Lugares comunes – por PILAR RUBIO

Un luminoso domingo, al despertar la mañana, una de esas en que la primavera la sangre altera y la resaca invita a la confusión, Andrés abrió los ojos otra vez. Ni corto ni perezoso, sintiendo el corazón henchido de ilusión, sin pensar siquiera en tirar la toalla a pesar de sus pocas luces, puso los pies en la tierra e hizo hasta lo imposible por conseguir llegar a la cocina, y poniendo manos a la obra, prepararse un café.

Se le nubló la vista por lo que no pudo encontrar la cafetera, quedándose con un amargo sabor de boca. Él, que siempre fue la figura de todos los partidos, él, que que había tenido toda la vida por delante, él, qué había sido el artista del momento hasta que afloraron las críticas, ahora era sólo un borracho empedernido desde que había sufrido aquel duro revés. Y sin café, no conseguía ni sacudirse la modorra.

Tras ingentes esfuerzos se hizo un té, aunque ya corrían las dos de la tarde. Siempre había opinado el té no era ni chicha ni limonada. A veces hasta le ponía la piel de gallina aquel sabor. Sintiendo la cabeza a flor de piel y no pudiendo soportar la viva voz, tuvo que coger rápidamente las gafas porque la vecina de al lado, solterona empedernida, acababa de tender unos trapos que sin duda hicieron furor hacía unos años, y ahora refulgían al sol a través de la ventana. Se escudó bajo las gafas para mirarla, pues ella, al estar de rechupete, despertaba sus más bajos instintos. A pesar de poner cara de póker siempre que la veía, entre los dos se respiraba una tensa calma. Ella quizá sospechaba sus sueños de limar asperezas y fundirse en un abrazo. Quizá, aunque nunca hubiera habido que lamentar víctimas, incluso supiera de su sed de sangre. Alguna vez pensó en ir, con el corazón en la mano y el rabo entre las piernas, a revelar la buena nueva de la letra pequeña de sus emociones con el fin de que la situación evolucionara favorablemente. Pero tenía la sensación de que iba a llover sobre mojado, aún sin saber por qué.

En ese instante, mientras Andrés ocultaba tras las gafas su mirada ausente, tuvo lugar un hecho luctuoso. Ella se asomó con el pecho inflado y sin aliento y cerró la ventana. A pesar de que notó a la legua que también ella había querido ahogar sus penas en alcohol, tuvo la certeza de que no iba a ser un conejillo de indias en sus manos, tal vez por su cara de pocos amigos. Como  la imagen no le había dejado ni una miga de esperanza, ni títere con cabeza de sus sueños, en su alma comenzó a llover a cántaros mientras caía la tarde.

Encendió la televisión para calmarse y un programa sobre figuras de la talla de Marco Polo le llamó poderosamente la atención. El capítulo trataba sobre viajeros a la China milenaria y la comida en ese país, que era para chuparse los dedos. Tras el programa, de puertas adentro decidió que como quien no quiere la cosa y sin chistar, siguiendo las huellas de su padre, comenzaría a planear un viaje que bien podría llevarle los 365 días del año y así, tras ingentes esfuerzos, desentrañar los ocultos misterios de Asia utilizando entre otros recursos su memoria, que él consideraba de elefante. De esta manera, sin ir más lejos, podría aportar su granito de arena al progreso de occidente, que como es bien sabido, no tiene límites. Y quien sabe, si de paso, liberar la otra cara de la moneda de su alma, su hasta ahora oculta necesidad de matar a sangre fría.

Lugares comunes son frases consideradas como vicios del lenguaje por ser demasiado sabidos o por su utilización excesiva o gastada y no se recomienda su uso en un relato. 

ROPA TENDIDA

Pilar Rubio

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