Muerte de Felipe el Hermoso, por LOLA SÁNCHEZ LÁZARO #EspañaenRetales

El féretro con el cadáver insepulto de Felipe I abandonó la cartuja de Miraflores tirado por cuatro frisones para recorrer los campos de la vieja Castilla hacia Granada,  lugar elegido por él para su eterno descanso.  Campos azotados por el invierno de la meseta, noches gélidas, almas perplejas, rostros asustados y agotados, iluminados por la luz desprendida por los hachones  de los guardas que pintaba en la comitiva muecas escabrosas. Noches sin fin arrastrando a un séquito que seguía a su reina, deambulando por caminos sembrados de hielo.

Juana la Loca, así la llamaron, envuelta en paños negros, en avanzado estado de gestación de la que sería su bastión, rebobinó hasta aquel día en el que su marido aun respiraba. Sentada a su lado,  le atendió solícita, alerta ante cualquier  movimiento, por leve que fuese. Su gran amor caminaba hacia el no retorno, la vida se le escapaba por rendijas minúsculas, imposible repararlas ya.

Días y noches  pendiente de su esposo.

Días y noches en guardia bajo el acecho de la sombra de la muerte.

Días y noches sin lágrimas, ya gastadas todas.

Fernando el Católico y Felipe el Hermoso, suegro y yerno, enconados rivales, nadaban por las aguas de la ambición; el poder era su bandera, Juana su títere; la muerte de éste, la oportunidad de aquel.

¿Fue veneno lo que interrumpió su paso por este mundo?, ¿quizás la peste se ensañó sólo con él?, ¿un vulgar corte de digestión?

La sombra de la duda alargó sus tentáculos, la leyenda acababa de comenzar.

 

España retales 3 Doña Juana la Loca. F. Pradillo y Ortiz, 1877. Museo del Prado
Doña Juana la Loca. F. Pradillo y Ortiz, 1877. Museo del Prado

Lola Sánchez Lázaro

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