Matemático, por JAVIER PECES – #escritos

El matemático. Así llamaban en el barrio a aquel pequeño comerciante que traficaba con aceitunas, cebolletas, escabeches y encurtidos en general. El mote se debía a la soltura y el desparpajo con que sumaba, de memoria, sin calculadora, sin papel siquiera, las cantidades a pagar por cada venta.

Tenía la edad precisa para jubilarse justo en los principios de la crisis. “Tú la negarás tres veces, José Luis”, dijo el profeta en respuesta a la obstinación del rojerío. Muchas bocas que alimentar, muchos primos y cuñados que colocar. El signo de los tiempos. El sino de los que pescan en el río revuelto de la cosa pública.

De la mano de aquel retiro vino el cierre del establecimiento. Huérfano de olivas y pepinillos quedó el lugar. Escaso de ciencia matemática parda, apenas las cuatro reglas. Vacío de gracejo y optimismo. Son los efectos de la muerte del pequeño comercio. Las grandes superficies no hacen tejido urbano en la vieja Europa. Salvo en tierras de germanos, donde los gobernantes son más listos y menos hediondos. Allí no permiten que las superficies sean tan grandes como para avasallar al resto.

En el norte de América la cosa es diferente, pero allí les da un poco igual. Ya se encarga su milicia poderosa de alimentar el hábito del coche para todo. Por si tanto uniforme fuera poco, se contrata con terceros de fortuna la parte conveniente de la presencia soldadesca. Casualidades de la vida, el más grande accionista de la principal empresa de mercenarios fue secretario de defensa no hace demasiado tiempo. El negocio se queda en la casa. Blanca.

Pero volvamos al barrio. Que te dan la menor ocasión y vuelas con presteza al otro lado del charco, mente calenturienta. Cuenta a la concurrencia lo que pasó con el tendero calculador. Seguro que emprendió un largo periplo por el vasto imperio de los levantinos hoteles que el Inserso sufragaba fuera de temporada. O tal vez fue capaz de distraer un puñado de euros a los taimados vendedores de opciones preferentes, y con ese dinero viajó por ignotos rincones del Pacífico Sur.

Pues no. Pasto de gran escándalo entre las señoronas del lugar, cuentan las malas lenguas que fue víctima de su pecaminoso ayuntamiento con un señor de color. De color negro. Aseguran que el moreno zurraba con tanta saña como frecuencia al aritmético infortunado. Que le sacó hasta la última peseta y escapó, ufano y potentado, de camino a su África natal. Triste y atribulado se quedó en soledad el pobre diablo de los cálculos mentales.

A juicio de vecinas y aledañas, fue duramente condenado a sufrir latrocinio por el delito de obrar contra natura. Me apresuro a apercibir a las ínclitas señoras. El tráfico de armas y personas es un grave pecado. Así como el veneno en los ríos y en los mares. Y la ponzoña en el aire y la comida. Lo otro, dejándonos de lado la parte del desfalco, podría ser cariño verdadero. De ese que ni mata ni castiga, ni ofende ni machaca, ni se compra ni se vende.

Qué bien se viviría en un mundo con menos obsesión por el peculio y la pecunia, y más gusto por la poesía. Qué falta hace el amor, y cuánto sobra fijarse en el color. Qué ganas de que falle el armamento, salvo para explotar en las mismas narices de aquellos que lo empuñan o, mejor todavía, de quienes hacen fortunas infinitas comerciando con la peste de la guerra.

encurtidos

Javier Peces

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