Mi primer amor, por PEDRO PABLO MIRALLES

El primer amor que se me metió en la mente y continúa prendido en lo más profundo de mis sentimientos, fue la naturaleza y ahí sigue dándome luz, ilusiones y permitiéndome hacer proyectos para profundizar en ella. Urbanita, madrileño de nacimiento, en estos lares he vivido siempre, pero mi primer amor fue y sigue siendo la naturaleza.

Con cinco años descubrí en tierras de Villasuso, Galicia, la gran variedad de arbustos que existen –abeto, boj, pino, tejo, sauce, el maldito eucalipto, laurel, roble, castaño, nogal, haya-; las flores – hortensia, camelia, rosa, flor de la pasión, clavel-; los líquenes, los hongos, el musgo; había mirlos con su canto tempranero y andar confiado que, por entonces, no se conocían en Madrid; los cochos enormes en el fango de los corrales; la montaña y sus bosques; las corredoiras sombreadas por verdes de todos los tonos en lo alto y a los costados, una humedad invasora, con el sendero forrado de hojas crujientes de todos los colores; los ríos, la pesca de truchas a mano en el río Tambre a su paso por el valle de Barcia; los bueyes que tiraban carretas de madera cargadas de todo lo necesario y cuyos ejes generaban un crujido lento, diferenciado y musical; y, el mar, con sus pueblitos de pescadores y barquitos, sus playas de agua fría a las que llegaban olas imponentes. Aprendí a cantar y bailar alguna muñeira y descubrí la gaita.

A los ocho años descubrí el monte y la sierra sobria manchega en las proximidades de Valdepeñas, cerca del lugar donde dicen que el bueno de Don Quijote inició la primera salida de su largo viaje, lo pude comprobar a mi manera en un mapa que acompañaba a un viejo ejemplar de la magna obra de Cervantes. En esas tierras secas y ricas, color ocre, amarillo y también coloradas, descubrí que se cultivaban cereales, principalmente trigo y algo de centeno, había una parte de viñedo, entonces todavía pequeña. Alrededor, un gran valle por donde pastaba ganar lanar, corrían y saltaban conejos y liebres y hasta vi algún zorro que dejaba su olor peculiar mientras trotaba alejándose de mi presencia. Las piedras de esos campos aumentaban de tamaño conforme subían por las montañas hasta convertirse en peñas de difícil acceso. En las alturas del Montoso descubrí la existencia de las águilas con su planear sistemático y silencioso en busca de capturas distraídas. Abajo, en el valle, aprendí lo que eran las perdices, de color marrón colorado como la tierra y su vuelo pesado. También descubrí la maravilla del vuelo de las codornices, su lento despegar y en grupo, siempre a escasos metros de donde yo estaba, con su ruido y canto peculiar, rápido e intermitente. Y en el río Azuer descubrí que los patos, azulones o no, eran una realidad maravillosa.

Y así me quedé enamorado de la naturaleza, cuyo conocimiento he ido ampliando con los años y nunca me ha traicionado. Con ella hablo, pienso, siento, disfruto, descanso y, desde el asfalto de los madriles cada día la echo más de menos. Este ha sido y sigue siendo mi primer amor. El primer beso a una mujer, Geneviève, se lo di creo que fue a los dieciséis años, pero no fue enamoramiento como con la naturaleza aunque si toda una experiencia.

 

Pedro Pablo Miralles

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