Lujuria andaluza – por ROSA H. MULA

No hay gente más resalada en todo el Imperio español que los andaluces. Aunque nacida en Madrid (primera generación), mi familia por parte de padre y madre son (que haya constancia) granaínos tirando para atrás hasta el Paleolítico Superior.

Andalucía, paleolítica o no, ha sido de toda la vida de dios zona de mucho mucho calor. Y el andaluz, en cuevas o bajo toldos, ha buscado siempre la manera de hacer correr el aire a su alrededor.

Se sabe de buena tinta que en el Paleolítico Superior los andaluces ya utilizaban el abanico, y tan grande y antiguo es su amor por este instrumento de supervivencia en los veranos andaluces que se han encontrado herramientas líticas (de piedra, ya sabéis) con esa forma, concretamente en la provincia de Granada. De casta le viene al galgo.

Todos sabemos que los objetos que nuestros ancestros fabricaban (si se puede utilizar esa palabra) en aquellos lejanísimos tiempos se limitaban a sus necesidades más inmediatas. O sea que, por mucho que nos cueste imaginar un mundo sin el Photoshop o el iPhone, no pensemos en ese tipo de herramientas. Hemos de lanzar nuestra imaginación más allá de sus límites actuales y pensar en necesidades más primarias. Al principio de los tiempos lo que se necesitaba era pinchar, matar, cortar, raspar, triturar e incluso aserrar –sí, sí— mamuts, pieles de animales, otras piedras y arbustos, más que retocar nuestros muslos o papada en una pantalla de colorines (en serio, nuestras ancestras no eran nada coquetas, no hay más que mirar las fotos).

Para la obtención de estas herramientas, los Picapiedra andaluces, como los de todo el mundo, utilizaban rocas de diversa dureza (si era muy dura, se convertía en herramienta; si era blanda, su papel era el de víctima) procedentes de su entorno o de otros a los que  el hombre (¿mono?)llegó guiado por su instinto de supervivencia o su instinto de reproducción (ambos incontenibles desde el Big Bang en casi todas las especies).

Estas herramientas líticas (lito = piedra) se obtenían en todo el planeta golpeando las rocas adecuadas con otras más duras todavía al objeto de desprender de la víctima fragmentos más pequeños llamados lascas (en Andalucía,láhcah), y que luego se transformaban mediante el “retoque” (modificaban a golpes la forma del filo vivo de la lasca).

Pero en Andalucía se hacía con mucha más gracia que en el resto del mundo y a una de ellas le dieron forma de abanico a su filo cortante (con su encajillo y tóh). Las herramientas de la época paleolitiquísima eran multi-funcionales y no tenían un perfil especializado como las de hoy. No había tijeras, por ejemplo (ni de peluquería ni de cocina), ni navaja suiza ni nada de eso.

Los primeros abanicos granaínos se encontraron hace ya muchos años en las Cuevas de las Ventanas, en la zona de Piñar, junto con otros instrumentos polifuncionales (que valen para muchas cosas) del Paleolítico en general (como todo lo andaluz, nuestros ancestros descontextualizaban ya incluso las herramientas y así sigue la cosa en las cuevas: los entendidos no saben exactamente a qué época achacarlas y las adjudicaron al Paleolítico, así, en general, pero  yo creo que eran del Superior). Estos primeros abanicos, como son de sílex, los científicos suponen que mis ancestros no los usaban exclusivamente para darse aire. Igual que sus contemporáneos los denticulados, las raederas,  los raspadores, etc., los abanicos igual servían para darse aire que para cortar tomates para el gazpacho. La frase andaluza paleolítica “¡Tráe acá p’acá el denticuláoh, quillo!” no daba muchas pistas sobre si mamá te iba a pelar a tí o unas patatas

Otro material muy utilizado en aquella época era la madera que utilizaban, sobre todo para fabricar armas. O eso se supone, porque con el paso de los eones éstas desaparecieron y probablemente hoy existen convertidas en moléculas del carbón de caoba del caro, aún por descubrir en nuestro país. La utilización del hueso (¿de mamut? ¿de Tiranosaurio Rex? ¿de pollo?) en esta época parece ser muy limitada y, por motivos que se me escapan absolutamente, es un tema de lo más controvertido en el mundillo arqueológico. (Yo lo hubiera hecho al revés: las piedras denticuladas para matar sangrientamente, y la madera para abanicar y hacer fogata o papel para enviar anónimos. Pero, claro, mi cabeza es otra).

De todos modos, es indudable que los abanicos se utilizaban, además de para otras cosas, para refrescar el cuerpo y recuperar la respiración con un extra de aire después de la Luxus Neanderthalensis o lujuria paleolítica.

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Rosa H. Mula

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