Luisa en el ascensor – por GUILLERMO URBIZU

El chasquido fue tremendo. Y el ascensor quedó como escorado hacia la izquierda. Luisa había ido temprano al ministerio de educación. Tenía que resolver unos papeles del instituto donde trabajaba como profesora de filosofía, y desde hace unos meses también como directora. Nadie quería el cargo y una mayoría votó por ella. Tenía treinta años, era alta y de ojos grandes. La verdad, muy guapa. Y soltera. Desde que llegó al instituto se había desatado entre los chavales la fiebre por la filosofía. Y entre sus compañeros alguno le había invitado a cenar y se le había insinuado, y notaba en otros el pálpito del deseo. Una mujer nota eso en seguida. No era mojigata pero tampoco quería ser infiel a su conciencia. En clase y en las reuniones tenía que tener cuidado con la blusa, y en cuando se volvía de espaldas sentía como se ceñían a su cuerpo las miradas. Por lo demás bien. Le gustaba la enseñanza.

Pero ahora la cuestión era distinta. El ascensor del ministerio oscilaba demasiado y la alarma no había manera de que sonara. Allí estaba, con su traje de falda y chaqueta, y con sus zapatos marrones -demasiado tacón- a juego con el bolso y la cartera de marca.

– ¿Qué hacemos?

Se lo preguntaba un hombre en el que apenas había reparado. Había entrado en el ascensor concentrada en la enfermedad de su padre. Mirando ensimismada el suelo de aluminio pensaba si tomarse unos días para verle. Desde niña eran inseparables. Lo adoraba. En todos los sentidos. Era el hombre de su vida. Siempre rodeado de libros tenía un encanto especial, y acudía a sus rodillas porque era allí donde mejor estaba. Su padre la rodeaba por los hombros y la cubría de besos y de bromas.

– Papá, ¿cuántos libros tienes?
– Muy pocos (es lo que respondía siempre).
– ¿Pocos?
– Casi ninguno.
– Pero…
– Sólo te tengo a ti, Luisa, hija mía.

Sí, era preciso que fuera a verle esa misma semana. Le tendría que regalar un libro. Algo especial. Porque aunque ya leía muy poco, se pasaba horas con un volumen en las manos. Lo abría, acariciaba sus páginas, olía su aroma, y sólo muy al final se decidía a leer unos poemas, o unos capítulos. ¿Qué libro podría hacerle ilusión? Tal vez la Poesía completa de Jane Kenyon, esa poeta norteamericana que tanto le gusta.

– ¿Señorita? ¿Se encuentra bien?
– ¿Cómo dice?
– Digo que el destino nos ha puesto en una situación un tanto particular y que si se encuentra bien.
– Ay, perdone. Sí, estoy bien. De momento. Porque este ascensor está que da miedo.
– No se preocupe, pronto nos sacarán de aquí.

Luisa miraba de reojo a aquel hombre. Unos cuarenta y con vaqueros. Por naturaleza era soñadora, y se le cruzó por la cabeza el insensato pensamiento de que bien podrían estar allí los dos solos durante unas cuantas horas. “¿Qué ha dicho del destino? ¡Qué destino ni que ocho cuartos! Señores un poco de romanticismo -esto lo repetía mucho en clase-, que si estamos los dos aquí será por algo”.

– ¿Cómo se llama?
– ¿Yo?
– ¿Quién va a ser? Pues claro, usted.
– Me llamo Luisa. –y lo dije ruborizándome un poco.
– Jorge.
– ¿Cómo dice?
– Jorge, que me llamo Jorge.
– ¿Y ahora?
– Supongo que habrá que esperar un poco.
– Con la prisa que tengo –me hizo sonreír mi propia mentira.
– ¿Le hace gracia algo en especial?
– Oh, no, nada en especial. Supongo que la situación en si misma. Toda una aventura.
– Sí, claro, es una forma de verlo.

Durante un buen rato se quedaron callados, con las miradas fijas en cualquier punto del ascensor que no fueran ellos mismos. Luisa sacó del bolso su agenda. Lunes, 24. Escribió por fin: “He conocido a Jorge. Es muy guapo”. Y la volvió a guardar precipitadamente, como una niña que acabará de cometer una travesura.

– ¿Qué escribe?
– Trabajo –volví a mentir.
– Ya. ¿A qué se dedica?
– Soy profesora.
– ¿De qué materia?
– Filosofía –lo dije mientras suspiraba.
– Está cansada ¿verdad? ¿Qué le parece si nos sentamos? Si le preocupa su falda yo tengo aquí unos papeles que servirán.
– Acepto gustosa el ofrecimiento, gracias.

Jorge fue colocando unos papeles mecanografiados por el suelo. “¡Se ha fijado en mi falda!, no pierde el tiempo, pero qué bobadas, hace bien, porque su vaquero está perfecto como está”. Se dejó resbalar de espaldas poco a poco hasta que se sentó, las piernas recogidas en un abrazo. La última vez que vio a su padre hablaron de los hombres, de sus compañeros de trabajo, de si hubiera posibilidad no muy remota de enamorarse… Estaba preocupado por ella. Quería verla feliz junto a un buen marido. Hablaron del concepto “buen marido” hasta bien entrada la noche.

– Papá, por favor.
– Luisa, no te digo nada nuevo ni que no sepas.
– Por eso mismo papá. No me pienso enamorar, y menos casar, con ningún mendrugo o zoquete u obseso sexual. Puedes estar tranquilo.
– Lo sé, pero el corazón es traicionero. No te fíes.
– He leído un poco como para darme cuenta –comentó con cierta ironía.
– Luisa, no me trates como a un panoli del instituto. Todos los libros que ves nada me han enseñado a ese respecto. Aprendes a leer el corazón de las personas por otros medios. Es un alfabeto distinto. Sólo te digo que sea íntegro, respetuoso contigo. Si es un hombre amante de los detalles síguele la pista más de cerca.
– ¿De los detalles?
– Sí. Y cuando llegue el momento te darás cuenta… Oye, hablando de detalles, ¿me lees un par de poemas de Siles? Tienes el libro ahí.

Y comencé a leerle despacio aquellos versos de uno de sus grandes amigos: “Amor bajo las jarcias de un velero, / amor en los jardines luminosos, / amor en los andenes peligrosos / y amor en los crepúsculos de enero…”.

– ¿Los filósofos siempre pensáis tanto? –comenzó a tutearme.
– Si es necesario…
– Parecías ida, Luisa.
– Estaba pensando en un poema…
– Por Dios, ¿también eres poeta?
– No, no, era un poema que leí el otro día a mi padre.
– A mí no me importaría serlo –susurró Jorge.
– ¿El qué?
– Poeta.
– ¿Por qué? -¿sería ese uno de los detalles a los que se refería papá?
– Por ejemplo para escribir ahora sobre los pliegues de tu falda.

Me quedé muda. O aquello era una cursilada que buscaba algún tipo de contra prestación lasciva, o era un detalle que había que estudiar con atención. Y justo en ese momento escuchamos el sobresalto de unas voces:

– ¿Hay alguien dentro del ascensor?
– ¡¡Síííííííííí!! –gritamos Jorge y yo.
– ¿Están bien?
– ¡¡Síí!!
– De acuerdo. Tengan paciencia y no se muevan mucho. Ahora vienen los bomberos.
– ¡¡Vale!!

Nos miramos.

– Luisa, ¿sigues teniendo prisa?
– La verdad, no tanta.
– ¿Por?
– Porque quiero saber la razón.
– ¿De qué?
– De eso que has dicho antes.
– ¿Lo de ser poeta?
– Sí.
– Creo que me ayudaría a descubrir lo importante.
– ¿Los detalles? –pregunté con cierta malicia.
– Eso, los detalles.
– La filosofía también estudia los detalles. Espera un momento –y saqué de nuevo mi agenda. Lunes, 24. “Cada vez me gusta más Jorge. Y creo que haría migas con papá. Y que no me olvide de los pliegues de sus vaqueros, y de su teléfono”.
– ¿Se puede saber qué escribes?
– Cosas del instituto, posibles soluciones de problemas –mi descaro era absoluto.
– Ya.

La caja del ascensor se movía. Eran los bomberos. Y de repente otro chasquido, y el miedo de sentir que la caja del ascensor cae unos cinco metros hasta que se frena como un yo-yó. Me di varios golpes y perdí por completo la estabilidad y la compostura. Jorge me abrazó y protegió mi cuerpo con el suyo. Creí que todo era una alucinación, una pesadilla. Pensé en papá, en mis hermanos… Fue entonces cuando sucedió, cuando escuché en mi oído y de los labios del que hace poco menos que una hora era un completo desconocido:

– No me tomes por un aprovechado o por un loco. Luisa, tómame como un aspirante a discreto poeta, o si quieres a aprendiz de filósofo. Aunque soy un simple abogado. Pero quiero que sepas, antes de salir de aquí, que te quiero. No me lo explico, pero es así. Lo que ha unido este ascensor ya nadie lo puede separar. Quiero ver durante toda mi vida los pliegues de tu falda. Sea la que sea. Ah, y leer contigo todo lo que escribas en tu agenda.

En ese momento todo se quedó quieto. Escuchamos cómo forzaban las puertas. ¡Por fin! Nos levantamos cogidos de la mano.

– Señorita, ¿qué le pasa? ¿Por qué llora? ¿Se ha dado algún golpe? –escuché que preguntaba alguien.

No dije nada. ¿Qué iba a decir? ¿Que era una mujer feliz… por accidente? Desde entonces han pasado ya unas cuantas agendas y un par de hijos. Y una infinidad de detalles. Papá tenía razón. Como casi siempre.

 

Óleo de Malcolm T. Liepke

 

 

Guillermo Urbizu

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