Los sonetos de Shakespeare, todo un culebrón isabelino

Hace algunos años, más por curiosidad que por otra cosa, dediqué tiempo y esfuerzo a traducir al castellano los sonetos de William Shakespeare con el objeto de desentrañar su significado. La epopeya quedó inmortalizada (o por lo menos viva hasta que Google decida borrala de sus servidores de red) en el blog Los amores de Will, un website que resultará familiar a varios de los colaboradores de Las Dos Castillas.

Una de las principales conclusiones que saqué del estudio del conjunto de sonetos es que constituyen un inmenso culebrón en el que se entremezclan sentimientos y pasiones entre los distintos personajes que aparecen en los versos.

Este ciclo de poemas es con diferencia lo más destacable de la obra poética del dramaturgo y constituye una de las cumbres de la lírica renacentista inglesa. El tema central es el amor, motivo que es encumbrado hasta lo sublime a través de una técnica muy depurada que reposa sobre la imagen y la metáfora, y que se contagia de elementos y recursos de la antigüedad clásica.

La cronología de la obra de Shakespeare sitúa la composición de sus 154 sonetos entre los años 1593 y 1603, aunque hay autores que alargan el periodo hasta 1609. La epidemia de peste que asoló Londres de junio de 1592 a mayo de 1594, y que supuso el cierre temporal de los teatros, podría haber llevado al bardo de Stratford a dedicarse al soneto ante la imposibilidad de estrenar las obras escritas.

A pesar de que siempre se han asociado los sonetos con una pasión desmedida por parte de William Shakespeare, algunos estudiosos recientes sobre su figura ponen en duda que el ciclo de poemas responda a un sentimiento de amor real y lo clasifican como mero un ejercicio de técnica literaria. Es el caso de Peter Ackroyd en su obra Shakespeare. The Biography (2005):

“Existe evidencia de que a lo largo de su carrera se dio a experimentar con formas distintas de literatura simplemente para demostrar que podía adaptarlas a sus propósitos; existía una gran vena de competitividad en su naturaleza, ya manifiesta por su intento de superar [la obra] de Marlowe y Kyd, y el soneto en esta época se convierte en la prueba suprema de habilidad poética.”

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Peter Ackroyd

A grandes rasgos, dos son los objetos de deseo a los que dirige el poeta su obra: los sonetos desde el primero al 126 están dirigidos, con una abierta orientación homosexual, a un joven noble que los eruditos no han  conseguido identificar con precisión, y el resto de la serie gira en torno a la “Dama Oscura” (Dark Lady), un personaje igualmente anónimo pero que se presume que fue una mujer de rasgos mediterráneos – pelo negro y piel morena -, tan alejados del ideal de belleza femenina anglosajón de la época, cuyo paradigma era la palidez extrema, los ojos claros y el cabello rubio o pelirrojo.

Cada uno de los dos bloques de sonetos, el del joven y el de la dama, puede segmentarse en distintos subgrupos homogéneos temáticamente, dándole forma a una entretenida trama que tachamos de culebrón:

  • Del 1 al 17 instan al joven a que encuentre pareja y tenga descendencia.
  • En el 41 y 42 se sugiere que la amada del poeta ha seducido al joven durante su ausencia.
  • Del 78 al 86 describen como un autor rival (¿Marlowe? ¿Ben Jonson?) ha  tentado al joven alejándole de Shakespeare.
  • Del 87 al 90 transmiten la preocupación de que el joven se haya olvidado de él.
  • Del 91 al 96 son escaparate de la reconciliación entre ambos.
  • Del 100 al 103 el poeta lucha contra una “musa truhana”.
  • Del 117 al 120 presentan disculpas por la inconstancia del poeta hacia su amado.
  • El 126 concluye la serie de sonetos sobre el bello efebo.
  • Del 127 al 152 relatan la relación entre Shakespeare y la “Dama Oscura”. Algunos están encaminados a defender y enaltecer su aspecto físico, su morenez y pelo oscuro, frente a supuestas críticas. En otros (131) la dama es retratada como tiránica, o bien se le reprocha infidelidad (133-134). Los sonetos  135, 136 y 143 contienen juegos de palabras con el diminutivo del nombre del autor, Will, que en inglés es sinónimo de voluntad, y según algunos expertos, en la época podía aludir también el miembro viril masculino.

Pero vayamos a los protagonistas del culebrón. Atendiendo a la opinión del anteriomente citado Peter Ackroyd, un candidato pudo ser el Earl of Southampton (un earl es un título nobiliario sin equivalente en España). Parece ser que este mancebo se negó a casarse con Lady Elizabeth de Vere lo que justificaría el empeño de Shakespeare por convencerle de que lo hiciera. Sin embargo, todo este sainete ocurrió en 1591, una fecha demasiado temprana, dado que los sonetos los comenzó a escribir varios años más tarde.

Otro posible objeto de deseo podría ser William Herbert, el futuro Earl of Pembroke, que en 1595, cuando contaba con la edad de quince años renunció a tomar en matrimonio a la hija de Sir George Carey. Otra prueba que avala esta hipótesis, aparte de la concordancia cronológica con la redacción de los sonetos, es que el padre de William Herbert era el patrón o mecenas de la compañía a la que pertenecía William Shakespeare en esa época, y podía haber instado al dramaturgo a que ejerciese “persuasión poética”.

En el soneto 127 suenan los clarines y cambiamos de tercio, aunque continúa el culebrón. Shakespeare deja atrás al joven y comienza la serie de sonetos dedicada a la Dama Oscura (Dark Lady), que se extiende casi hasta el final de la colección. Esta dama es tan misteriosa como el joven anterior, aunque los expertos presentan varias candidatas que resumo a continuación:

  • Mary Fitton, una dama de compañía de Isabel I (poco probable dado que Shakespeare no tenía la categoría social para tratar a cortesanas).
  • Emilia Bassano Lanier, la hija de un músico veneciano de la corte.
  • Lucy Morgan, abadesa de Clerkenwell y cortesana.
  • La mujer de John Davenant, vinatero en la Crown Tavern de Oxford, cuyo hijo William decía ser hijo ilegítimo de Shakespeare.
  • La mujer de John Florio, el secretario italiano del Earl of Southampton.
  • Un personaje de ficción creado para desplegar un alarde de técnica literaria.

 Independientemente de su identidad, lo cierto es que los versos dedicados a esta misteriosa mujer varían en tono desde su defensa hasta el ataque directo a su persona por parte del poeta; igualmente, su retrato evoluciona desde lo sublime hasta lo chabacano y ordinario.

 En cualquier caso, y dejando bien claro el valor artístico del conjunto de sonetos de William Shakespeare, resulta un ejercicio divertido el acometer su lectura como si se tratase de un folletín, en el que las intrigas y las pasiones se suceden mutuamente sin descanso.

 No quería acabar este texto sin reproducir alguno de los sonetos. He elegido el número XVIII, uno de mis favoritos, en el que compara al joven con un día de verano:

¿Debería compararte con un día de verano?

Tú eres más adorable y más templado.

Bruscos vientos agitan los adorables capullos de mayo,

y la hegemonía del verano pronto finaliza.

A veces el ojo del cielo brilla en extremo caluroso

y en ocasiones su áurea complexión se ve disminuida,

y toda la belleza de la belleza alguna vez decae,

por casualidad, o por el curso cambiante de la naturaleza, sin esplendor:

pero tu eterno verano no desaparecerá

ni perderá el dominio de la belleza que posees,

ni la muerte presumirá que deambulas a su sombra,

cuando, en renglones eternos, crezcas en el tiempo.

Mientras los hombres respiren y los ojos vean,

mientras viva este poema y te dé la vida.  

Pablo Rodríguez Canfranc

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