Los recuerdos – por EVA MARÍA CASTILLO #escritos

Hacía falta irse lejos, merecía la pena el esfuerzo si quería dejar de ver en lo que se había convertido. Siempre se lo habían dicho, esas palabras que no quería escuchar y aquellas que sabía, aunque nadie las hubiera pronunciado
-¡calla, basta ya de recordármelo, yo sé lo que me hago!-

Ya no se vestía sin preguntar, cansada de cambiarse de nuevo por el reproche repetido, ni se sentaba a escuchar otra música a la elegida, esa que le hacía volar. Ya no se permitía empezar un libro, la idea de dejarlo mil veces interrumpido le recordaba aquel tiempo en que era la protagonista de la historia.

Desgastaba las aceras pasando de largo los escaparates que tanto le habían gustado, no tenía ganas de mirar sin su aprobación o pensaba la inutilidad de dejarlo guardado al fondo, solo veía su imagen desenfocada que le hacía bajar la mirada sin querer reconocer quién era. Creía que en su renuncia estaba el precio de su compañía, que ceder le devolvería el consentimiento para seguir alimentando su dedicación y atenciones, -ya no es como al principio, como antes, ¿te acuerdas?-.

Hoy se puso a tirar recuerdos en zapatillas de casa, sentada en el suelo con el pijama aún, para qué más preámbulos. Necesitaba limpiar ese tiempo lleno de promesas, de proyectos, de tequieros, siempre pendiente de sus reacciones, cuando se aferraba a ciegas a cualquier mínimo gesto que le indicara sus gustos, sus inclinaciones, y sentir que aún le importaba, que se había fijado en sus esfuerzos, sin querer ver cómo de nuevo él se centraba en sus cosas, ocupando espacios con reuniones imprevistas, con perfumes sin nombre y sonrisas furtivas, -creías que dependía de tí seguir siendo tú para no volver a estar de nuevo sola-.

Y así había llenado sus cajones de melancolía, de justificaciones aplazadas, de razones repetidas con las promesas olvidadas. Fue sacando fotos y negativos sin revelar, recortes de excursiones deseadas que se fueron dejando atrás, una entrada de aquel cine de verano, que entrevieron a ratos en medio de besos y complicidad, le extraño por qué la guardaría aún, al girarla leyó… -A veces hay que traspasar la barrera del miedo para ver la belleza que hay al otro lado-, otra frase que antes no tenía motivos para escuchar.

Tragaba el amargo momento en que llegaba la noche y sentía el frío de su ausencia sin noticia, sin aviso de su desprecio. Las tardes de paseo se quedaron entre cuatro paredes mirando tras el cristal, ya no sabía contar los días repetidos, como una marioneta con los hilos enredados imposibles de liberar.
Cuánto hacía que no llamaba a nadie, ya no tenía nada que contar salvo un bien, bueno, normal. Miraba el teléfono, casi mejor que no suene y tener que repetir, -bien, bueno, normal-.

Cuando terminó con sus recuerdos decidió vestirse con lo escondido al fondo mientras sonaba su música, fue entonces cuando comenzó a bailar dejándose llevar y al fin logró escuchar esas palabras que un día mandó callar: -No existe el camino equivocado siempre que sea el camino que quieres seguir-, y se fue lejos, al encuentro de quien dejó olvidada.

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Eva María Castillo

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