Mr. Holmes, por FERNANDO REVIRIEGO – #cine

 

Bill Condon, un todoterreno de la cinematografía, especialmente conocido por su saga Crepúsculo, nos sorprende ahora con una obra que nos relata los últimos días de Sherlock Holmes.

Un detective, ya anciano, que debe apuntarse en la manga de la camisa el nombre de cada interlocutor, -confiando que nadie le vea-, porque, si no, puede que no lo recuerde, como así le va sucediendo con tantas cosas que poco a poco va olvidando. Un Holmes que utilizará en esta ocasión su agenda no tanto para anotar datos de sospechosos sino para llenarla de puntos, como le aconsejó su médico para ver la evolución de su enfermedad, cada vez que no puede recordar alguna cosa; cada punto, una cosa olvidada.

Una película que destila una profunda melancolía, que nos agarra el estómago del principio al fin, pero que la par nos muestra una tremenda alegría de vivir y transmitir.

Y que transita sin solución de continuidad de la melancolía a la esperanza; a ese compartir sueños con un niño que se aferra a él, como el padre o abuelo que nunca tuvo. Y en donde el niño también va de un extremo al otro, de la admiración más absoluta por quien le muestra los secretos de la vida y las potencialidades de una vida que nunca antes se le mostró, a la ternura de quien se sabe auténtico sostén de los últimos momentos vitales del detective.

Mientras la ya frágil vida de Holmes se apaga como una bombilla que empieza a fundirse, aunque de vez en cuando muestra hermosos destellos, la vida del chico crece a la sombra del anciano, en otros tiempos genial investigador, que le abre vías de pensamiento y esperanzas de vida jamás imaginada para alguien que aparentemente tenía ya el destino marcado y limitado por su nacimiento.

Una magnífica película, con un soberbio Ian McKellen, nominado ya dos veces para los Oscar como mejor actor o actor de reparto y que, sin duda, podría obtener una tercera nominación por esta actuación; y que me evoca otra que recuerdo con mucho cariño, El joven Sherlok Holmes y el secreto de la Piramide, de hace justamente tres décadas, no tanto por la película en sí, -aunque lo cierto es que era de muy buena factura-, sino por la persona con quien fui, mi padre, siempre en mi recuerdo.

Melancolía se define como una tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente.

De eso hay mucho en la película sí, pero también de muchas otras cosas que nos recuerdan como dijo Benedetti, que, después de todo, la muerte, es sólo un síntoma
de que hubo vida, y que, ¿qué es el hombre sino una batalla?.. Una batalla en la que compaginar la aniquiladora idea de la muerte con un incontenible
afán de vida. Una batalla en la que acoplar el horror ante la nada que vendrá con la invasora alegría  del amor provisional y verdadero.. Una batalla en que la que desactivar la lápida con el sembradío y la guadaña con el clavel…esa batalla.

Y es que, aquí, no nos vamos a quedar nadie.

 

mr holmes

Fernando Reviriego

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