Los Vencejos de la Monumental de las Ventas – por PEDRO PABLO MIRALLES

De las muchas particularidades que tiene la plaza de toros Monumental de Las Ventas, con un aforo de cerca de veinticuatro mil personas, segunda plaza de mayor del mundo después de los cincuenta mil asientos de la Monumental de México, hay que destacar sus vencejos, ave voladora donde las haya. Gran parte del público que asiste a los festejos taurinos se percatan del vuelo y canto permanente de esos pájaros oscuros que sobrevuelan la plaza, siempre lo hacen por la zona alta y no suelen descender por debajo de la andanada. Pero gran parte del público asistente, que no todos son aficionados a la fiesta, piensan que se trata de golondrinas cuando, muy al contrario, son los vencejos de Las Ventas, que por allí circulan desde la primavera del año 1931 en que se inauguró el coso taurino madrileño. Cuando desvanece el otoño y se aproxima el invierno, esos vencejos de Las Ventas, como todos los vencejos, emigran hacia el sur del continente africano después desde Europa y centro Asia. Y así año tras año, como tantas aves migratorias, incluidas las golondrinas tan manoseadas de las delicadas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Y quede claro que ni soy ornitólogo ni entiendo mucho de aves, pero me apasionan porque vuelan.

Los vencejos se pasan el día volando, se alimentan de insectos, copulan y duermen siempre en vuelo, su emparejamiento es de por vida. Estos pájaros tan singulares, cuando se acerca la noche suben y suben en su vuelo hasta cerca de 2.000 metros de altura y, dejándose llevar por las corrientes de viento caliente, reducen su aleteo de 10 a 7 movimientos por segundo para dormir plácidamente en vuelo. Por eso sus patas son tan cortas y endebles, no se posan en el suelo ni con recomendación porque les resulta imposible iniciar de nuevo el vuelo y llegan a morir a no ser que llegue una mano benefactora y los lance al aire. Pero sus finas garras son fuertes para posarse en sus nidos en paredes verticales como la arquitectura neo mudéjar de Las Ventas, que no me resulta nada atractiva, o en los huecos de las tejas de los edificios, donde ponen los huevos y después incuban los fértiles. A esos nidos vuelven en primavera después de recorrer miles de kilómetros y no se pierden nunca. Cuando nacen las crías, pronto se echan a volar sin ninguna ayuda ni entrenamiento. El vuelo de los vencejos es rápido, puede aproximarse a los 200 km/h y la envergadura de sus alas en forma de guadaña o media luna, como cuchillas para mantener su vuelo, puede llegar a los cincuenta centímetros. En ese vuelo siempre se escucha su voz, canto o gorjeo característico y singular, shrrriiiii, chirriiii, shrrriiiii, chirriiii, con su zigzaguear asombroso y veloz.

Nada como ver, sentir y escuchar a los vencejos de Las Ventas cuando por alguna circunstancia del arte de birlibirloque de la tauromaquia, se hace un silencio que impresiona hasta a los anti taurinos. En ese instante del atardecer el vuelo y el verbo de los vencejos, se hace música celestial y más por eso de que en Las Ventas, a diferencia de la mayoría de plaza plazas de toros, es tradición que mientras se torea, la banda de música ha de permanecer silente.

Envidio el vuelo de las aves, me gusta volar y quien no vuela no vive, vive peor o vive menos. Por eso me impresionan y asombran los vencejos, en particular los de la Monumental de Las Ventas.

 

Dibujo de PEDRO PABLO MIRALLES

 

Pedro Pablo Miralles

Pedro Pablo Miralles Ha publicado 116 entradas.

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