Mandatos del destino

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El destino impone sus mandatos con una rotundidad incontestable. En nada se parecen a la orden de un superior jerárquico, necesitado de un acatamiento posterior que puede producirse, o no. Añadiría más. Los mandatos del destino son a la par sorpresivos. No hay aviso previo. Ni símbolo. Ni síntoma. Únicamente pueden predecirse, algunos de ellos, sin gran exactitud, a través de una fina sabiduría, o una exquisita intuición. También diría que no hay por el mundo nada tan peligroso como cabrear al destino. Es una variante del reto, pero contiene una dosis insoportable de chulería. Considerarse dueño del destino es otra forma de afrenta, un acto de arrogancia, tan impropio de una mente de cierta inteligencia.

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