Mangareva, por ANA MATEO #escritos

Mangareva es una isla de la Polinesia que, según la leyenda, fue conquistada, junto con la Isla de Pascua, por el líder inca Túpac Yupanqui con ejercito de 20.000 guerreros subidos en balsas a vela.

Parpadeé molesta por la luz que entraba al levantar la persiana metálica para dejar salir a los penúltimos trasnochadores. Otra vez se me había hecho de día. Ni me había dado cuenta, hasta ese momento, de que estaba bajada; aunque, seguramente llevaba, al menos, unas cuatro horas así. A las dos comenzaba la “ley seca” y pocos locales se arriesgaban a seguir descaradamente abiertos. Tampoco cambiaba mucho. Los que conocían el Mangareva, tan solo llamaban a Ximena y esperaban a que les abriera.

Costaba llegar. Subir hasta el final la cuesta de la Abdón Saavedra*, era una hazaña incluso para los paceños. Aunque, al menos en mi caso, el alcohol ayudaba a mejorar el rendimiento en altura. Y no creo que nadie llegara por casualidad. La parte alta de Sopocachi no era zona de boliches* nocturnos. A lo más, algún comedor de almuerzos, camuflado entre las viviendas unifamiliares donde vivía la reducida clase media de La Paz.

No era mayor que un garaje cerrado de dos plazas. Solo había espacio para cuatro mesas de madera con bancos corridos a los lados. Encima de cada mesa, cubierta por un aguayo* en tonos ocres, una vela blanca dentro de un vaso de cristal y un recipiente de barro con hoja de coca para pijchar*. De dos de las paredes, pintadas de azul oscuro, colgaban máscaras del carnaval de Oruro y afiches de conciertos pasados. En la pared del fondo un mural-protesta estilo Diego Rivera y delante de él, una minúscula barra con dos taburetes. Al pasar las horas, el humo iba tomando presencia e invadiendo el olor por encima de la cerveza, la coca y el incienso.

Podía parecer otro garito de moda, de los que nos fascinaban a los expatriados -sobre todo, a las expatriadas- lleno de bohemios, modernos, artistas y activistas y algún que otro cazagringas. Coleta, vaqueros y camisa de tejido típico con una guitarra al hombro. No era fácil distinguir en qué grupo encajar a cada uno. En realidad, la mayoría podían ser una cosa u otra dependiendo de la noche, de la economía y de las paceñas* que se hubieran bebido. En cualquier caso, las noches acababan siempre planeando revoluciones, o cantando a voz en grito, o ambas cosas a la vez. “La Paz es una ciudad en busca de su identidad”, decía siempre mi amigo Ernesto. Y la buscaba hasta altas horas de la madrugada.

Pero el Mangareva era algo más. O, al menos, así lo sentía yo.  No estaba entre las rutas habituales. Me llevó Ernesto, pero esperó hasta que conocí a Ximena e, imagino, a asegurarse de que nos cayéramos bien. Porque, entre aquella tribu de artistas alcohólicos, cínicos sobrevivientes del día a día, la opinión de Ximena importaba. Era pequeña, nerviosa, muy menuda, pero, en absoluto, parecía vulnerable. Era la experta en supervivencia, en organizar fiestas sorpresa en casas ajenas, en vivir a salto de mata. El resto, a veces, se rendía, hacia concesiones y compaginaban esta vida con trabajos normales por temporadas.

Al contrario que en el resto de locales, en el Mangareva no había nunca una actuación programada. No hacía falta, sabíamos que, al final de la noche, alguno de los cantantes acabaría llegando allí y podrían elegir su repertorio. Algunas veces, pocas, cantaba ella con su voz rota, extrañamente cálida.

Nada era del todo privado. Te podías reír de una broma de la mesa de al lado o entrar a argumentar acaloradamente en una discusión de pareja, artística o política. Se podía intervenir sin moverse o incorporarse a otra mesa. Un litro de Paceña o Singani* y un par de vasos eran suficientes para ser aceptado.  Y, a cambio, la cortesía o, la tan socorrida reciprocidad andina, obligaba a escuchar un rato al recién llegado. Así acabé una víspera de Todos los Santos, escuchando los múltiples pros de la compra de una parcela donde reposar en paz, ilustradas con fotos de lápidas blancas sobre un césped perfectamente cuidado.

Otras noches, tocaba poesía. Aunque los poetas no solían venir a leer su obra. Allí empezó Jorge a celebrar su Premio Nacional. Brindamos por su cambio de suerte; llevaba meses viviendo de malvender su biblioteca. La juerga siguió varios días y, con ella, dicen, voló todo el dinero del premio.

Dejé de ir cuando Ernesto se fue a Barcelona con Marina. Por supuesto, allí hicimos su despedida. Poco después, me contaron que fue la de Boris que se fue con su pareja alemana a Berlín y también que Iván se regresó a Colombia. He oído que, dolida por tantas deserciones, Ximena le cambió el nombre por el Sempiterno.


* Abdón Saavedra: Calle del barrio de Sopocachi, en La Paz
* Boliche: Bar, discoteca
* Aguayo: Pieza rectangular de lana de colores que las mujeres utilizan como complemento de su vestidura y para llevar a los niños o cargar en él algunas cosas.
* Pijchar: Mascar coca
* Paceña: Cerveza boliviana
* Singani: Bebida alcohólica boliviana de la familia del aguardiente de uva.

 

mangareva
Mangareva. Polinesia

Ana Mateo

Ana Mateo Ha publicado 3 entradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *