Mi primo el escritor

Tengo un medio primo que es escritor, o eso dice; le gusta Gabriel Miró y entiende de todo. De versos libres, de la poda del rosal, de la oración del mal de ojo, del terremoto de Managua —de la marimba de chavalos de la Tirsa/ este tal Quincho se las gana a los demás/ con sus diez años no cumplidos todavía/ es hombre serio, como pocos en su edad—. También es perito en radiestesia y rabdomancia; capa cerdos y mira de asiento. Admira la épica deportiva y su ortografía es tan autodidacta y voluble como todo él. Los adverbios lo llevan por la calle de la amargura; cree a pies juntillas en la corrección automática de los tratamientos de texto, como otros creen en el higienismo y las lavativas. Es  su perdición.

Del alicantino le gustaba «El Obispo Leproso», o eso dice, incluso afirma que la cuidad de Olza es realmente Orihuela (su pueblo y el mío) con argumentos muy bien razonados. La pasión por don Gabriel le viene a raíz de que en su casa tuvieron unas «Obras Completas» editadas por los «Amigos de Gabriel Miró» en 1931. También poseían la Enciclopedia Espasa en la impresión del mismo año,  tenía 70 volúmenes en 72 tomos, ya que los volúmenes 18 y 28 ocupaban dos libros cada uno llamados primera parte y segunda parte. La citada obra venía con una estantería ad-hoc en madera de palosanto negro con columnas dóricas en la balda superior. Las obras del señor Miró y el diccionario, mueble incluido, salieron zumbado en el carro de «Juaninas» (compro hierro viejo, lana vieja de colchón, antigüedades…) cuando se acabaron los posibles, sólo les quedó la suscripción al “Ya”.

«Juaninas» era un buhonero que recorría las calles del pueblo con un carro y un borrico dando voces, se llamaba Celedonio Corral. Era nuestro chamarilero autóctono. También los domingos, en la calle de la Feria, ponía una especie de casino ambulante en el que el premio eran caramelos, el complejo de ocio se llamaba «Las Taratas», constaba de un carrillo pintado de verde que tenía una ruleta y una mesa de dados con números caligrafiados. Al tío Corral le instalaron una dentadura postiza una talla mayor y le chancleaba como cuando te pones unos zapatos grandes, distorsionándole la fonación. De cuando en cuando se engrasaba los piños con vino crudo.

Se me ha olvidado decir que mi pariente el escritor sabía que Fernán Caballero era el trasunto de Cecilia Böhl de Faber y lo dejaba caer en cualquier conversación, sobre todo cuando formaba parte de la parla algún conocimiento reciente. También he de decir, ya que no hay peor mentira que una verdad a medias, que no disfrutaba en absoluto emasculando gorrinos, no sea que se pueda confundir con algún personaje de mazurca (para dos muertos). Fue feliz cuando se pasó de la brutal y sangrienta técnica de la navaja capadora a la más moderna e higiénica de la goma elástica.

Mi primo el escritor afirma que el amor es una fuerza de la naturaleza y compone, con mucha rima y poco gusto, poemas interminables usando metáforas imposibles e irritantes. Usa muchas flores, palomas, naturaleza, etcétera. Todo lo escribe en redondillas; su métrica es tan voluble como la ortografía del primer párrafo y siempre se pasa un par de sílabas en cada verso por lo que usa metaplasmos —sobre todo la aféresis— a manos llenas. Constantemente pregunta por las rimas (¿Qué rima con alcuza?).  También trova, cuando se encuentra inspirado, pero hace trampa, utiliza para el final del verso palabras de las que ya conoce la rima, casi siempre verbos de la primera conjugación.

A mi pariente el escritor se le vuelven añorantes los sentimientos cuando se acuerda de aquel tiempo en el que tenían la casa llena de libros e imagina cuernos de la abundancia derramando volúmenes (tapizados en piel) de las obras completas de Gabriel Miró en lugar de frutas.

Francisco Navarro

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