Lucila y “yo sentirr mucho” – por PEDRO PABLO MIRALLES

Lucila, de buen ver, compuesta y algo insegura en sus andares, bajaba a buena hora las escaleras de la vieja estación de metro de Noviciado desde la calle San Bernardo al mismo tiempo que abría su bolso rojo para sacar el monedero donde guardaba el billete de diez viajes de esa semana y, justo en ese momento, ¡plash!, el tacón del zapato derecho saltó por los aires y ella fue a caer en la caja de cartón que contenía alguna moneda, puesta sobre una manta vieja doblada en cuatro y que había dispuesto allí Dorin, un rumano socarrón que interpretaba en su acordeón el popular pasodoble titulado El relicario que tan bien cantaba la Sarita Montiel con ese “pisa morena, pisa con garbo”. Lucila aguantó el golpe de forma heroica e hizo como si nada hubiera ocurrido con una forzada sonrisa en los labios mientras su cara se tornaba roja como un tomate de la vergüenza y sensación de ridículo que le producía la situación y exclamó para sus adentros: “¡mierda!, quien me mandaría a mi hoy ponerme estos zapatitos de tacón tan a la moda como absurdos”. Dorin reposó con cuidado el acordeón en el suelo, recogió el tacón astillado que había ido a parar a su lado contra la pared de baldosines blancos y con toda delicadeza ayudó a levantarse a Lucila mientras le decía, “la verrdad señorra, la culpa no serr de canción, yo sentirrr mucho” y le entregó ese trocito de zapato endemoniado. Ella le agradeció el gesto de socorro y renca, dolorida, con el tobillo hinchado ya amoratado, continuó su ruta subterránea e intentaba perderse entre la gente para pasar desapercibida sin saber a dónde se dirigía.

 

acordeon

 

 

Pedro Pablo Miralles

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