Moscas – por JAVIER PECES

La naturaleza se abre paso entre las rendijas del hormigón armado y acaban saliendo unas briznas de hierba en los recovecos. Es el recordatorio constante de la gran madre que nos parió: “No valéis un céntimo frente al leve susurrar de mi poderío”. Eso parece decirnos cada vez que desata la furia y se lleva por delante a quienes encuentra a su paso.

Suele llamar nuestra atención la espectacular potencia del elefante, la peligrosidad del rinoceronte o la destreza del cocodrilo en su medio líquido. Animales de gran tamaño que amenazan con su sola presencia. A la vez, pasan desapercibidas las verdaderas dueñas del ecosistema: En el subsuelo, las cucarachas. En el aire, las moscas.

Terminará nuestra civilización, y la que siga a esta, y la que siga a la siguiente. Se extinguirá nuestra raza y la que nos suceda. Quedará reducida a cenizas la obra majestuosa del ser humano, unos cuantos hierros retorcidos como vago recuerdo de nuestra presencia en el planeta. Pero las moscas, ay las moscas, seguirán dando por saco a todo aquel que tenga que apretar un tornillo en posición comprometida, empapado en sudor, un lunes de agosto a las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde.

Ya imaginan ustedes que el lugar de estos hechos no anda lejos de lo que antaño fue Tomelloso, y que el operario que jura en lenguas muertas -por culpa de las benditas moscas- es sucesor lejano de uno que fue expendedor de derivados del petróleo siglos atrás en ese mismo lugar.

En la historia de España, como en la de otros muchos países, se crearon las empresas y se logró prosperidad a base de ideas, trabajo y perseverancia. Lamentablemente, en el ámbito laboral de la piel de toro asoman las moscas, como por arte de magia, cada vez que un trabajador eficiente se pone a ello.

Unas, las moscas espía, buscan robar la idea, el proyecto o la solución. Lo que esté cociéndose. Si no pueden quedársela, intentan al menos apropiarse de una parte de la autoría y de la totalidad del mérito.

Otras, las moscas inmovilistas, pugnan por conseguir que la cosa no se lleve a cabo. Por aquello de seguir en la poltrona y que ningún avance de la ciencia perturbe su dulce vida contemplativa.

Las de más allá, conocidas como moscas peripatéticas, vienen sencillamente a cotillear, no sea que ocurra algo y nos pille lejos de la pomada. Importa poco lo que esté ocurriendo. Basta con hacer aspavientos, gritar de vez en cuando que “esto es intolerable” y moverse de acá para allá a gran velocidad.

Finalmente están las moscas tóxicas o venenosas, que reparten su carga letal entre los subordinados sin que el consejo de administración perciba la jugada. Expertas en manejos de planta noble, queman trabajadores para su propio beneficio con una maestría digna de mejor causa.

En fin, que aquí no hay quien trabaje con tantas moscas. Este país no avanza por varias razones, siendo una de ellas la expuesta. Demasiado improductivo haciendo labores de pasillo. Demasiado correr, ver y decir en lugar de darle al martinete. Demasiado especulador tomando con una mano y soltando con la otra.

Pero de las cucarachas ya hablaremos otro día, que el tema da para una disertación completa.

MOSCA

Javier Peces

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