Luz verde

En su fuero interno lo tiene muy claro. Hubo momentos que creyó no superar. No aguantar más. Varias veces estuvo a punto de rendirse. Una simple llamada bastaba para el propósito. Pasó el tiempo y nunca llegó a descolgar el teléfono. No sabe si el calificarse de valiente es demasiado osado, pero tiene la certeza de que su tesón se acerca a esa denominación.

El infierno era terrenal y bien palpable. Diario. Real. Racional y visible. No es lo mismo llegar a un sitio donde sabes que te encontrarás con un “Buenos días” afable junto con una sonrisa franca que llegar a otro donde el “Buenos días” saldrá forzado y entre dientes, y ni siquiera levantarán la mirada del ordenador. No es lo mismo. No es lo mismo un trato amable con tintes de cariño que un trato de compromiso en el que los silencios resultan inesperados remansos de paz y la educación es un escudo bajo el que late un odio potente y eterno.

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Bien lo sabía. Tantas veces pensó en una posible salida que creyó distorsionar su mente con inútiles oasis inexistentes. Cuando le dieron luz verde para el cambio, un alivio invisible se apoderó de su cuerpo. Podía salir de las tinieblas infernales, increíble momento que nunca creyó llegara a producirse. Comenzó a recoger sus cosas como si de un ritual se tratara. Guardaba los objetos con calma, saboreando cada rincón que quedaba vacío. Hacía cajas. Primero, pequeñas cajas. Para luego insertarlas en las grandes. Con mimo, tenía toda la tarde para ello. A ratos, se le aceleraba la respiración y tenía que parar. Muchos años de ignorancia contemplaban todos esos objetos. Desprecios que quedaban atrás. Insultos velados que ahora se diluirían en el cosmos. Perder de vista lugares dañinos es una especie de éxito que no se puede chillar bien al mundo pero es un acontecimiento tan grande que da un cierto vértigo.

Terminó de empaquetar las pocas cosas que pensaba llevarse de ese oscuro lugar y recorrió la vista de propósito. Para cerrar con miles de pestillos la compuerta. Sepultar los recuerdos. Quemar imaginariamente las inmundicias.  Asesinar los malos recuerdos. Cerró la puerta y topó con la paz. Tanto tiempo perdida. Fue como encontrarse con un viejo amigo. La sonrisa de su cara se sorprendió con la comodidad tan repentina que unas cajas de embalaje habían proporcionado a su vida. Sin darse cuenta empezó a canturrear “Hit the road, Jack! And don´t you come back no more, no more, no more, no more…” En su memoria sonaban claramente las voces del Coro Talía interpretando la canción…

 

Elena Silvela

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