Los reflejos, por DANIEL CARAVELLA #relatos

Vio como ella se aproximaba ante el espejo aún arropada por una toalla que se resistía a seguir prendida al terciopelo de aquella piel. Como siempre, quedó ensimismado viendo el lento deslizar de aquel lienzo, regodeándose en las curvas que dejaba entrever, imaginando el tacto y aspirando el aroma de lavanda. Un destello hizo que volviera de sus maquinaciones matutinas, una luz procedente del espejo. Al fijarse contempló atónito algo inaudito. Aquel cuerpo semi desnudo se reflejaba cubierto de miles de pequeñas luces. Miles de diminutos diamantes que brotaban de cada poro, y que convertían la figura en un cuerpo estelar, radiante, de una hermosura celestial. Del ensimismamiento, paso al embobamiento, del que salió tras un «¿hoy no te levantas?». Tardó en reaccionar, y al girar la cabeza para decir, «Buenos días, si, ya estoy casi en marcha», volvió a quedar desconcertado. Al natural, el cuerpo no brillaba. Giraba la cabeza del cuerpo al espejo, y de este al primero, y pasaba del terciopelo a los destellos, y nuevamente al terciopelo. Entonces preguntó, ¿por algún casual estoy dormido aún? No hubo respuesta, simplemente una toalla húmeda que le daba en la cara. Se puso en pie, se dirigió a la ducha pensando que el agua se llevaría todas esas alucinaciones, y volvió a la habitación. Comprobó que aquello no ocurría con su cuerpo, cosa que le tranquilizó un poco, sin embargo seguía viendo en el espejo los brillos en las partes vistas de aquel cuerpo. «¡Déjate de tonterías, desayuna y se te pasará, esto debe ser falta de azúcar!». Dio lo mismo. Verter media docena de cucharadas de azúcar en su café, además de convertirlo en algo intomable, sirvió para ganarse un «creo que te va a saber poco dulce, ¿te pongo un par de ellas más? ¿Por dónde andas esta mañana? Difícil contestación aquella, cómo se ponía a explicar que estaba atravesando un momento alucinógeno nada más levantarse. Finalmente, se despidieron y cada uno marchó para su trabajo.

Durante el día, estuvo comprobando en todos los espejos que se encontraba a su paso el fenómeno, llegando a la conclusión de que, lo que hubiera sido, había cesado pues no volvió a ver más esos reflejos en ninguna otra persona. Llegó a casa con la sana intención de contar la tontuna matutina. Sin embargo no pudo, según entró en casa el reflejo de ella en el espejo volvió a ser refulgente. Ella sonreía, y le invitaba a acercarse. Se rearmó, sonrió, cogió su mano, le dio un beso de bienvenida y se sentaron en el sofá. Sobre la mesilla, dos copas de vino, y un test de prueba de embarazo. «Positivo, ha dado positivo» Ya no hizo falta contar, ni explicar nada, lo tenía claro. 

Han pasado dos años y esta mañana al levantarse han vuelto los destellos, la segunda vez. Hoy llegará él a casa con las copas.

 

Alberto-Sol

 

Daniel Caravella

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