Mantequillas – por PILAR RUBIO #opinión

Hace 44 años, durante un brote epidémico de cine erótico similar a otros de películas sobre guerras aeroespaciales, psícópatas aficionados al canibalismo o conspiraciones de ejecutivos bancarios que inundarían cíclicamente las salas, se rodó “El último tango en París”. La escena llamada a perdurar en el imaginario social, convertida en arquetipo ¿sexual? de una generación, fue la “la escena de la mantequilla”, nombre conciso y alejado de pretensiones literarias, que provocaba como mínimo una sonrisa en la mayoría de los hombres al ser preguntados por la película.

El día 25 de noviembre pasado, coincidiendo con el día Internacional contra la violencia de género, se publicaron en muchos periódicos occidentales, artículos y reseñas sobre la película y la escena, a raíz de comentarios colgados en un blog. Aparentemente, para su grabación la actriz protagonista fue engañada, y hubo un componente de abuso y violencia sobre ella. Hasta que punto es lo que no está claro. El hecho había sido denunciado por la actriz en 2007 y admitido parcialmente por el director en 2013, sin repercusiones notables.

Yo nunca ví “el ultimo tango en París”. Su estreno en España durante la transición, me pilló algo pequeña.. No hubiera podido entrar ni falsificando el dni. Mi cara me hubiera delatado. Después unos años exaltados, confusos y místicos me hicieron despreciarla por ¿indecente? Tardaría un tiempo en encontrar una definición personal de la palabra “indecente”. O quizá su sentido iría mutando acompañando a mis mutaciones vitales. El hecho es que “la escena de la mantequilla” sugería a mi ingenua y templada curiosidad algo febril y placentero, en el que la chica untaría con ella la polla del protagonista para chupársela. Siempre me encantó el pan con mantequilla. Sueño con su sabor desde mi abstinencia obligada por el actual estado de guerra abierta contra las grasas no saludables. Diría que hasta imaginaba un cuchillo pequeño, romo, de cubertería inglesa, extendiendo la sustancia sobre el pene. Una vez superadas las incursiones por el catolicismo extremo, por supuesto. En otro caso, habría tenido que confesarlo, para regocijo íntimo y solicitud de detalles del cura de turno. Alto, gris y seco, encerrado en un cajón de madera, aburrido de relatos de mezquindades beatas, lo presiento feliz con una pequeña historia de lujurias adolescentes.

Esporádicamente, siempre en un entorno erótico-cómico, surgían comentarios jocosos sobre la escena de la mantequilla. Inspiraba canciones de amor, frases de doble sentido, rijosidades varias. Amigos, hermanos, maridos o novios, sonreían casi invariablemente adoptando un gesto un punto sátiro. Creí realmente en la mantequilla como afrodisíaco, concepto que, por desgracia, no resistió a su comprobación experimental. No volví a pensar en el tema. Durante muchos años.

Cuando leí la noticia, bajo una nueva perspectiva de indecencias, vi el fragmento en vídeo. El día 26 de noviembre de 2016. Escenificaba una violación de un hombre de unos 50 años, más bien gordete y a medias calvo, a medias con mechones largos y teñidos de amarillo, a una joven de unos 20 por penetración anal, mientras le susurraba expresiones con pretensiones corruptoras, imagino. La pedantería a la vez que simpleza de las frases le añadía un sadismo innecesario, a mi parecer, a la situación. Algunos hombres no saben cuando deberían estar callados, al menos en el cine, parecía ser el mensaje.

La actriz, según su propio testimonio había sido obligada a rodar la escena aunque no estaba en el guión. Y sin tapones para oídos. Especialmente humillante para ella fue el uso de la mantequilla como lubricante para facilitar la penetración anal y aumentar el placer. Del maduro y optimista violador pre-Viagra, por supuesto.

Comenté la noticia con amigas, con mi hija. La reacción fue unánime. Asco y cabreo. Recordé los gestos, los chistes, la sonrisa golfa de los hombres cercanos a mí. Hombres, por lo demás, educados, que se consideran a sí mismos igualitarios en su trato con las mujeres. Que tienen relaciones normales y razonablemente felices. Que se enamoran y demuestran respeto a sus parejas.

Dejando aparte juicios morales sobre el hecho de engañar y abusar de una mujer muy joven entre dos hombres basándose en el poder profesional y en su complicidad ¿por razón de sexo?, sigo muy intrigada por la historia. Lo cierto es que la mayoría del cine porno actual se basa en actos donde la dominación por el hombre y la sumisión y humillación de la mujer es un componente más del “morbo”. ¿Será cierto que la mayoría de los hombres y las mujeres tenemos conceptos/imágenes distintas y a veces contrapuestas sobre el sexo?

Aquí van dos ejemplos literarios, un poco extremos pero ¿poco frecuentes?

Ella de pie, distante y bella, reconociéndose en el reflejo de la mirada de un extraño. Él inmóvil, extasiado ante la proximidad de un abrazo cálido, imagina la tersura de una piel suave como una cereza y el sabor de miel de su saliva. La felicidad le cosquillea en los labios y se concentra en la punta de……. sus dedos” (los puntos suspensivos son míos). La caricia olvidada, Mary Carmen Caballero.

Babette tenía el pelo rubio y rizado, bueno, no rizado natural, más bien ondulado; tenía bonitos pechos, la muy guarra, bien visibles bajo el blusón transparente ….. Lea, muy morena, era más filiforme. Lo compensaba con un bonito arqueo de las nalgas, bien marcadas bajo el pantalón ciclista negro, y a un pecho agresivo que se disparaba bajo un sujetador amarillo canario”. Plataforma, Michel Houllebecq.

Claramente, aunque no me guste reconocerlo, existe una literatura femenina y una masculina, al menos en este aspecto. Por eso no creo que escriba nunca una escena erótica. Me temo que a lectores masculinos, les parecerá o cursi o guarra, escrita por una mujer. Difícil eso de encontrar el tono.

Más allá de tópicos, ¿será realmente la sexualidad masculina cosificante, agresiva, onanista y dominadora?, ¿será la sexualidad femenina necesariamente disfrazada, algo repleto de sentimentalismo, de novela romántica barata?, ¿hay un punto de encuentro?, ¿son dos soledades que se engañan follando?, ¿nos proyectamos distintas películas los hombres y las mujeres durante un polvo?, ¿qué vemos en el otro?, ¿veremos nosotras caballeros enamorados, al menos un poquito, temblando de deseo y con el sexo enhiesto, mientras ellos ven coños mojados y penetrables en mujeres más bien guarras, a las que les va la marcha y hay que enseñarles quién es uno? ¿Un problema de campos semánticos?

Me resulta chocante cómo muchos hombres consideran en el fondo el sexo como algo vergonzoso (¿cuántas veces habremos oído lo de “guarrerías”?) y a la mujer como oscura, guarra o puta si le gusta disfrutar y hacer disfrutar al “contrario”. Pero no menos asombrosas son las películas que nos montamos las mujeres para disfrazar el deseo sexual. Proyectamos en el hombre que nos gusta nuestros ritos de apareamiento, nuestras formas de aproximación. “Si tiembla es que se siente inseguro…” Ja. Si tiembla es porque está bastante salido, bonita. Forma parte de su excitación. “Si me mira fijamente es porque quiere saber cómo pienso, porque quiere llegar hasta mi fondo”. Algo de querer llegar al fondo sí que hay, pero no en el sentido que tú piensas. “Si me sonríe y se ríe ante cualquier chorrada que le digo, es porque le gusto”. Eso es posible, pero el concepto “gustar” quizá no tenga los mismos ingredientes para unos y otras.

Desde mi punto de vista de mujer, lo más raro no obstante, de la concepción masculina del sexo es su componente violento, de dominación y sometimiento, visto como una necesidad de demostrar “hombría” (quién manda), de “poseer” (extraña palabra, que tradicionalmente ha significado acostarse con una mujer). ¿Poseer? ¿De qué estamos hablando?, ¿Penetrar a una mujer es poseerla? Ni en los sueños, nunca mejor dicho, más húmedos del que la emplea.

Quizá la necesidad de dominar en el sexo se origine en el miedo. Un miedo soterrado, instintivo, a perder el control o a La Mujer, como algo que no se entiende, y que puede llegar a tener poder sobre Uno. Quizá la intimidad que conlleva follar, les/os asuste. El tema de las tallas y esas cosas. Quizá miedo a la emoción, percibida como debilidad. Miedo a la entrega, con lo que significa de pérdida. ¿O es ésta otra de las consabidas películas femeninas? Quizá la explicación sea más sencilla y “varonil”. De sensación de euforia y recompensa asociada al poder. De esos primates que somos a la hora de la verdad.

Hay una cosa clara. El eje poder, incluso violencia, y sumisión excita a muchos hombres. Me moriré sin haberlo entendido.

Por eso, hablando a veces con ellos sobre sexo, cambio de conversación. Sobre todo si el contrario me gusta y es de natural sincero. La conversación empieza tontamente a volverse demasiado íntima. El tipo, si está a gusto, te empieza a contar cosas……, y se te baja todo.

Puta y sobrevalorada comunicación. Yo prefiero seguir con mi película, ésa en la que imagino que la mantequilla es un acuerdo, un juego excitante y vital.

Pero nunca podré escribir un guión erótico.

Escena de “Ultimo tango en París”.

 

Pilar Rubio

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