Mucho más que Superman.- Los afranquistas ignorados – por PATRICIA MARTÍNEZ DE VICENTE

Elisabet acaba de cumplir 12 años y es una alumna inteligente y aplicada que atiende puntualmente a sus clases de inglés en mi casa una vez por semana. Entre conjunciones y verbos con respeto y atención, ella, de tanto en tanto, me pregunta por mis publicaciones, mis libros, o cuantas novelas he escrito ya, con el interés de un biógrafo novato que recopila noticias en una agenda mental que aún no sabe cuándo sacará a relucir, O si lo hará algún día. Correspondiendo a su solicitud y a esa deliciosa curiosidad de adolescente en la que voy apreciando en los últimos dos años cómo madura su seguimiento tenaz por mi endeble carrera literaria, a cambio, yo también, entre clase y clase, le pongo al día sobre la evolución de esas publicaciones que tanto parecen interesarle a Elisabet. Pero sobre todo, porque creo que es bueno como parte de su educación, a veces le comento detalles sobre las experiencias de mi padre con el Servicio Secreto Británico durante la II Guerra Mundial en España. Sucesos y anécdotas familiares que no suelo divulgar y que Elisabet escucha con un interés que va procesando y reteniendo a su manera. Sin embargo, nunca la había visto tan entusiasmada como la semana pasada cuando, por fin, le confirmé que me habían ofrecido hacer una película sobre esta secreta e ignorada participación humanitaria de mi padre con el MI6 basada en mis dos novelas: “Embassy y la Inteligencia de Mambrú” (Velecío, Madrid 2003) y “La clave Embassy” (La Esfera de los Libros, Madrid 2010).

– Es que tu padre es mucho más que Superman.

– ¿Tú crees?

– Pues claro. Él ha salvado a cientos de personas y Superman sólo lo hacía de uno en uno, – fue la sorprendente referencia comparativa de Elisabet.

Orígenes Gallegos, Educación Británica:

Desde luego que el Dr. Eduardo Martínez Alonso no tenía nada que ver con Superman. A pesar de la conmoción de mi alumna por unas hazañas humanitarias, según ella comparables con las del héroe infantil, mi padre sencillamente fue un médico real, nacido en Galicia y educado desde los 8 años entre Glasgow, (Escocia) y Liverpool, a donde fue destinado su padre como Cónsul General en 1912. Quien estudió medicina a caballo entre esa universidad británica y el Hospital de San Carlos en Madrid. Un hombre que eligió comprometerse voluntariamente en una experiencia singular humanitaria durante la post guerra española de los años 1940 y de la que se ha tardado 60 años en saber en su totalidad. Utilizando su buena fe, arrojo y habilidades profesionales como armas para salvar vidas, frente a quienes utilizaban las auténticas para matar indiscriminadamente, durante su colaboración clandestina con el M16 el Dr. Martínez Alonso utilizó, además, su casa familiar gallega para cobijar junto a su madre y hermanos a los refugiados polacos, judíos y gentiles, huidos de la barbarie nazi. O refugiados en su piso de soltero en el centro de Madrid para atenderlos médicamente entre 1940-42. Algo que pasó aún más desapercibido en la posteridad que sus logros profesionales. Sólo algunos – y no todos – de los que quedamos de su entorno más próximo recuerdan a los cuarenta años de su muerte, su prestigio como médico puesto que fue uno de los primeros cirujanos torácicos españoles que operó cáncer de pulmón en su país, desde 1946. Y es que mi padre nunca quiso destacar que había salvado quizá muchas más vidas en la clandestinidad de la II Guerra Mundial, que en los quirófanos durante la paz.

Los Primeros Vestigios de la Cooperación:

La discreción que le caracterizaba sobre sus correrías bélicas se prolongó a su muerte y solo fue gracias a la casualidad de haber encontrado su diario de 1942, quince años después de que mi padre muriera, que pude comenzar a tirar del hilo de esta historia. Una labor valerosa y admirable, no obstante, imposible de redondear sin el testimonio directo que mi madre, Ramona de Vicente Núñez, también viguesa, accedió a detallarme, siendo ya octogenaria, al coincidir con su noviazgo gallego, y que yo escuché desde una nueva y desconocida perspectiva como hija. Partir desde su vida de pareja en esta arriesgada experiencia con Lalo (como se le llamaba familiarmente) en plena depresión social y económica del comienzo de la  dictadura franquista, cuando Europa sufría los horrores de una guerra que se prolongarían cinco años más, me permitió reconstruir unas proezas nunca consideradas como tal por sus protagonistas y que se convirtieron en mi primera novela:“Embassy y la Inteligencia de Mambrú”. El testimonio verbal materno que se amplía y confirma documentado oficialmente, en “La clave Embassy”, tras la desclasificación en el año 2005 del archivo secreto a nombre de Eduardo Martínez Alonso, (22666/A), conservado todos estos años en Londres hasta hacerse público en el Public  Records Office.                     

De la entrañable y divertida colaboración entre madre e hija, diario en mano, salieron a relucir las asombrosas e ignoradas vivencias de amor y guerra de mis padres entre Vigo, Madrid, Lisboa y Londres años antes de que yo naciera. No obstante, al ir escribiendo, también presento retazos infantiles cogidos al vuelo de las conversaciones entre amigos y antiguos colaboradores del Servicio Secreto Británico (sin saber que lo habían sido) cuando nos visitaban en Madrid, hacia los años 1950. Personajes reales que ignoraban cómo me pasaban una información privilegiada que al cabo del tiempo utilicé para formar el entramado que he ido plasmando en un serio trabajo de investigación de 13 años ya. Lo que me ha permitido contrastar los enrevesados hechos reales con los sencillos relatos familiares frente a las escasas publicaciones existentes. Detalles hoy históricos que fui procesando inocentemente entonces y que fueron marcando las pautas políticas y humanitarias que mi padre había compartido durante la II GM con muchas de aquellas visitas que rondaron por nuestro piso madrileño hasta que él murió en 1972.

Proyectos Bélicos en España de Alto Secreto Británico:

Por su interés personal en cuestiones de Inteligencia en su larga trayectoria política, Winston Churchill, recién nombrado Primer Ministro en 1940 y ya en pleno enfrentamiento contra Alemania, entiende la importancia de activar éste crucial sector de su gobierno, renqueante aún desde la I Guerra Mundial. Muchos de los cargos más relevantes de las oficinas de Whitehall, central del Servicio de Inteligencia Secreta en Londres, así como los responsables en las principales embajadas británicas al estallar la IIGM, estaban aún en manos de antiguos héroes de la guerra de 1918, encasillados en unos métodos obsoletos y difíciles de adaptar a las nuevas necesidades. Urgía por tanto la readaptación que el Primer Ministro pone sin dudar en manos de Sir Steward Menzies, quien no tarda en transformar el tradicional SIS (Secret Intelligence Service) en un renovado MI6 con el que ha pasado a la posteridad por sus actividades en el exterior, ligadas al MI5 interno. Es decir, el Servicio de Seguridad y los derivados expresamente creados para la ocasión como el MI9, MI21, o el SOE (Special Operations Executive). Todo ello durante un enfrentamiento contra Hitler en el que para Winston Churchill sus afinidades ideológicas con el general Franco pueden ir peligrosamente emparejadas al peor desenlace de la II Guerra Mundial si Franco decide unirse al III Reich en contra de los aliados. Winston Churchill  deberá tomar medidas drásticas para evitarlo y sobre todo, preservar la neutralidad española a toda costa.

Sin abandonar los antiguos enclaves neutrales de Lisboa y Berna como referentes de la Inteligencia Secreta, insospechadamente a partir de 1939, Madrid, por su singular circunstancia política y geográfica al ser el eje de donde confluyen Gibraltar, Portugal y Tánger, cobra una inusual importancia como centro de operaciones externas para múltiples proyectos bélicos aliados. Entre los que se incluirá el secreto desvío de la ayuda humanitaria a los perseguidos del nazismo, y a los militares que deben huir de los territorios ocupados, la gran mayoría indocumentados. Sin olvidar las desbandadas de judíos, particularmente polacos, checos, austriacos y alemanes que fue aumentando a lo largo de la guerra. Tan significativo resulta el sostén de un adecuado Servicio Secreto enfocado a salvaguardar la periferia de los planes bélicos aliados, que Winston Churchill nombra embajador en Madrid a Sir Samuel Hoare. Un veterano Secretario del Home Office, tres veces ministro, pero sobre todo, un profesional que había compatibilizado un estratégico puesto diplomático en Rusia con el Servicio de Inteligencia. Lo que muestra el interés británico por situar a un cargo político de una experiencia profesional desproporcionada en la España neutral. Pero ese era precisamente su principal cometido: mantener a Franco lejos de Hitler y evitar a toda costa que España se involucrara en la IIGM. Curiosamente, será el ya ex embajador Hoare en 1946 quien en su “Ambassador on Special Mission”, (Collins, London) apenas soslaye la solidaridad aliada y las delicadas pero cruciales aventuras humanitarias que compartió mi padre con un puñado de intrépidos diplomáticos junto a unos pocos anglo-españoles estrechamente ligados a la embajada en Madrid, Aún cuando Hoare reconoce el salvamento oficioso de 30.000 refugiados via España durante su estancia. Que en realidad para 1945 rozaron los 300.000, como hemos podido comprobar al desclasificarse los documentos en 2005.

Como responsable de la Inteligencia Británica igualmente desde 1940, compaginado con su cargo oficial de Agregado Naval, el capitán Alan Hillgarth enseguida comprendió la importancia de contar con el refuerzo humano local adecuado para llevar a cabo los audaces proyectos diseñados por los expertos recién nombrados por Winston Churchill en España. Cosa que es imprescindible ocultar al gobierno español por sus simpatías por el III Reich. Según el historiador Nigel West, esta es la razón por la que Hillgarth reclama la presencia de su hijastro, David Babington-Smith, para encabezar el SOE (Special Operations Executive) y quien junto a Michael Creswell, encargado del MI9 (Escape & Evasion Service) y Alan Lubbock, en su doble papel oficial y secreto en la Agregaduría Militar, formaron la base directiva de éstas operaciones humanitarias británicas en España entre 1940-45. El Dr. Eduardo Martínez Alonso, médico de la misma embajada y de Cruz Roja Española, se convierte en un apoyo local de inestimable ayuda solidaria como principal cometido de este singular grupo diplomático.

Freedom of Information Act. Se Desclasifican los Documentos Secretos:

A partir del año 2005, sin embargo y mucho después de desaparecidos todos ellos, se puede confirmar, – por lo que mi padre describió en su archivo personal al MI5 ya en Londres en febrero de 1942, – que él se implicó voluntariamente en las tareas de salvamento el mismo día que Inglaterra declara la guerra a Alemania, el 3 de septiembre de 1939. Cuando se presentó en la embajada de Fernando el Santo, 16 ante el Brigadier Torr dispuesto a marchar a cualquier frente a prestar sus servicios médicos. Como ya había hecho hasta pocos meses antes durante la Guerra Civil Española con un equipo de Cruz Roja, extrañamente sin tomar partido por ningún bando. Pero Torr, convencida personalmente que, a su vez, estaba influenciado por el capitán Alan Hillgarth por su cargo con el Servicio Secreto en Madrid, convence al doctor de que él era mucho más necesario en casa que fuera. Dada la información que venía recibiendo el SIS (Secret Intelligence Service) desde muy atrás sobre las torturas, asesinatos indiscriminados, desapariciones y sufrimientos causados a los judíos por el radical antisemitismo nazi, los aliados proyectaban paliarlo desviándolos hacia los países neutrales, como Suecia o Suiza, entre los que la salida española al Atlántico, a Gibraltar, o al también neutral Portugal, eran importantes escapatorias entre las múltiples rutas clandestinas. Como fueron la Comet, Amsterdam, Gimson o BAAG originadas desde distintos lugares del corazón de Europa.

El campo de concentración de Miranda de Ebro, en la provincia de Burgos, que el 3 de septiembre de 1939 todavía retenía a cientos de prisioneros de la Guerra Civil Española, no tardó en llenarse de los apátridas y refugiados indocumentados europeos capturados por las autoridades españolas al tratar de traspasar los Pirineos. Sin informar de sus planes humanitarios al gobierno franquista, claramente pro-Eje, los diplomáticos británicos auspiciados por el MI5 en Londres, comienzan a evacuar a los prisioneros por los medios más inverosímiles. Pero tal fue la avalancha de prófugos hacia España – la Cruz Roja Británica calcula unos 100 diarios al principio, que se incrementan a 200 con la clausura de las fronteras francesas a partir del 42 – que obligó a las autoridades españolas a recluirlos en 23 penales, según cita el mismo informe de la Cruz Roja Británica publicado en 1949. De los que salían semanalmente del país unos 500. Pero Miranda de Ebro siempre se ha considerado el campo de mayor concentración de fugitivos extranjeros y en particular para los apátridas o judíos indocumentados que recalaban en España.

No es mi cometido describir aquí otros logros políticos y diplomáticos del equipo centralizado en la embajada de Madrid, y que sin duda los hubo, sino confirmar ya avanzado el siglo XXI, tras descubrirse los documentos oficiales británicos, sus logros humanitarios. Como resalta el Embajador Hoare en el capítulo 22 de sus memorias publicadas en 1946:“logramos liberar a todos los prisioneros británicos escapados vía España, además de miles de aliados. Ninguno de ellos fue entregado a los alemanes.”, aunque omita describir los métodos de evacuación utilizados, ni los nombres del escueto equipo humano que lo hicieron posible, manteniendo el secreto de por vida.  De cualquier manera, estas noticias estaban proyectadas a permanecer oculto durante 75 años más – que no se cumplieron para nuestra suerte – y en el año 1946 era imposible detallar ciertos acontecimientos. Aunque el embajador no puede negar que bajo su jurisdicción:

Una responsabilidad que debería recaer en la Cruz Roja, u otras asociaciones humanitarias de los gobiernos aliados. Pero las condiciones particulares en las que tuvimos que operar lo hicieron imposible.” Puesto que, “los gobiernos de los Países Bajos, Holanda, Bélgica, Yugoslavia, Grecia, Polonia, Checoslovaquia y parte de Francia – exceptuando Vichy – no estaban reconocidos por el gobierno español, tuvimos que ocuparnos de todo ellos… Aunque (en principio) sólo debíamos responsabilizarnos de los refugiados británicos, hubo que ampliarlo a refugiados de todo tipo. Miles de anti-nazis alemanes y austriacos, particularmente judíos, llegaban sin que se les aceptara la nacionalidad. Nuestra batalla contra la Gestapo era interminable.”

La postura indeterminada, aparentemente indiferente, del gobierno franquista respecto a los refugiados de guerra de los Convenios de la Haya, es lo que obliga al embajador Hoare a aceptar esta rara clandestinidad a regañadientes para no obstruir otros proyectos políticos. Aunque sí estuviera ostensiblemente promocionada por el Primer Ministro británico a través del Agregado Naval, el capitán Hillgarth. El embajador reconoce en sus memorias que tanto impedimento interno para liberar a los presos aliados del campo de concentración en Miranda de Ebro, fue lo que les obligó a organizar las rutas de escape y salvamento alternativas por medios más expeditivos. Los excesivos trámites e impedimentos hasta culminar las aprobaciones oficiales con el fin de liberar a los presos dependían de un complejo entramado de ministerios y autorizaciones gubernamentales españolas, – a las que la Gestapo tenia fácil acceso – . De donde derivará la directa y particular intervención de mi padre. Una labor difícil, delicada y compleja que rozaba la legalidad para un español civil, y que recayó sobre el “comando de resistencia” informal del breve equipo al que perteneció mi padre. Exclusivamente creado por una acuciante necesidad humana y que funcionó estupendamente gracias a la colaboración amistosa y desinteresada entre unos amigos a los que les unía un mismo sentido de la responsabilidad compasivo, ajeno a cualquier otra conexión ideológica, política o religiosa determinada. Aunque sí a una condición social similar y lógica identificación con la causa aliada. Sin dudar, el mayor logro profesional del Agregado Naval Alan Hillgarth y su equipo en España durante la IIGM.

Un Miembro del SOE Comprometido y Condecorado Internacionalmente:

Con el restringido apoyo de diversos cooperantes de la embajada en Madrid  – incluidos los chóferes y secretarias – y la muy estimable colaboración de los 22 cónsules británicos repartidos por todo el país, junto a David Babington-Smith, (SOE), Michael Creswell, responsable del MI9 (Escape & Evasion Service), David Thompson, encargado de la oficina de pasaportes, mi padre actúa como médico de la embajada en estas labores extra oficiales. Quienes utilizaron los coches con matrícula diplomática, o cualquier excusas inventada, en el caso de mi padre como médico español, – incluido el de firmar falsos certificados de defunción para cortar la persecución de los más perseguidos por la Gestapo – hasta liberar a unos fugitivos injustamente retenidos y maltratados como prisioneros de una guerra en la que España no participaba. Y no sólo eso, sino que como muestran numerosos documentos desclasificados bajo el epígrafe HS9/26 en el Public Records Office de Londres, ahora sabemos que el Dr. Eduardo Martínez Alonso fue el organizador de la ruta “Miranda de Ebro-Vigo-Valença do Miño”. A través de la cual se logran rescatar a cientos de polacos gentiles y judíos de su injusta detención española. Una de las primeras salidas clandestinas hacia Portugal, via Galicia cada fin se semana entre 1940-42. Una labor indudablemente temeraria y que podría haberle costado la vida a más de uno. Y por si esto no fuera suficiente, en mitad de estas operaciones, mis padres tuvieron que huir de Madrid dos semanas después de su boda, perseguidos por la misma Gestapo contra la que ellos cubrían a sus protegidos en territorio nacional. Y aclaro: no perseguidos por el gobierno franquista que nunca inculpó de nada a mi padre, ni entonces ni nunca. En España nadie lo denunció por su voluntaria (aunque muy secreta) cooperación pro-aliada, o de espionaje, como se llegó a rumorear en Vigo cuando se casó con mi madre en enero de 1942. En definitiva, las actividades secretas de Eduardo Martínez Alonso claramente expuestas en los documentos de Londres, no aparecen en ningún archivo policial o militar español de los que hasta ahora he tenido noticia. Pero aun hubo más. Ya establecido el matrimonio en Inglaterra tras unas considerables peripecias propias entre España, Portugal e Inglaterra, el Dr. Martínez Alonso se responsabilizará – entro otras labores humanitarias – y desde las mismas oficinas que dirigían sus operaciones clandestinas en España, de continuar supervisando las rutas de evacuación a Portugal a lo largo del rio Miño que él mismo había comenzado a organizar en 1940. Cosa que mi madre nunca me mencionó durante nuestras divertidas charlas, o quizá tampoco lo supo mientras lo hacía desde Londres.

Además de la Cruz de Oro Polaca al Mérito por las vidas de los polacos que se salvaron a través de éstas arriesgadas aventuras, el “King George Medal for Courage” británico concedidos cuando todo había terminado, confirman el reconocimiento aliado a mi padre por unos méritos civiles de una enorme audacia. Y como atinadamente clasificó mi alumna Elisabet, a la altura de las ficciones de Superman, pero sin que exista ningún certificado aclaratorio que acompañe el  motivo de las condecoraciones. Estas explicaciones las leí por primera vez cuando tuve los archivos en mi mano, ya desclasificados, en Londres en el 2006.

Por Amor al Prójimo, por Amor a la Vida; Por Solidaridad:

Al relatar lo que aquí cuento, con la perspectiva del tiempo que me permite reposar las ideas y considerar mejor el comportamiento de unos protagonistas desaparecidos hace años, sin embargo, creo que debo destacar que si en algo se caracterizaron mis padres y su familia gallega, como cómplices indirectos de estas labores clandestinas, fue por su solidaridad y la buena intención con que llevaron adelante los planes sugeridos por Lalo. Cuando la familia ignoraba a quienes ocultaban en su casa y lo comprometida que era esta colaboración. Ni tampoco a quienes protegían realmente, mientras la guardesa preparaba las camas, o la comida de unos hombres que aparecían “cheos de fome” (llenos de hambre), a su paso por Redondela horas antes de su liberación portuguesa. Unos parientes que viven aún en Galicia me comentaron que mi abuela Guillermina, dentro de una dudosa ignorancia, cuando compartía la mesa con ellos, solía decirle a su hijo: “hay que ver qué callados son estos amigos“. Puesto que al ser los refugiados polacos, por su aspecto físico fácilmente pasaban por ingleses, pero estaban instruidos a permanecer callados para no delatarse ni siquiera entre sus protectores.

Mi familia ofreció un cobijo desinteresado a unos desconocidos a los que no les hacían preguntas. No solo con la solidaridad reflejada en el lógico entusiasmo de enamorados de mis padres, o el incondicional cariño fraternal que se demostraban entre los once hermanos Martínez Alonso, sino que al ayudar desde su propia casa a escapar a Lucjan Sutkowski, Jerzy Lipinski, Maciej Radzicki, Sanuel Federman o Abraham Keitelman, como ejemplo de los 365 nombres de la lista publicada en “La clave Embassy”, pusieron en práctica su amor al prójimo, a la vida en general y a la humanidad en particular. Como queda patente 30 años después de muerto mi padre, cuando comencé a estudiarlas a fondo y por suerte, pude acabar de contarlas. Porque a la hora de la verdad, sin ese espíritu generoso, solidario, sostenido en un idealismo apolítico, sencillamente con el propósito de ayudar por el hecho de ayudar a los necesitados, éstas singulares proezas nunca se habrían llevado a cabo, y mucho menos culminado con el éxito que tuvieron.

Ahora puedo comprender mejor el comportamiento bélico de aquellos amigos que nos visitaban en Madrid cuando yo era niña, pues es precisamente esa perspectiva la que me ha ayudado a comprenderlos mejor. Así todo, en el caso concreto de mi padre, creo que sin el soporte emocional de su mujer y la de su hermano Guillermo, resguardando desde Vigo el delicado cargamento humano que ayudaban a pasar a Portugal, mi padre no habría reunido las fuerzas y el coraje suficiente para sacar del campo concentración de Miranda de Ebro a cientos de personas con múltiples trucos médicos. Por mucho valor, entendimiento entre compañeros y buena voluntad que tuvieran, dudo que sin este refuerzo emocional añadido, mi padre no haría podido superar la tensión emocional y el ritmo de actividad que le impusieron los salvamentos para organizar una de las primeras rutas de evacuación clandestinas españolas que culminaban otros tantos enlaces europeos de norte a sur, de oeste a este, para salvarles la vida a miles de  desconocidos.

Acuerdos Ocultos:

Al cabo del tiempo, también he averiguando que este vaivén de miles de personas a través de la Península Ibérica como un proyecto humanitario aliado, era la consecuencia de unos delicados y secretos acuerdos de intercambio políticos y económicos con el gobierno de Franco. Aquí medió el envío de medicamentos, vacunas y sobre todo, alimentos para España desde Londres, desde tan pronto como 1940. Acuerdos obviamente establecidos a espaldas del III Reich por la especial situación de la neutralidad franquista y de los que no se ha sabido al completo hasta que se han desclasificado los archivos oficiales en el año 2005. Unas actividades excesivamente arriesgadas por la persecución alemana que mi padre venía sufriendo entre Madrid y Vigo desde hacía al menos dos años, hasta verse obligados a huir al exilio recién casados. Pero como ya he indicado, no como un indeseable anti franquista – él mismo había rematado del lado “correcto” como médico en campaña para la Cruz Roja del lado nacional en el año 1939- sino como un idealista afranquista, liberal y conservador identificado con los británicos culturalmente por el ambiente en el que había crecido y no por identificación política. Lo que inevitablemente encendió la alarma de los representantes de la Gestapo merodeando por los ambientes aliados madrileños, como fue el salón de té “Embassy” en cuanto percibieron la naturalidad con la que este médico gallego entraba y salía de sus dependencias.

Tanta audacia puede resultar fascinante, pero a juzgar por los testimonios tardíos de mi madre y el perpetuo silencio de mi padre, los protagonistas no le dieron mayor importancia a su solidaria cooperación que la de coincidir con su boda gallega el 3 de enero de 1942, y un prolongado viaje de novios a Lisboa, enlazado con una estancia en Londres que no termina hasta 1946, cuando deciden regresar e instalarse definitivamente en Madrid donde vivimos hasta el final de sus días.

Nos queda claro que ni el Dr. Martínez Alonso jugó el papel de John Clark (Superman), ni su mujer el de Luisa Lane – creo recordar que se llamaba su novia – en estas aventuras reales. Sin embargo, nadie duda de que ambos contribuyeron positivamente en un juego humanitario valiente y audaz – mi madre llegó a clasificarlo de inconsciente – pues al poco de instalarse Londres en 1942 cobijados de la Gestapo en España, mis padres recibieron la siguiente nota del compañero encargado de recogerles su piso madrileño abandonado a toda prisa: “La Gestapo interrumpió en tu casa sin más aviso; se llevó a tu enfermera y la tuvieron incomunicada varios días, al no poder revelar nada que ellos no supieran la dejaron marchar, con un pánico enorme. Después, ella vino toda asustada a contármelo. Hemos descubierto que los nazis tenían una oficina frente a tu casa en Madrid (en Gurtubay 3) y quizá por eso estaban tan bien informados de tus pasos.” (Embassy, pag. 115)

 

Barcelona verano 2011

Patricia Martínez de Vicente es antropóloga social y escritora. Febrero, 2015. 

Patricia Martínez de Vicente

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