Mi amiga Tomasa, por RAFAEL DE LA TORRE #escritos

Conocí a Tomasa (no es este su nombre auténtico) en un club de lectura, uno de esos lugares en donde desocupados y gente con ganas de aprender de la observación ajena discuten durante un par de horas sobre un libro en el cual han invertido los ratos sobrantes del último mes.

Ella llegó cuando yo ya llevaba cinco o seis sesiones de este psicoanálisis grupal y gratuito, y reconozco que ya el primer día quedé sorprendida por  el desparpajo de sus intervenciones. Siempre parecía saber más que el resto. Pronto comprendí que era capaz de captar algún detalle que a todos se nos había escapado, un punto escondido entre páginas por el cual podía atisbarse entre penumbras la auténtica alma del protagonista, del antagonista, del autor o de su gato. Veía más que el resto. Dejé de asistir a esta terapia por causas que no vienen al caso y así perdimos el contacto.

Hace unos días, el viernes pasado, yo salía de la peluquería que hay debajo de mi casa y la vi. Estaba parada a la puerta de un centro cultural charlando con alguien. Dos besos, mua, mua, soy Lucinda (ya, qué le vamos a hacer, mi abuela se llamaba así) ¿qué haces por aquí, pero no vivías por dónde el club de lectura? No, que va, tampoco vivo por aquí, pero en autobús son cuatro paradas a casa.

Resultó que aquel día yo no tenía nada mejor que hacer así que la acompañe hasta donde ella debía tomar el bus. Se colgó del brazo con confianza, como sólo las mujeres sabemos, y fuimos charlando durante el trayecto. Diez minutos bastaron para conocer su vida. Hace cuatro años regresó un viernes en su coche desde el trabajo a casa, normal, y, sin aviso previo, el sábado había perdido la vista. A pesar de los intentos médicos nunca la recuperó.

Perdón, se me había olvidada decirles que Tomasa es ciega. En ocasiones yo tampoco soy consciente de ello. Antes de escribir estas líneas me preguntaba que hubiera hecho yo en su lugar. Prefiero no pensarlo.

Pero ella es especial. Viéndola aprender, leer (Braille, grabaciones), discutir, dialogar, convencer, reírse o recorrer la ciudad de un extremo a otro en autobús —acción que por cierto a mí me agobia con mi perfecta visión— creo que Tomasa es muy necesaria, imprescindible diría. Es un recordatorio de que la vida, a pesar de la porquería que nos envuelve, de que cada día hay más pobres que además son más míseros, de que prolifera la gentuza especializados en robarnos, estafarnos  y engañarnos, de que entre todos nos cargamos el planeta, de… a pesar de todo, insisto,  la vida puede ser a veces muy bella.  

 

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Rafael de la Torre

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