Más que una anécdota de Gaudencio Costa – por PEDRO PABLO MIRALLES

Esa mañana gris del 2 de noviembre, Gaudencio Costa no fue al desvencijado Café Peroles a pesar de haber quedado allí con su querida Laurita para comentar los poemas que había escrito los últimos días tan propicios a la inspiración. La sirvieron un tinto con aceitunas aliñadas por la propietaria de la abacería de enfrente, no medió palabra con nadie pero regaló unas cuantas sonrisas forzadas a aquellos a cuantos conocía y la miraban un tanto extrañados. Muy pensativa solo ella sabía lo que pasaba por su cabeza pero sería incapaz de decírselo a nadie. Hizo tiempo durante un cuarto de hora hasta que el vaso quedó vacío con unos cercos y posos de color rojizo. Sin hacer ruido dejó unas monedas sobre esa mesa de mármol cuyas  patas de hierro forjado tintineaban a pesar del calzo de papel de periódico por lo irregular de las baldosas resquebrajadas del suelo, dejó un adiós en el aire dirigido a la galería y salió al bullicio de la calle por la puerta de madera contraria a la que había entrado.

El autobús hizo su escala en la parada del camposanto, bajó los dos peldaños de ese trasto hasta aplomarse bien en la acera. Una vez traspasada la tapia de ladrillo, dirigió sus pasos por ese sin fin de caminos irregulares de tierra mal cuidados, sin prestar ninguna atención a esa maraña de cruces, vírgenes, capillitas y demás parafernalia religiosa que todo lo rodeaba. Sabía el camino a la perfección y en su denso caminar, llegó al punto que se le quedó grabado en la memoria desde que lo pisó por primera vez cuando tenía veintiún años. Alzó la cabeza y fijó la mirada en un nicho de entre los cientos que le rodeaban y comprobó  que apenas se podían leer pero se leían esas tres líneas borrosas que un día pintó él mismo con alquitrán y todo cuidado, “Gaudencio Costa, hasta pronto, tu hijo Gaudencio”. Estuvo diez silenciosos minutos mirando esa inscripción y pensando en tantas cosas en tan poco tiempo. De vuelta a casa hizo una escala por si acaso en el Café Peroles, comprobó que ella no estaba y salió a la calle por la misma puerta que siempre lo hacía con Laurita, pero solo.

 

Pedro Pablo Miralles

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