Mi familia, esos animales, capítulo III: el huracán Mirianja, por CHEMA BASTOS

Si para entonces persiste la costumbre de identificar a los huracanes con nombre de mujer, habrá que reservar el de Miriam para aquel que ponga fin a la civilización humana. Y es que mi hermana se merece tal tributo, no en vano lleva toda su existencia enfrentándose con éxito a las fuerzas de la naturaleza.

Después de la dura experiencia de dar a luz en un pueblo a Conchita, a la que ya conocéis, mi madre decidió desplazarse a Madrid para sacarnos al resto de los siete al mundo, concretamente en el Hospital de Santa Cristina, donde tuvo lugar justo en aquella época el turbio asunto de los bebés robados. Si nosotros formamos parte de ese fenómeno, está claro que lo fuimos en grupo, basta con ver la foto de familia que ilustra esta semblanza. De vuelta a Villafranca de los Barros, mi hermana sufrió el primero de los ataques que la madre naturaleza, que además de sabia, con algunas personas se comporta como una vieja zorra cruel, y afrontó una enfermedad que le mantuvo en cama varios meses. Este periodo horizontal propició dos hechos fundamentales en la biografía de Miriam. En primer lugar,  empezó a crecer hasta alcanzar su estatura actual de maslargaqueundiasinpán. Y además, durante el forzoso encierro, mi hermana se leyó todos los libros que se habían publicado hasta esa fecha en lengua castellana.

Miriam es la mejor hermana del mundo, pero os aseguro, de verdad, insisto en ello, que no le puedes tocar las narices. Cuando yo tenía unos doce años, tomé un día la decisión errónea de explorar los limites de su paciencia dandole la matraca con la profesionalidad de un chico de esa edad. Mi hermana me miro desde arriba  y me dio un puñetazo, no uno de esos torpes manotazos que damos los que no sabemos pegar, sino un golpe perfecto, armando el brazo desde atrás para cargar el peso del cuerpo en el momento del impacto, que me lanzó al suelo como un fardo. Fue como un movimiento de golf, o como uno de esos puñetazos que daba John Wayne en El Hombre Tranquilo. No os precipitéis a juzgar de forma severa a mi hermana por su recurso a la violencia física sin tener en cuenta mi capacidad de dar la murga. En todo caso, lo cierto es que no volví a tocarle desde ese día las narices.

Por aquel entonces mi hermana ya había conocido al primer amor de su vida, que es el piano, y dedicaba casi todo tu tiempo a su amante, mientras en los ratos libres sacaba premios extraordinarios en sus estudios, lo que no tiene mucho mérito si tenemos en cuenta que todo lo que daba en clase ella ya se lo había leído de pequeña. Empezó a estudiar derecho en la Universidad de Murcia y luego en Valladolid, pero yo que heredé sus libros pude comprobar cuales eran sus prioridades, al ver los textos legales ilustrados con corcheas, fusas y semifusas, apuntes sobre sonatas de Bach, estudios de Chopin y encargos de partituras. Cuando estaba en cuarto curso de esta apasionante carrera, le expuso a mi padre la imposibilidad de seguir compaginando la misma con el estudio del piano. Mi padre la animó, hablándole de la posibilidad de completar los estudios musicales después de acabar con los jurídicos, pero cuando mi hermana le aclaró que lo iba a hacer es dedicarse al piano, y que ya si eso acabaría con el derecho, imagino que los ojos de mi padre dieron vueltas como los de Marujita Díaz. Pero bien sabía él cuales eran las posibilidades de torcer la voluntad de mi hermana, así que aceptó lo que a la postre resultó una decisión totalmente acertada, y en casa continuamos viviendo con el sonido del piano de fondo, como si fuera la famosa banda sonora de nuestro hogar.

Mientras, la madrastra naturaleza y su cómplice el azar, continuaban lanzando ataques cada vez más serios, pero a los que ella respondía con esa contundencia de la que ya os he dado cuenta, y por supuesto que consiguió acabar piano, sacar luego la plaza de profesora de Conservatorio y sumarse así a la tradición familiar de función publica. El negocio del piano le llevó a vivir en sitios tan diversos como Puertollano, Salamanca, Soria o Milán, pero fue en Brasil en donde conoció al que ahora es mi cuñado Nacho, y al que ya conocéis o podéis conocer por sus aventuras en Marruecos. Tanto él como mis dos sobrinos saben muy bien lo que yo aprendí tiempo atrás: que es la mejor persona del mundo, y que no le puedes tocar las narices.

Desde hace mucho vive en Madrid, cuidando a los suyos mientras va extendiendo sus intereses con asuntos como la radio, a la que ahora dedica su talento desbordante. La naturaleza sigue empeñada de cuando en cuando en ponerle la zancadilla, pero ya sabe esa vieja zorra lo que le espera cuando se levante, frunza el ceño y arme el brazo. De hecho, cuando se acerque ese huracán que vaya a poner fin a la vida en la tierra, mejor que ponerle el nombre de Miriam, haremos bien en llamarla para que se enfrente a él. Ella sabrá bien lo que hacer.

cof

Chema Bastos

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2 comments

  1. Me encanta, Chema. No conozco a tu hermana pero el puñetazo se que te lo mereciste. Así que le das la enhorabuena de mi parte. A ti un fuerte abrazo.

    1. Hola Chema!..soy Viky,amiga de Miriam!
      ..Que idea tan buena y que bonito lo escribes!!!
      No he parado de sonreir mientras te leia,transmites mucho y yo os tengo un gran cariño!..graciasss

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