Mis palabras – por ELENA SILVELA

Un desganado ademán, una mirada que parece la última. La luz del atardecer entra por la ventana, atraviesa el hueco que le permiten los estores medio plegados. Inunda una esquina de la habitación y cae justo encima del escritorio. El folio en blanco hace honor a su nombre, relumbrando. Nuestra escritora protagonista no ve ese brillo especial del sol sobre el blanco. Está sentada mirando una esquina cualquiera de la estancia. Abrazaría la depresión con ganas escondiéndose bajo el edredón que permanece arrugado sobre la cama, para cerrar los ojos al mundo y dejar de pensar. Pero no se lo permite. «Tonterías las justas.» Se amonesta. «Hasta que llegue una enfermedad que arrastre mis palabras a pozos oscuros, mi deber es ponerlas negro sobre blanco, letra a letra.» Piensa en describir algo alegre, visualmente colorido, donde abunden los rojos, verdes y amarillos. Una isla frondosa, siempre floreciente, en la que convivan todos los alimentos de la madre naturaleza. Imagina los cocoteros abrazados a los plataneros. Enormes moreras bordeando manzanos y perales. Inmensos nogales y pequeños cerezos. Las fresas brotando a millones. El olor inconfundible de la naturaleza cuando rebosa. Con gesto decidido, coge la pluma, la de la tinta verde oscuro, su preferida. Escribe.

Plasmaría un mundo idílico, si lo viera. Describiría un lugar de ensueño, si viniera a mi mente. Pero no hay espacio ahora para ello. Te dejo aquí mis palabras, las verdaderas, las que te dirán que venían de mi mismo yo. Las que unen mi corazón con el tuyo y se enredan en las tardes alrededor de esa chimenea que llamábamos hogar y que tantos días felices nos regaló. Prometo solemnemente compensarte con palabras bonitas y coloreadas tan pronto como mi ánimo me lo permita. Tú otro yo que te quiere. Siempre.

dos flores
Foto de CÉSAR BABÍO

Elena Silvela

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