no había alcanzado sus propósitos vitales; unir España e Inglaterra y dar un heredero.

Las relaciones entre su marido y su padre descendían por una pendiente resbaladiza en la que ella era el asidero; uno y otro tiraban hacia lados opuestos, uno y otro presionaban a Catalina en direcciones contrapuestas, líneas paralelas que nunca se cruzan. Lo que la reina tenía que enlazar se antojaba misión imposible.

El fallecimiento de su padre coincidió casi en el tiempo con el nacimiento de una nueva hija, María, heredera a la corona. Se respiraba concordia y armonía en el matrimonio, Catalina aún influía en su marido, aunque los intereses políticos se mezclaban en una tela de araña cada vez más tupida que no dejaba espacio al más mínimo resbalón; en caso de una caída, podría resultar mortal. El camino, lleno de piedras afiladas, exigía muchas veces dar rodeos buscando las vías más llanas.

Pericia, tesón, voluntad y cabeza se unían en un recorrido peligroso.

 

Enrique VIII, a los 18 años. Anónimo

Lola Sánchez Lázaro

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