Mi familia, esos animales, Capítulo II: Conchita de Calcuta, por CHEMA BASTOS

La mayor de un grupo de siete hermanos y hermanas es más una institución pública o un órgano administrativo que una persona. Bajo el título de Su Vicematernidad la Virreina Madre, mi hermana Conchita ejerce las funciones y prerrogativas propias de su cargo con una eficacia y contundencia que no parecen corresponderse con su dulce aspecto y mejor carácter, como bien hemos aprendido todos sus súbditos.

Y es que mi hermana solo ha dado guerra para nacer, a partir de ese día lo único que ha hecho en la vida es hacer la de los demás más agradable, sin dejar por ello de aplicar las atribuciones que la ley familiar le ha conferido. En un principio Conchita parecía estar siendo educada y formada para ser la perfecta chica casadera de las novelas de Jane Austen: guapa como ella sola, tocaba el piano y cantaba con elegancia  y oído, pintaba hábilmente, estudió Geografía, una de esas carreras que por aquel entonces te aseguraba no trabajar en tu vida pero te proporcionaba una interesante conversación… De hecho poco antes de mi boda tuve un inquietante sueño en el que la que ahora es mi esposa me comunicaba que no podía casarse conmigo por razones que en ese momento no podía exponer -aunque ahora seguro que sí… Tan casadera era Conchita que mi primera reacción ante esta noticia onírica fue pensar que ya que estaba todo preparado, le pediría matrimonio a mi hermana, sin pensar por un momento que esa decisión podía tener algo de incestuosa.

Pero este aparente destino de ama de casa perfecta topó contra su voluntad, y como todo lo que sufre ese choque, se fue a la mierda.  Para escapar a su futuro previsible, decidió hacer unas oposiciones, y seguir la larga tradición de mi familia, que sale más en el  Boletín Oficial del Estado que Isabel Preysler en el Hola. Como se suponía que yo había empezado a estudiar Derecho, y debía de saber más del asunto, me preguntó cómo funcionaba eso. Yo le expliqué que, por lo que sabía, se trataba de estudiarse muy bien algo así como un cerro de temas, para examinarse luego. Mi hermana me miró con cierta extrañeza, y me repreguntó si simplemente era eso, o había algo más. Le confirmé que así era, pero para cuando trataba de aclararle que empollar más de cien temas de una oposición no era tan fácil como parecía, ella ya se había encerrado en su habitación a estudiar. Y allí siguió, estudiando, hasta que se supo todos los temas, sin salir ni siquiera para el acto familiar más sagrado en mi casa por entonces, que era ver todos juntos el capítulo diario de Falcon Crest.

Mi hermana estudiaba, pero también nos hacía estudiar a los demás. Tengo que relatar cómo me puso a mí las pilas, porque constituye un ejemplo perfecto de su forma de ejercer el poder de Hermana Mayor. La suposición que antes he mencionado de que estaba estudiando Derecho resultó ser tan poco realista como mi estrategia de tratar de aprobar los exámenes a base de jugar al mus en la cafetería de la Facultad. Ante el fracaso de este procedimiento, gracias al cual coseché en junio suspensos en todas la asignaturas de 1º, decidí un cambio táctico, y dediqué el verano a salir todas las noches. Una madrugada en fiestas de Sigüenza, quiso el destino que me encontrara en la Plaza de Doncel con mi hermana Conchita, que aprovechó la ocasión para expresar  su preocupación por mi actitud, No recuerdo bien cómo lo hizo, porque las fiestas de Sigüenza tienen extraños efectos sobre la memoria, pero el caso es que me fui a casa, y al cabo de unas horas cogí un tren a Valladolid, y me recluí a estudiar con tanto ahínco que saqué todas las de 1º, salvo Romano

Todavía me acuerdo de ese examen de Romano. En una repleta aula centenaria de la Universidad de Valladolid, una prueba oral ante el catedrático y sus adjuntos:

– Señor Bastos, hábleme Ud. de la ejecución de la sentencia en el derecho romano
– La sentencia se ejecuta. Y si no se ejecuta, el pretor ordena que se ejecute. La sentencia. Y es así como se ejecuta. La sentencia. En el derecho romano…
– Puede Ud. sentarse, señor Bastos.

El señor Torrent, que así se llamaba el catedrático, no supo apreciar mi esfuerzo de síntesis.

Mi hermana por supuesto aprobó las oposiciones, sin otorgar al tema mucha importancia, después de todo, solo se trataba de estudiarse todos los temas. Y se fue a trabajar al Ayuntamiento de Segovia. Cuando llevaba allí un par de años, decidió renunciar a su plaza para volver a Valladolid. Le supliqué, le imploré de rodillas que esperara un año más para poder pedir la excedencia y no perder la condición de funcionaria que tanto costaba a todos los demás adquirir, pero ella mi miró de nuevo extrañada y me preguntó si acaso había cambiado el sistema de oposiciones, y qué le impedía si no era así sacar una nueva plaza en la capital castellana. Le confirmé que no, resignado, sabiendo que nadie torcería su decisión, Y la sacó, por supuesto, a fin de cuentas lo único que había que hacer es volver a estudiarse un cerro de temas.

Desde entonces Conchita vive en Valladolid, ha criado a dos hijas formidables, y sigue ejerciendo con respecto a sus hermanos y hermanas los poderes a los que su cargo le obligan. Hace un par de años me preguntó cómo iba eso de sacarse el titulo de Derecho, que si solo era cuestión de estudiarse un montón de temas. Ya está en tercero.

Chema Bastos

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