Maleta

Exprime su mente en busca de respuestas. O de razones. Al tiempo, se propone hacer la maleta rumbo a un destino al que no quiere ir. Mecánicamente y con parsimonia, coge la ropa del armario. Prenda a prenda. La apila pulcramente cerca de la maleta, nunca dentro. Lentos paseos desganados. Va y viene. Del armario a la mesa donde ha colocado la maleta. Está abierta y vacía. No quiere llenarla, siempre ha odiado tener que empaquetar y pasear sus recuerdos.

El avión sale en menos de dos horas y disfruta con la visión de llegar al aeropuerto cuando la puerta de embarque esté a punto de cerrar. Se recrea en esa situación de caos en que su nombre se escucha por megafonía con insistencia y no hace ni caso. No corre por la cinta de pasajeros. Simplemente, deja que transcurran los minutos y contempla desde los ventanales de la terminal cómo el avión finalmente despega. Con retraso. Sin ella. Es una manera torticera de dar una vuelta de más a su mísero destino.

Por trigésima vez, mira el interior desnudo de la maleta. Suspira y comienza a introducir las prendas. Deja que la ansiedad se haga dueña de su cuerpo. No le produce miedo la sensación, la conoce bien. Le gustaría derrumbarse, ponerse a llorar y caer tumbada sobre la cama. Es una tentación. Pero sabe que no va a ser así. Nunca lo hace así. El cuerpo humano tiene esa horrible tendencia a sobrevivir tan irreverente y mucho más en ella misma. Precisamente, su propia supervivencia personal ha de excluir el llanto y el melodrama de los actos.

Termina de llenar la maleta. La cierra con ceremonia. En cada “clic” de las lengüetas presiente que la opción que ha desechado al tomar el billete de avión está agonizando. Es una especie de asesinato. Sí. Es así. Las opciones, al igual que se eligen, se asesinan. Se acuerda de lo que duele el corazón con las ausencias, con los vacíos, con los adioses. Este es un adiós más, con pretensión de definitivo. Pone la maleta en el suelo y la lleva rodando con desidia. Se para en la puerta y mira atrás. Hace una panorámica de su preciosa casa, como si ésta fuera la visión a llevarse en el viaje. Rememora en milésimas de segundo tres momentos en esa casa en los que se creyó inmortal de tanta felicidad. Cierra los ojos y agita la cabeza. Mira su móvil, con una lejana ilusión de que vibre con la llamada imposible. En ciertos momentos, la vida es tan previsible que no se inmuta al ver la pantalla durmiente, en azul oscuro. Baja al portal y sube al taxi. Da la orden. “Al aeropuerto, por favor.” Esas cuatro palabras echan el cierre a toda una etapa que no espera volver a repetir ni en sus mejores sueños. Se coloca imaginariamente la gorra de Superviviente y cierra los ojos para dejarse mecer por el viento que entra a través de la ranura de la ventana. Una vez el avión haya despegado, nada importará en la vida.

Marbella noche

 

Elena Silvela

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